Los sábados de Lomana: “La desorientación”

Este cambio de vida con el confinamiento me está pasando factura. Vivo desorientada, se me olvidan cosas absurdas que no debería olvidar. Me he vuelto perezosa y perdido mi rigor y disciplina. Simplemente me dejo llevar por el día a día. Tampoco siento necesidad de salir. Cuando lo hago estoy deseando volver a casa, refugiarme, fuera no encuentro nada que me interese demasiado y el espectáculo de ver a los ciudadanos con mascarillas me hace sentir en un mal sueño.

Han ocurrido tantas cosas y ninguna, toda la vida da vueltas como un tiovivo alrededor del Covid-19, las conversaciones, los miedos al contagio, a la economía. La vida intelectual y cultural ha desaparecido. No soporto internet aunque le estoy muy agradecida por ayudarnos al principio del encierro, pero mi vida lleva tres meses que es solo eso. Una forma de querer entretener y entretenerme. Pero ya no aguanto más whatsapp, más peticiones de directos en Instagram, de hacer vídeos para todos los cumpleañeros. Lo peor de todo es la apatía que siento. Nunca sé lo que va a pasar ni cuándo retomaré mi vida real, podré ir al cine, a la ópera, a restaurantes, de “shopping” con mi hermana sin llevar la cara tapada. Pintarse los labios es absurdo, terminas con la cara como un payaso al contacto con la mascarilla y el calor que produce.

Todas las noticias son para criticar a este nefasto Gobierno y al trilero Pedro Sánchez que nos miente, engaña con nocturnidad y alevosía para despertarnos con un asesino de ETA y un bolivariano perverso cambiando las leyes laborales y todo lo que se les ocurra hasta liquidar España. Escondidos pero arrogantes, aprovechándose y riéndose de un presidente español que es capaz de vender a su mujer con tal de seguir refugiado en La Moncloa. Un tipo incapaz de visitar un hospital, que no ha ido a ninguna parte porque tiene miedo, porque sabe que siempre lo van a insultar, que fuera de su mundo del Falcón y el Palacio de Moncloa no hay nada. Para él no hay ni muertos, a los muertos del Covid había que silenciarlos, ponerse corbata granate con lunares y varias ministras de rojo para que el luto ni asome. Toda esta desolación, todo este dolor añadido de un Gobierno incapaz de crear un mínimo de empatía, de tener una línea de gobierno, un criterio que transmita seguridad, es lo que al menos a mí me tiene en estado de “flotación”, que es una nueva forma que estoy experimentando.

Esta tarde quería pensar en algo bonito, que me haya hecho feliz, que ahora me resulta difícil pensar que lo he vivido como si fuese lo más natural cuando ocurría. El Festival de Cine de Cannes que se celebraba en estos días. Cannes es una pequeña y preciosa ciudad que siempre me evoca buenos momentos, los paseos por la Croisette que bordea la bahía a la sombra de los pinos, junto a la playa, por la mañana me encantaban. Siempre te cruzabas con algún actor o actriz que andaban por ahí. Después, almuerzo en el barrio más antiguo lleno de estrechas calles empinadas subiendo desde el puerto donde disfrutar de un delicioso pescado contemplando la bahía. Yo siempre me quedaba en el Hotel Carlton, que tiene un aire mítico y decadente que me fascina. Pero debo reconocer que mi favorito en el mundo ha sido Cap and Edén Roc, en Cap d’Antibes. Soñar con ese lugar cerca de Cannes me reconcilia con el mundo. En los días del Festival, había dos fiestas maravillosas: la de la joyería Chopard y la de Dolce & Gabbana. Era volver a los años dorados de Hollywood, y así, recordando maravillosos momentos vividos, intento soñar y no olvidar que había muchas vidas antes del Covid, que estoy segura que volverán. También que quizá ya nada será igual, o incluso será mejor porque sabremos apreciarlas más.