La emperatriz vuelve a Liria gracias al duque de Alba

La exposición «Eugenia emperatriz» incluye obras relacionadas con el II Imperio Francés

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Cuando la andaluza Eugenia de Montijo, hermana de Paca, tatarabuela del actual duque de Alba, nació en una tienda de campaña plantada en el jardín del palacio familiar, al tiempo que Granada era sacudida por un seísmo, los franceses no se imaginaban que sería su emperatriz durante 18 años y que ejercería tres veces la regencia del Imperio. Posiblemente ella tampoco, aunque una gitana del Albaicín se lo leyera en la mano. Los franceses no la querían pero Napoleón III, aunque fuera un poquito zascandil, sí. Desconfiaban de Eugenia, por ser extranjera, pero a cambio les dejó un legado artístico inmenso. Cuando huyó de Francia para evitar que le cortasen el cuello como a su admirada María Antonieta se refugió en Inglaterra, donde está enterrada junto a su hijo y su marido, el emperador. Dado que a su único hijo, el príncipe imperial Luis Napoleón, lo mataron los zulúes en Sudáfrica y que se llevaba muy bien con sus tres sobrinos, los hijos de Paca, duquesa de Alba, estos fueron sus herederos. Evidentemente, la familia conoce el legado de la emperatriz, unas 150 piezas, pero éste se hará público para el resto de los mortales en breve, ya que el año pasado se cumplieron los cien años preceptivos para que pase al archivo protocolo de Madrid. En la exposición «Eugenia emperatriz» que se acaba de inaugurar en el palacio de Liria se puede apreciar su influencia en el mundo de la moda. Ella abandona el miriñaque adoptando el polisón y también los sombreros con una pluma caídos sobre un ojo. Patrocinó a Worth, creador de la Alta Costura francesa. Es el propio Carlos, duque de Alba, quien nos amplia el dato: «Era muy culta y en su época colaboró en el desarrollo de la industria textil y de la moda. Como no la llegué a conocer, decirle que era muy guapa y no me parezco a ella físicamente en nada. Yo desciendo de Paca, que murió de tuberculosis con 34 años».

«La boda, muy bien»

Y dado que 48 horas antes, el duque había casado a su hijo pequeño, Carlos, era obvio comentarlo: «La boda, muy bien. Fue un día estupendo porque no hizo mucho calor y tampoco llovió». Ya están los dos vendidos. ¿Y los ha vendido bien?, le apunto. «Sí, me gustan mucho las nueras, son estupendas, he tenido mucha suerte», afirma. La visita a la exposición tiene una duración de 60 minutos. Reúne 80 piezas, entre cuadros, abalorios, fotos, muebles y utensilios, todos propiedad de la Casa de Alba y que los tiene repartidos entre diferentes palacios. Estará abierta hasta el 30 de diciembre.

Con el vaso «culpable» en la mano

El 10 de julio de 1920 hacia calor en el jardín del palacio de Liria en Madrid. A la emperatriz, de 94 años, se le antojó una horchata bien fresquita mientras charlaba con el doctor Barraquer, que semanas antes la había operado de cataratas y era feliz porque podía volver a leer un ejemplar de «El Quijote» que solía llevar siempre en un bolsillo. Por la noche, Eugenia se siente indispuesta por un corte de digestión presuntamente provocado por la bebida de chufas. La emperatriz fallece de madrugada en el que había sido dormitorio de su hermana Paca. En la exposición se puede ver la última fotografía que se le hace a la emperatriz (junto a estas líneas), horas antes en el jardín, con el «culpable», o sea, el vaso de horchata, sujeto por el propio doctor Barraquer.

Cuadro de la emperatriz Eugenia, junto al doctor Barraque. Efe FOTO: Javier Lizon EFE