La crónica de Mariñas: José María Mainat y su «Historia para no dormir»

El intento de asesinato de José María Mainat merece una canción, memorial, responso o elegía de La Trinca

El caso aterroriza y parece digno de Agatha Christie o Simeón. Da pavor saber, descubrir y tener conciencia de que la esposa del siempre risueño «trinquero» José María Mainat quiso cargárselo.

Eso no estaba en el repertorio del divertido trío que, pese a la distendida imagen entre ellos, se llevaban fatal, según los enterados. Parece digno de aquellas televisivas, asustadoras y exitosas «Historias para no dormir» que durante largos años tanto éxito dieron al argentino nacionalizado español Chicho Ibáñez Serrador. Vuelvo al caso que nos ocupa o acaso preocupa: el intento que la mujer hizo para quitárselo de en medio.

Pretendió asesinarlo para evitar el divorcio que él ya negociaba. Era rápida manera de conseguir una herencia multimillonaria. Los mossos y el atestado aseguran que Angela Dobrowolski, de 37 años bien vividos y mal digeridos, administró insulina a su diabético esposo, 30 años mayor, para quitárselo de encima. Tremendo, horripilante, brutal.

Pese a eso, Angela fue puesta en libertad con cargos y la única y sencilla obligación de presentarse en el juzgado cada semana. Chocante. La investigación reveló que Angela utilizaba un glaucómetro, aparato que usan los diabéticos para medir el nivel de su azúcar.

Todo estaba muy estudiado, calculado y previsto y durante más de un hora Angela midió el nivel de azúcar mientras él roncaba. Estremece semejante y presunta frialdad asesinadora que no reparó en que el aparato registraba todas las mediciones hechas. Deja rastro, suerte de la técnica.

Al cabo de 20 minutos y consciente de que las cinco cámaras la grababan, creyendo rematada la faena, telefoneó a una ambulancia : lo encontró ya en coma y no se recuperó hasta dos días después. La policía cree que avisó para encubrirse y evitar sospechas. Podría ser. Igual aquí no queda la cosa porque el «trinquero» no habla y prefiere evitar comentarios que, suponemos, no serían muy favorables a su todavía, ¡ay¡, mujer.

Ni a Ibáñez Serrador se le hubiese ocurrido, y cuidado que tenía imaginación. La realidad siempre supera a la ficción. Merecería una canción, memorial, responso o elegía de La Trinca. O quizá hasta un elepé completo.