Fernando Simón, el otro clan de la ceja

Cuando llegó a La Moncloa, en época del PP, ya puso sus líneas rojas: “Nada de chaquetas y que no me entreviste Jiménez Losantos".

Lo primero que salta a la vista de Fernando Simón es que está pasando por un periodo de transición capilar difícil de definir y acorde con sus 57 años. Pelo cano desordenado, las cejas alborotadas y ojos grises bien abiertos. Bastaría con que sacase la lengua desde el asiento trasero del coche para tener el vivo retrato de Albert Einstein. No caerá esa breva y no será por hartazgo. Él se cuida bien de equilibrar su imagen de sabio loco con la parsimonia que marca su carácter. No es de esos científicos que flexionan los dedos del pie cada noche para estimular sus neuronas, se enamoran de una paloma o alardean, como hacía Newton, de las excelencias del celibato. Ni siquiera es irreverente al estilo del doctor Anthony Fauci, el asesor científico de Donald Trump, que no ha dudado en mostrar pública y repetidamente su desacuerdo con los desatinos del presidente en la lucha contra el coronavirus. Al contrario, en España, donde el desaguisado no es menor, a nuestro portavoz oficial en la lucha contra la crisis sanitaria le vemos naturalmente contenido. O al menos esa es la sensación.

LA RAZÓN ha querido acercarse a este personaje, clave en la pandemia, a partir de expertos y personas que trabajaron con él mano a mano durante las legislaturas populares. ¿Qué le ha llevado a estar en el ojo del huracán mediático y llevarse tantos estacazos? ¿Era Simón el Santo Grial que necesitaba esta crisis? ¿Actúa siguiendo consignas de un Gobierno que es afín a su conocida ideología de izquierdas? ¿Se está conteniendo? «Está claro que era a él a quien debíamos escuchar. Otra cosa es que forme parte de ese cinturón de seguridad con el que Pedro Sánchez ha repartido responsabilidades, tratando de eludir las suyas», nos explica un compañero que ha trabajado con él. Con el PP, sus intervenciones eran puramente técnicas, si bien ahora se deja llevar por sus ideas. Siempre hizo gala de ellas. Entonces, puso pocas condiciones, pero relevantes: no usar chaqueta y que no le entrevistara Jiménez Losantos.

Epidemiólogo en Burundi

Repasemos, antes de nada, su impecable currículum. Estudió Medicina en la Universidad de Zaragoza, igual que Ramón y Cajal, y se ganó sus primeros años como médico haciendo sustituciones en diferentes pueblos de la provincia de Huesca. En Zaragoza hizo urgencias domiciliarias, pero enseguida se fue a trabajar como epidemiólogo a África (Burundi, Somalia, Mozambique, Tanzania…). En Burundi llegó a atender a unas 200 personas por día en condiciones paupérrimas y con la amenaza de la guerrilla. En una ocasión tirotearon su todoterreno y le robaron todo el dinero destinado a medicinas. Impulsó la construcción de letrinas, campañas de vacunación, cursos de higiene y una granja con pollos y conejos para dar de comer a sus pacientes. De allí pasó a Guatemala y después a París. En 2003 le propusieron montar en España la Unidad de Alertas y Emergencias de la Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica. Siempre ha recogido cualquier envite. Desde la lucha contra la gripe, el ébola, el zika, el sida, la listeriosis, hasta el Covid-19, sin duda la batalla más dura que le ha tocado librar. Las mismas personas garantizan que es un profesional con una gran vocación, serio y de gran rigor. «No escatima esfuerzos ni ánimo».

La carta de presentación no podía ser mejor, aunque con el paso de los días hemos visto que el villano venía de verde queriendo dar por bueno lo objetivamente inaceptable, como le ocurrió a Isabel I cuando le sirvieron el ajo que detestaba mezclado con perejil. Podría, además, estar pagando su sobreexposición, más que justificada en un momento en el que la valoración que hace la ciudadanía de la clase política no podía ser más baja. «La imagen que proyecta se diferencia notablemente de la clase política y su protagonismo ha absorbido gran parte del impacto que las consecuencias del crecimiento de la pandemia tendrían directamente en el gobierno», indica Joan Gonçales i Nogueroles, consultor político. Capitalizar la respuesta a la crisis del Covid-19 y la comunicación en la figura de un científico generaba, en su opinión, más confianza. «Se precipitó con alguna valoración inicial sobre la influencia del coronavirus, pero incluso eso se le comprende en el marco de sus competencias profesionales». Antonio Sola, estratega político, no encuentra, sin embargo, ningún argumento para la benevolencia: «Cuando en una crisis de esta magnitud usas la mentira como instrumento, el control de las preguntas como método y la desunión como práctica, nada bueno puede surgir ni de tu política ni de tu comunicación, salvo mantener a los tuyos fieles y adoctrinar sin descanso. La política es antes que la comunicación. Si la primera es mala, la segunda solo puede ser partícipe de una farsa comunicativa para tratar de mostrar la política como buena. Eso es hoy el Gobierno de Sánchez y su comunicación». En su lugar, dice Sola, habríamos querido líderes resilientes que se ponen al frente de todos y enfrente del problema, que nos ayudan a adaptarnos a lo nuevo o a recuperarnos de la adversidad sin importarles que por eso pierdan todo. «Líderes catalizadores que nos inspiran a que alcancemos lo que por nosotros mismos no podemos lograr, como salir de la crisis». Simón está en boca de todo el mundo y buena parte de la profesión sanitaria ya exige su dimisión.

Habla más de él, y también de Salvador Illa, que de Pedro Sánchez o Pablo Iglesias. Suenan más los nombres de Isabel Díaz Ayuso y José Luis Martínez-Almeida que el de Pablo Casado. ¿Por qué ocurre esto? Isaac Hernández, asesor político, expone una razón muy elemental: «La gente solo dedica un 5% de su tiempo a pensar en temas políticos. Su día a día ocupa un 95% con otros problemas o cuestiones cotidianas y solo algunos líderes han entrado en ellas. Ahora más que propuestas se necesitan hechos claros y contundentes. No hacen falta muchos, más bien pocos, pero que se noten y se reciban por parte de la ciudadanía». Lo curioso es que pasan los días y Simón parece no inmutarse ante la cascada de críticas, memes y comentarios que le llegan de todas partes. Se equivocó cuando aseguró que no había razón para alarmarse con el coronavirus y, desde entonces, los errores, confusiones y expresiones desafortunadas no dejan de sucederse. Nadie olvida aquella respuesta cuando un periodista le preguntó si era prudente la manifestación del 8-M: «Si mi hijo me pregunta si puede ir, le diré que haga lo que quiera». ¿Cómo puede mantener el tipo mientras da el parte diario con ese tono sosegado, casi didáctico? Desde el Gabinete que trabajó con él durante la crisis del ébola destacan su fortaleza, física y mental, y un carácter resistente, algo en lo que seguramente su padre Antonio, un reputado psiquiatra de Zaragoza, tuvo mucho que ver. También le ayuda su pragmatismo, una virtud que compartió con Soraya Sáenz de Santamaría, con quien mantenía una excelente relación profesional.

Pocas horas de sueño

En general, a Simón, Doc para los amigos (en alusión al personaje de «Regreso al futuro»), no se le conoce demasiada singularidad, excepto que duerme extremadamente poco, no come demasiado y trabaja entre 10 y 12 horas, quizá más en las últimas semanas. Ni fuma, ni bebe. Quienes le han tratado, y aún le tratan, hablan de él como un tipo corriente. Le gustan las caminatas diarias, aunque su medio de transporte más habitual sea la moto. Practica surf, senderismo y escalada siempre que puede en su Pirineo aragonés. A falta de montaña y de mar, se conforma con un partido de tenis en Madrid. Disfruta escuchando a Coldplay, su grupo preferido, y con la lectura de Saramago. Nos dicen también que conserva un contacto estrecho con su tierra natal y se muestra muy familiar.

Está casado, desde 1990, con la científica María Romay Barja, investigadora de enfermedades tropicales, con quien tiene tres hijos de entre 10 y 22 años. Por ellos regresó a España y por ellos se va enterando de todo lo que de él se va diciendo en Twitter, ya que no tiene cuenta privada. Los dos mayores han escogido el camino de la ciencia y comparten su pasión por la naturaleza y el deporte. El pequeño asiste en estos momentos a sus clases de Primaria telemáticas desde casa, una vivienda unifamiliar en Alameda de Osuna. En una de sus habitaciones pasó Simón su cuarentena después de dar positivo en coronavirus.

Es un hombre de carácter afable y cercano. No parece difícil llevarse bien con él. Su modo de hacer y de comportarse es natural, igual que esas prendas de punto que serán míticas cuando recordemos la pandemia. Siempre se identificó con ellas y ahora no tenía motivo para cambiar, habría sido tanto como definirse. Su culto del yo queda entonces descartado. ¿Lo de las cejas? Pura cabezonería. «Ni de coña me depilo. No lo ha conseguido mi mujer, no lo va a hacer la política», respondió cuando un asesor le sugirió hace años que, por imagen, debería retocarlas. Se sorprendió y no pudo contener la risa cuando un gesto con la mano acaparó todos los flashes. «Me río de los memes y de las parodias», asegura, pero en más de una ocasión le vamos viendo descolocado, casi paralizado. La misma fuente asegura que está empezando a sentir una gran indefensión ante la crítica y un malestar que podría ser agudo. Cree que «se me está juzgando con demasiada severidad», y defiende que toda su motivación o inclinación responde a una necesidad de superar esta pandemia y de transmitir a la ciudadanía la seguridad de que así será. Sería difícil elucubrar si los rasgos que hoy le definen, sus fortalezas humanas u otros aspectos, se forjaron durante su niñez en la capital maña. Allí estudió en el colegio Montearagón, un centro privado adscrito al Opus Dei que hace cinco años le otorgó el premio Alumni por su labor profesional y especialmente por su trabajo de coordinación y comunicación en la crisis del ébola. Su ambición no trasciende lo puramente científico y nos garantizan que no le veremos como candidato a nada. Conocerle ayuda a entender su rostro ojeroso y su voz casi ajada, pero titubear como científico no admite vuelta atrás cuando se están perdiendo tantas vidas.

El hombre de la chaqueta de punto

Quizá nunca pensó Fernando Simón que alcanzaría el nivel de popularidad del que goza actualmente. Desde que comenzó toda la crisis del Covid-19, el médico epidemiólogo ha pasado a estar en boca de todos y por muy diversos motivos. ¿Acaso alguien no ha comentado sus ensortijados rizos? Su pelo es lo que más ha cambiado desde que le pusimos cara con la crisis del ébola, porque antes no peinaba canas. Después, allá por 2016, llegó incluso a cortarse o casi raparse el pelo. La evolución de Simón se queda ahí. El zaragozano lleva repitiendo estilo de fondo de armario desde entonces. No se ha liberado de sus camisas amplias, en algodón y lino, que gusta llevar sin corbata y con el cuello desabrochado. Aunque quizá lo que más le recordemos sea su colección de prendas de punto. Jerséis y chaquetas (ya sean con cremallera o botones) es lo que más abunda en su armario. Y algunas podríamos afirmar que las tiene desde aquellos días del ébola. Los vaqueros y los zapatos de cordones son meros acompañantes de estos: sencillos y en colores oscuros o pardos. Su voluntad parece ser que solo nos fijemos en el mensaje... pero es imposible que se nos vayan los ojos. Mafalda Uría