Historia

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Santiago de santiago: «Descubrí que era escultor en las rayas de la mano»

Escultor

Santiago de Santiago, escultor
Santiago de Santiago, escultorlarazon

si le llamas a cualquier hora te dirá que está haciendo muñequitos. Ahora anda con Obama, un busto para la embajada de EE UU ¿En mármol negro, Santiago? «No, no; será en bronce». En realidad, si no te ha hecho un busto Santiago de Santiago es que no eres nadie. Lo siento. Su obra es un tótum revolútum que va de los personajes históricos a los famosos vigentes en saltos admirables: ahí están Bécquer, Fofó, Goya, Bernabéu, Lola Flores, Isabel la Católica, Galdós, Paco Rabal, Cervantes...

–¿Se le dan mejor los vivos o los muertos, Santiago?

–Hombre, con los vivos cabe cierta relación, un trato directo; para la figura histórica tienes que apoyarte en la leyenda, por tanto es más laboriosa.

–¿Recuerda lo que sintió cuando vio terminada su primera obra?

–Fue muy emocionante, y eso que era la copia de una figura china, un ídolo con máscara. Se empieza copiando para aprender la anatomía humana, que es lo básico. En mi primera exposición mezclé figurativo y abstracto, mitad y mitad, y me dieron en las dos mitades. Pero ahora vuelvo al abstracto con un monumento que estoy haciendo para Sudáfrica y que conmemorará el enlace de dos culturas. Siempre se vuelve al principio.

Le gusta visitar los monumentos que tiene por muchos países del mundo. De la Familia Real, a la que ha esculpido en diferentes etapas, se queda con la Reina: «Creo que es porque he hablado más con ella». Me cuenta que Don Juan Carlos posa contando chistes para que romper el hielo y aliviar la tensión que pueda sentir el artista. «Es un gesto que se agradece».

–Hay personajes que dicen no querer estatuas: no desean estar ahí llenos de cacas de palomas...

–Lo dicen, pero no es verdad. ¿A quién no le gusta ser recordado cada día? Eso es seguir vivo. Además, la caca de las palomas da prestigio a las estatuas, ja, ja, ja. Dejan huella de vida, humanizan la obra.

–No sé si hay alguna estatua suya por ahí...

–Sí, una en México, y hecha por mí. Y tengo otra aquí, en Madrid. Hacer la estatua de uno mismo es lo que más cuesta, porque la mayoría no sabemos cómo somos realmente.

–Las mujeres sí, Santiago.

–Las mujeres se miran mucho más al espejo, se contemplan todo el día.

–Decía Miguel Ángel ante un bloque de piedra: la escultura está ahí dentro, sólo falta quitar lo que sobra...

–Sí, eso decía. Primero te enamoras del bloque. Luego das vueltas a su alrededor, vueltas y más vueltas, hasta que descubres lo que hay dentro.

Le gusta la piedra, ama la piedra. Te dirá Santiago, si quiere, que en verdad el arte no se hace al servicio de nadie, que el arte se hace para uno mismo. Pero están los encargos, le digo. «Sí, claro, pero no hay contradicción; te dejan libertad para crear». «El arte es lo que vivo y para lo que vivo», añadirá. Aunque parezca mentira él descubrió que era escultor, artista, en las rayas de su mano, cuando se entusiasmó con los libros de ciencias ocultas, la quiromancia, la teosofía y todo eso. «Sí, vi en las rayas de mi mano que era escultor; era algo que estaba en mí y no lo había descubierto». Aún hoy observa las rayas de su mano. Todos los días.

–¿Y ha visto cuándo va a morir?

–Sé que llegaré a Sirio, una estrella muy lejana. Allí estará mi energía, que ya sabe que ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Creo en la transmutación, que nos convertimos en otra cosa, y a eso le llamamos morir.

–¿Y en qué le gustaría convertirse?

–En algo que no he sido todavía. En algo nuevo. Quizá en parte de Sirio.

–Parece que el amor es lo que más le ha inspirado...

–Hay algo que inspira más que el amor: el odio.

–Lo digo porque veo su obra llena de mujeres...

–Es que siempre están delante, siempre están ahí... En serio: ellas representan el sentimiento humano.

Le fue tan bien con las mujeres, «fueron tan generosas conmigo, que me aconsejaron que no me casara nunca», confiesa. Y les hizo caso. No sé casó y cree que no tiene hijos. Se ve horrible ante el espejo. «Tendría que haberme mirado más para conocerme mejor, porque luego te llevas unos sustos...». Lo peor de envejecer, para él, es perder fuerzas. Antes jugaba al tenis, lo dejó, como el tabaco aquel día que se vio los dedos tan amarillos. Del pasado le gustaría borrar el tiempo perdido. Del futuro sólo sabe (o dice saber) que estará en Sirio, una estrella brillante también llamada «Estrella Perro». Le divierte esculpir, charlar y viajar. Tiene 88 años.