Los sábados de Carmen Lomana: “Siempre creí que un político era una persona que tenía vocación de servicio”

No podemos permitir que Madrid se entregué a la soledad, a la melancolía, al miedo. Madrid siempre ha sido el centro de encuentro, la ciudad alegre y vibrante, estimulante, que nos ha acogido a todos sin preguntar de dónde veníamos o quiénes éramos. Una ciudad que, al poco tiempo de llegar, ya era nuestra. Todo se fue diluyendo en un terrible y desolador confinamiento en marzo del que todos salimos tocados, como si todo hubiese sido una ensoñación de la que todavía no hemos despertado. Una ciudad parada, sin vida, se nos ha empapado de una melancolía endémica que tenemos que sacudirnos de encima. Nos dedicamos a recordar cuando aún éramos libres, felices, nos abrazábamos, no se habían cubierto nuestras caras y nuestra risa, salíamos de compras por el mero placer de pasear y ver el ambiente animado de la calle, sentarnos en una terraza, zascandilear por el barrio de las Letras o por Chueca. Si teníamos una tarde tonta nos tirábamos a la calle y volvíamos a casa tan contentos; si dabas un paseo por la preciosa calle de Serrano hasta la puerta de Alcalá y seguías Gran Vía arriba te mareaba el trajín tan populoso que nos llenaba de energía y creatividad. Estos días, a mi vuelta de vacaciones, me he dado de bruces con el vacío de nuevo, con el miedo. Rodeada de ciudadanos que no acierto a reconocer por sus caras cubiertas con mascarillas. He ido contando los comercios cerrados, los bares, los cafés, y me cuesta soportarlo. Hoy comí en el barrio de Las Letras en una plaza en la que normalmente no encontrabas ni una mesa donde sentarte... Hoy podías elegir. Pensamos, ¿cómo salir de esto? Soñamos con un futuro que no sabemos bien cómo será, ni cómo ni cuándo puede terminar. Quizá esta enorme inquietud es el resultado de no vislumbrar el horizonte. Pero si hay algo que tengo claro es el enorme esfuerzo que tenemos que hacer todos para devolver a Madrid tanto como nos ha dado, que de nuevo recobre su alegría, su vida, su comercio, sus teatros, su música. Que de nuevo lleguen los fines de semana gentes de todas las Comunidades a compartir con nosotros la fiesta de la vida. Hablando de teatros, hoy recordaba que nuestro Teatro Real, nuestro precioso teatro lírico, fue el primero del mundo en abrir sus puertas con un enorme esfuerzo y despliegue de medios para que nos sintiésemos seguros. Ese día tan importante para la cultura puedo decirles con indignación que no estaba el ministro de Cultura, ese gran ausente que nunca está. Excepto tuiteando temas de fútbol y muy preocupado por Messi. Lo demás no le interesa, España y su cultura le importan un pito. Tenemos un Gobierno con personajes, salvo algunas excepciones, con una falta de solidez intelectual y política que da escalofríos, su inoperancia es absoluta.

Yo, en mi ingenuidad, siempre creí que un político era una persona que tenía vocación de servicio y entrega a su patria, a los ciudadanos que la habitan para darles una vida mejor. En este momento es una utopía. El único servicio es a ellos mismos, asegurarse sus confortables vidas. Tenemos varios ejemplos, el más intolerable es el de ese señor de Vallecas que decía que nunca abandonaría su barrio ni su origen hasta que pisó moqueta y cierto poder, ahora la coleta la ha cambiado por un moñito y pendientes, le vamos a llamar «el moñas». Vallecas por una enorme casa con jardín y piscina con aires hollywoodienses. Pero ninguno de estos fantoches nos va a borrar la alegría de vivir porque nada ni nadie debe cambiar nuestra vida ni nuestra ciudad y lucharemos por ello con toda la energía que seamos capaces. Como dijo Salvador Allende antes de morir : «Volverán a abrirse las Grandes Alamedas» y nosotros volveremos a ser felices.