Mario Conde: "Se ha sido injusto con el Rey Juan Carlos"

Ha pasado los últimos 25 años entrando y saliendo de prisión o a la espera de lo que dictara la Justicia. Ahora que la Audiencia Nacional ha archivado su causa por blanqueo, el ex banquero abre a LA RAZÓN las puertas de su palacete de la madrileña calle Triana.

Ha pasado los últimos 25 años entrando y saliendo de prisión o a la espera de lo que dictara la Justicia. Ahora que la Audiencia Nacional ha archivado su causa por blanqueo, el ex banquero abre a LA RAZÓN las puertas de su palacete de la madrileña calle Triana.

«Un día, mientras jugaba al golf con mi hijo Mario, le dije: “¿Te das cuenta de que si no hubieran intervenido el banco no estaríamos aquí? ¿Que igual me hubiera muerto de un infarto? ¿Que habría tenido que atravesar la crisis económica y no viviría como un espectador? Si no me hubieran metido en la cárcel, estaría amargado, no tendría tiempo libre, no podría irme a comer a un chino, ni dar paseos por la calle. En la época del banco, era una maleta, para ir a un restaurante tenía que ir antes un equipo de seguridad, me metían en un reservado, para que nadie me viera... Llegaba a las 8 de la mañana y me iba a la 1 de la madrugada, no tenía casi vida familiar. Si no hubiera entrado en prisión, estaría amargado. Cuando dirigía Banesto, apenas cantaba ni reía. En la cárcel, sí». Mario Conde (Tuy, Pontevedra, 1948) fue uno de los cinco hombres más importantes de nuestro país en los 80. Controlaba más del 1 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB). Con solo 38 años, ya presidía Banesto tras haberse hecho multimillonario en la empresa farmacéutica Antibióticos, a la que llegó después de sacar el número uno en la oposición a abogado del Estado, en tiempo y con nota récord a los 24. Todo cambia el menos inocente de los últimos 28 de diciembre: el de 1993. El Banco de España interviene la entidad bancaria alegando un agujero contable de 605.000 millones de pesetas (unos 3.600 millones de euros). Un año después, en la Nochebuena de 1994, Conde, el modelo a seguir para toda una generación, ingresa en la madrileña prisión de Alcalá-Meco. Siempre se ha confesado inocente «y víctima de una conjura política protagonizada por Felipe González y Aznar», me puntualiza, pero los últimos 25 años los ha pasado entrando y saliendo de la cárcel, la última vez, en abril de 2016, acusado de blanquear 14 millones de euros provenientes de Banesto.

No guarda rencor

Ahora, la misma justicia que le encerró en un calabozo junto a sus hijos, Mario (44) y Alejandra (41), archiva su causa «porque no ha encontrado delito alguno». ¿Planea venganza Mario Conde o ha vencido al rencor? ¿Cómo recuerda sus tiempos gloriosos más de dos décadas después? ¿Fue el hombre que quiso reinar, como delatan algunos? ¿El que soñó con la Presidencia del Gobierno? ¿El que ponía nerviosa a la clase política, o un gurú? Él, que fue como un hijo para Don Juan de Borbón y amigo del Rey, ¿qué opina de la retirada del Emérito? ¿Cómo analiza la actualidad post electoral y la irrupción de Vox en la instituciones? ¿Planea su tercera boda? El ex banquero, de 70 años, concede su primera entrevista a LA RAZÓN desde su palacete de la exclusiva calle Triana (Madrid), tan impecable y engominado como cuando navegaba por la bahía de Cádiz con el abuelo de Felipe VI. Se sienta y enciende el primero de unos cuantos cigarrillos. Ha vuelto a fumar tras veinte años de abstinencia, «pero lo dejaré cuando quiera». Se asegura de que lo que va a decir se está grabando y revela: «Nunca quise ser presidente, ni he sido un genio ni un gurú. Yo más que nerviosos, como diría Dante, ponía de los nervios a la clase política, tanto que provocaron la intervención del banco. Y no vencí al rencor, lo evité. El rencor, la envidia y los deseos de venganza son cánceres del alma y cuando les dejas sitio a ellos, te estás muriendo, te estás matando. A algunos les hubiera encantado que los tuviera, porque son caminos hacia el error».

Ha pasado una semana desde que la Audiencia Nacional archivó la acusación de blanqueo y delito fiscal y se reconoce «contento». Al repreguntar, añade: «Ha habido cuatro jueces que han tenido la valentía de hacer esto. Por encima de los medios. Este auto me hace volver a creer en la justicia. Estoy feliz como español». ¿Y va a tomar alguna medida?, insisto. «Pues sí, mi medida es una botella de Rioja y si acaso después una medida de whisky», responde irónicamente. Me impacta su serenidad tras una sentencia que enmienda su última entrada en la cárcel. Entonces, argumenta: «¿Cómo lo he llevado tan bien? Va a sonar muy duro: porque tengo mis vanidades cubiertas. He sido abogado del Estado, número uno, presidente de Banesto, he ganado mucho dinero joven, admirado por todo el mundo... El problema de cuando a uno le meten en la cárcel es cuando pierdes reconocimiento social. Bueno, y, además, en prisión me lo trabajé. No soy Superman. Me sometí a una disciplina descomunal, me levantaba a las cuatro de la mañana a meditar y hacía hora y media de ejercicio. Madrugaba porque me tocaba servir el café a los presos y ese acto de humildad es muy sano». Solo ocho meses antes de entrar en el trullo, era a él a quien le hacían los honores, y Honoris Causa, en una ceremonia atestada de banqueros y empresarios y presidida por el Rey Juan Carlos, el mismo que acaba de pedir la carta de libertad. «Sean o no razones de salud las que le hayan llevado a retirarse, ha hecho un esfuerzo descomunal para que estemos hoy aquí –subraya–. «Hay que poner el ''debe'' en el ''debe'' y el ''haber'' en el ''haber'' y se merece el reconocimiento del pueblo español, que se le ha negado por algunos factores accidentales. Se ha sido injusto con él». Partiendo de algunos esplendorosos recuerdos compartidos con el Monarca, «al que conozco bastante y tengo mucho cariño», Conde insiste en ponderar el talego frente al boato: «La prisión es un espejo en el que te ves como eres. Cuando se cierra la puerta y estás solo, esos espejos te retratan y mucha gente no se gusta. En la época del banco, del éxito y del dinero, ¡cómo no vas a haber cometido algún pecado de vanidad! Pero cuando vi que en prisión era capaz de ser yo mismo, está mal, pero lo voy a decir: me gusté como era. Recuerdo una anécdota. A mí me ingresaron por primera vez en Nochebuena. Y yo bajaba de la celda y bajaba cantando. Fui al bar y me encontré con uno de los capos de la droga más importantes (que no voy a identificar). Al oírme, me increpa: ''¡Estamos en prisión! ¿por qué viene cantando?''. Le contesté: ''Esto es inevitable y podemos hacer dos cosas: o cantar o llorar, si tú quieres pagar dos veces, la prisión y encima el lloro, hazlo''». Entre esa primera noche en la cárcel y la última, junto a sus hijos, han pasado casi cinco lustros. «Yo fui dos años y medio abogado del Estado, estuve seis años en la industria farmacéutica, seis en la banca y he estado veinticinco sometido a entrar y salir de prisión. En realidad, lo que soy es un preso que además ha sido abogado del Estado y banquero», sintetiza Conde, al que siempre acompañaba una sonrisa en sus salidas de prisión. «Sonreía porque la cárcel me hizo más humano. Lo razonable es que te deprimas. Eso te afecta al sistema inmunológico y mucha gente muere o sale tocada. Yo me tenía por buena gente, nunca cambié de amigos... pero cuando me demostré quién y cómo era fue en prisión. Y eso no tiene precio. Entraba con corbata y salía con corbata, entraba con la cabeza alta y salía con la cabeza arriba, en prisión ayudaba a los presos y me ayudaba a mí mismo. ¿Pero ha perdido usted mucho tiempo?, me dirá usted. Lo más importante es conocerse y el tiempo en prisión me ha servido para hacerlo, he hecho bastantes amigos, siempre me trataron bien, ¿mejor que a otros? Pues yo era un preso pero era Mario Conde. Mi mujer Lourdes se dio cuenta de lo bien que estaba allí un día que me visitó con Alejandra. Mi hija me hablaba de que me iban a dar el tercer grado si reconocía que lo que contaban del banco era cierto. Yo las miré y sonreí. Lourdes se giró hacia Alejandra y le dijo: “¿Ves, hija? Con tu padre no hay nada que hacer...” Yo estaba bien en prisión».

Nada más invocar a la que fue su esposa durante 37 años, Lourdes Arroyo –fallecida en octubre de 2007 víctima de un cáncer–, se levanta del sofá. Necesita andar. Recapacita, se sienta y recuerda: «Íbamos camino de una resonancia. A Lourdes se le había reproducido el tumor cerebral. Yo, para animarla, le dije que todo iba a salir bien. Ella me contestó: “No puede salir bien, Mario, no tengo ganas de morirme pero he pasado contigo 30 y pico años y tú me has hecho una mujer completa”. Seguimos conduciendo. Después de esa frase no se puede hablar. Hasta que llegamos a Madrid. Entonces continuó: “Cuando me muera, haz el favor de buscar algo estable, porque si no vas a ser un pendón, que te van a dar la tabarra. Si quieres que yo sea feliz, tú tienes que ser feliz”. Era irrepetible. Me enseñó el señorío para vivir y para morir. Es la persona a la que más he admirado».

Un hombre afortunado

Conde siguió su consejo. Su segundo matrimonio con María Pérez Ugena duró seis años (2010-2016). Ahora le auguran una tercera boda con Pilar Marín, 27 años más joven, «una gran persona, de enorme corazón», en palabras del banquero. «No me he casado, pero nunca he hablado de mi vida íntima. Me considero un hombre absolutamente afortunado. He tenido lo que he querido y cuando lo he dejado de tener, no lo he echado de menos. Y encima, físicamente, el que tuvo, retuvo (ríe)».

Ya embarcados en el universo de los temas que sé que le incomodan, retomo de nuevo su amistad con la Familia Real y abordo su relación con el padre de Don Juan Carlos: «Don Juan de Borbón y yo tuvimos una amistad muy intensa. Hablábamos casi todos los días, yo iba mucho a la Zarzuela y en 1992 alcanzamos una híper intimidad –recuerda–. Tanto es así que cuando iban a intervenir Banesto, me llamó Don Juan Carlos a las 8 de la mañana para avisarme. Estaba indignado. «¡Eso no se puede hacer! ¡He hablado con Felipe González, gritaba, y me ha dicho que no me meta en cosas de política!, me dijo. “Hágale caso, le contesté”. Él sabía la relación que me unía a su padre. De hecho, cuando Don Juan estaba a punto de morir, y llegaban visitas a la casa, les confesaba: “Yo el que quiero que venga a verme es Mario”. El Rey lo ha pasado mal. Otra cosa es que España tendrá que elegir entre Monarquía o República. ¿Es el momento de un referéndum? Creo que tenemos otros problemas más urgentes».

Las recientes elecciones y la irrupción de Vox en el arco parlamentario arranca a colación de este diagnóstico. Del panorama político intenta zafarse con un irónico «no he leído mucho de eso. ¿Quién ha ganado?». Al insistir, se pone de perfil: «No quiero entrar en análisis porque en este país casi nada cambia». Cuando persevero con Vox, Mario sí se sincera: «Conozco a Santiago Abascal y él ha dado tres o cuatro ideas que la gente ha comprado. La percepción de la corrupción ha generado cansancio y eso se ha canalizado a través de una opción política que lo que vende es coherencia. Forma parte del juego de la democracia». De política, hasta aquí.

Cambio de tercio. Me reconoce que últimamente ha vuelto a dormir mal y que no se cuida nada. «No me interesa, la comida no me gusta, como siempre tortilla de jamón y queso blanco, pollo... La gente se cree que me alimento de foie, pero me das garbanzos y vino peleón y soy feliz». Mario Conde es un hombre que quiere «básicamente vivir en paz». «He pasado diez años en Galicia, en un pueblo de 100 habitantes con temperaturas bajo cero, y ahora estoy viviendo en el campo sevillano. Las reuniones gallegas empiezan a las dos y acaban a las siete, y las del sur acaban a las siete... de la mañana. Me gusta el flamenco. Estoy bien allí». ¿Sigue cazando –interrumpo tras observar en su salón algunas instantáneas cinegéticas–?: «No nací para el mundo de la caza, pero a Lourdes le gustaba. De repente en el año 2000 me dije: ''¡Qué hago yo pegando tiros!''. Es un acto de vanidad que no tiene sentido. Me di cuenta de que a algunos cazadores no les gustaba cazar, les gustaba matar y contar el número de perdices muertas». Aquel 9 de junio de 1993, Conde fue despedido entre vítores por los hombres más poderosos de este país tras recibir su Honoris Causa de manos del Rey. Hoy, justo 25 años después, en un salón colmado de fotos de Lourdes y sus hijos, y ante la mirada de Paloma, su inseparable secretaria hace más de 30, me dice adiós con este consejo: «Mira, si quieres saber quiénes son tus amigos, arruínate, y si quieres saber quién te quiere de verdad, que te metan en prisión».

El fin de un periplo judicial y carcelario

La sala de lo Penal de la Audiencia Nacional confirmaba el pasado 30 de mayo el archivo de la investigación abierta contra Mario Conde y otras 17 personas por blanqueo de capitales y delito fiscal. «Hasta ahora ningún juez se había atrevido a absolverme –celebra Conde– hasta que estos cuatro lo han hecho. El poder judicial se ha demostrado alejado del poder mediático». Se refiere así a los magistrados Alfonso Guevara, Francisco Javier Vieira y Ana María Rubio, que ratificaban la decisión del juez instructor, Santiago Pedraz. Después de 25 años entrando y saliendo de prisión, la Justicia daba la razón al ex presidente de Banesto, que en 1994 enfilaba por primera vez el pasillo de la penitenciaria de Alcalá-Meco, un año después de la intervención del banco alegando un quebranto patrimonial de más de 3.600 millones de euros. Salió 34 días después tras depositar una finaza de doce millones. El caso «Argentia Trust» le devolvió entre rejas en febrero de 1998, tras haber sido condenado a cuatro años y medio de cárcel por apropiación indebida (desaparecieron 3.6 millones del Banco Español de Crédito). Cumplió 17 meses. Dos años más tarde, el «caso Banesto» supondría la mayor condena para el empresario: en marzo de 2000 la Audiencia Nacional le imponían una pena de diez años por apropiación indebida y estafa, condena que el Tribunal Supremo multiplicó por dos. En verano de 2008, Conde logró la libertad condicional, ocho meses después de la muerte de Lourdes Arroyo, su esposa durante 37 años y madre de sus dos hijos, Mario y Alejandra.