Carmen Sevilla: así es su vida en la residencia a los 90 años

Ya no reconoce a su familia, pero está bien, «viejecita», pero estable y cuidada. Su hijo va a verla con frecuencia

Cumplió ayer 90 años y fue una celebración muy distinta a la de antaño, acompañada solo por su hijo, sus nietos y su incondicional amigo Moncho Ferrer. Sufre Alzheimer y para ella la de ayer fue una jornada más. La enfermedad del olvido le anula la memoria hasta el punto de que ya ni reconoce a su familia. Reacciona a veces cuando Moncho le canta «Violetas imperiales», mueve las manos y una amplia sonrisa cruza su hermoso rostro. No se imagina que ese tema pertenece a la banda sonora de la película del mismo título de 1952, protagonizada por ella y Luis Mariano.

Tampoco sabe que hace una semana, un irresponsable periodista colgó en las redes sociales la noticia de su muerte. Ya la han matado dos veces en los últimos tres años. Falsa alarma... Hay que confirmar ese tipo de informaciones. Por respeto y ética.

Un lustro ha pasado desde que fue ingresada en la residencia Orpea de Aravaca, allí es la paciente más especial. Todo el mundo quiere a una mujer que, desgraciadamente, no se acuerda de los éxitos de un pasado glorioso. Eso sí, sigue siendo tan cariñosa como siempre con quien se acerca a saludarla.

Antonio M. visita todas las semanas a su madre ese mismo centro y hace diez días vio a la artista. Su progenitora la adora y él la admira. Se emociona cuando cuenta que «es una mujer muy hermosa a pesar de su edad, conserva la belleza y la sonrisa que le caracterizaron. La primera vez que la vi en la residencia fue impactante. Sentí mucha pena. Me consuela que está muy bien cuidada».

Augusto Algueró Jr. me confiesa que su madre «está bien, pero muy viejecita. Estuve unos meses sin poder visitarla por culpa de la pandemia, pero me llamaban a diario para contarme su estado. Se encuentra estable y sin problemas. Y que nos dure así muchos años». Moncho Ferrer estuvo ayer en la residencia «con Augusto y sus hijos. Le llevamos flores, un perfume, una tarta y su pastel favorito, un merengue. Todos los días la lavan, peinan, la visten... Y su rostro mantiene el brillo de siempre. No te suelta la mano cuando estás a su lado. Su vida es muy tranquila, la ayudan a andar por la habitación, que es muy amplia, una suite con salón y dormitorio. Se sienta frente al ventanal en un sillón, le cortan las uñas… Ya no pasea como antes por el jardín, pero desde su ventanal tiene una vista preciosa».

Ferrer asegura que «de salud se encuentra bien, tiene un corazón muy fuerte. La veo y me emociono, me entran ganas de llorar cuando afloran los recuerdos y los momentos tan bonitos que pasamos juntos en el pasado. Y siempre se me saltan las lágrimas al irme». Al referirse a Augusto solo le salen palabras positivas: «Es un ejemplo de hijo, se desvive y está muy pendiente de ella. La quiere con locura. Si Carmen se enterara de todo, estaría orgullosa de él».

La audiencia la adoraba

En los años de mayor éxito de la actriz en televisión, el presentador Agustín Bravo trabajó con ella en el «Telecupón». Ahora reside en Marbella y conduce un programa radiofónico. «Daba gusto trabajar con Carmen, era una mujer cariñosa, simpática, agradecida. Me da mucha pena que sufra Alzheimer y no recuerde nada del pasado que vivimos en común. Me gustaría visitarla, pero respeto la decisión de su hijo de que no reciba visitas. Gracias a su entorno estoy al tanto de su estado de salud. En el tiempo en el que los dos presentamos el «Telecupón», ella era el gran reclamo para la audiencia, sus despistes y su forma de “actuar” han quedado en la historia de la televisión. Sobre todo, la noche en la que apareció en directo con las zapatillas de andar por casa; todos nos dimos cuenta, pero el director prefirió que saliera con ellas porque sabía el impacto que iba a tener entre los telespectadores. Carmen es muy especial. La quiero mucho».

Me viene a la cabeza una noche en el restaurante Zalacaín. Carmen celebraba su cumpleaños y yo estaba allí cubriendo la fiesta. Me vio y me hizo una señal para que me acercara: «¿José, qué haces ahí fuera? Entra a cenar con nosotros, que tú eres amigo». Quién me iba a decir que era el último cumpleaños que pasaríamos juntos, porque a los pocos meses comenzó su declive mental y no volví a verla. Pude hablar con ella pocos meses más tarde, en la que resultó ser su última entrevista. Me dijo que quería interpretar un serie sobre su vida. Era su sueño. Ya entonces los olvidos mientras hablábamos me hizo presagiar que ya nunca volvería a tener el privilegio de estar con ella.