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Yo confieso: He visto la serie de Leticia Dolera (y estoy bien)

Está en Movistar

Esta semana, como estamos todos con lo de Cataluña, he echado de menos mi racioncita de esquizofeminismo. Creo que estoy enganchada. Me he sorprendido a mí misma buscando, como quien busca el último piti en el fondo del bolso, alguna denuncia de acoso en twitter. No sé, a un comatoso por parte de una auxiliar de clínica empoderada. O un nuevo caso de famoso que se sentó demasiado cerca de alguna modelo hace cuarenta años. Algo así. Pero nada.

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Esta semana, como estamos todos con lo de Cataluña, he echado de menos mi racioncita de esquizofeminismo. Creo que estoy enganchada. Me he sorprendido a mí misma buscando, como quien busca el último piti en el fondo del bolso, alguna denuncia de acoso en twitter. No sé, a un comatoso por parte de una auxiliar de clínica empoderada. O un nuevo caso de famoso que se sentó demasiado cerca de alguna modelo hace cuarenta años. Algo así. Pero nada. Se ve que estábamos todos a quemar contenedores y exigir independencias, así que nada. Que no he encontrado nada. Y primero me he puesto contenta, no os vayáis a creer. He pensado que a lo mejor, entre ecologismos y nacionalismos, habíamos ya pasado de pantalla y nos tocaba desbloquear otro logro. Pero luego, sin saber muy bien por qué, me ha dado un poco de bajona. A punto he estado de escribirles a las chicas de la Plataforma Feminista de Alicante a ver si me contaban algo o me decían “bonitos ojos tienes”. Y justo en el momento en el que lo iba a hacer, cuando casi le había dado a “enviar” a mi mensaje de auxilio (si eso no era una alerta feminista, yo es que ya no sé), veo que ya está en Movistar la serie de Leticia Dolera. Estoy casi segura de que no volveré a estar jamás tan cerca de creer en Dios y darle las gracias por atender mis plegarias como en ese momento.

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“Vida Perfecta” se titula y son ocho episodios de 25 minutos de duración cada uno. 25 minutos como 25 días de fiesta. Como 25 soles, uno detrás de otro, que yo habría jurado que eran 90. O 150. O varios días. Pero es justo reconocer el esfuerzo realizado para resultar inclusiva, eso sí. Cuando en el tercer capítulo, por ejemplo, he pensado que no había visto un solo gordo, después de haber visto representados a casi todos los colectivos minoritarios (negros, homosexuales, discapacitados, feos, jardineros), justo en ese momento, aparece una. Y en el episodio 6, unas gemelas. Hasta un pelirrojo tiene. Lo he celebrado como habría celebrado el gol de mi equipo en una final de copa si me gustara el futbol.

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La verdad es que esperaba una sobredosis de empoderamiento y de sororidad, de situaciones sorprendentes por lo novedosas, pero es otra serie sobre chicas que hacen cosas de chicas como se han hecho siempre las cosas de chicas en las series de chicas. Y no lo digo como algo negativo, alto ahí que nos conocemos, lo digo con resignación. La propia que sientes tras ver algo que ya has visto cuando te están convenciendo de que vas a ver lo que no has visto nunca. Ni siquiera estoy muy segura de que pase el test de Bechdel. Y eso es lo mínimo que le pediría yo, por puritita coherencia, a una cineasta que ha dado tanto la turra con el feminismo.

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Arranca intentando ser irreverente, pero lo hace hablando brevemente de sexo anal y caca. Sexo anal y caca. A estas alturas. En este siglo. En lugar de resultar una escena valiente y arriesgada, la sensación es más parecida a ver a un niño de cinco años contando el chiste de Mistetas. Lo ves ahí, sintiéndose insolente y atrevido, y te dan ganas de abrazarle muy fuerte y, mientras le suenas los mocos, susurrarle al oído “pues no te queda nada por ver”. Queda muy lejos de esa primera escena de “Californication” en la que sí se preveía algo rompedor y, desde luego, no defraudaba..

Tópico tras tópico, vamos pasando por personajes estereotipados y situaciones del todo predecibles, como si hubiesen cogido todos los personajes y situaciones de Sexo en Nueva York, los hubiesen descafeinado, escrito en cartulinas, las hubieran metido en una caja, se hubiese caído de lo alto de un armario y, de entre todas, con las que no tocaron junta de baldosa, se escribió el guión.

Resumiendo, que ha sido como leer un Cosmopolitan atrasado en la sala de espera del dentista: podría volver a hacerlo sin llorar si no me queda otra, pero mejor no.