CRÍTICA / «Wall Street 2 El dinero nunca duerme»: A veces sí

Director: Oliver Stone. Guión: Allan Loeb y Stephen Schiff, . Intérpretes: Michael Douglas, Shia LaBeouf, Josh Brolin, Carey Mulligan. Duración: 133 minutos. EE UU, 2010. Drama

«Wall Street 2. El dinero nunca duerme»: A veces sí

Todos envejecemos. Hasta Stone, un espíritu psicotrópico, ingobernable, rebelde, defensor rabioso de algunas libertades y, a la vez, amigo fiel de Castro. Un tipo, en fin, con sus aciertos y fracasos, con sus contradicciones y esa carga de cineasta «off sider» que tanto le debe pesar ya siempre a cuestas. El mismo Stone capaz de dirigir «Platoon», notable, contundente alegato contra Vietnam, y «Un domingo cualquiera», aquel plomo deportivo rodado con una cámara mala de los nervios. Hace unos meses, Stone decidía orquestar, muy oportunamente visto el actual panorama, la segunda parte de «Wall Street», sospecho que más movido por motivos económicos (que este neoyorquino también debe comer a diario, digo yo) que meramente ideológicos. Me explico: después de estrenar a finales de los fríos, duros, competitivos años 80 un filme donde atacaba sin piedad, cargado de violencia y cinismo, a los tiburones de las finanzas y el capitalismo feroz, en la segunda producción se limita a entonar un débil y confuso «mea culpa». Pero hay motivo.

Por mucho que Douglas cumpla con creces en el correoso pellejo otra vez del cerebral Gordon Gekko (trabajo por el que la anterior ocasión ganó un Oscar) en la época inmediatamente anterior al estallido de la actual crisis y que Shia LaBeouf se tome en serio su papel de agresivo brooker, la nueva y larguísima película de Stone va perdiendo fuste hasta derivar en un «the end» blando y somnoliento. Qué poco consigue conmover o cabrear este puñado de personajes al respetable (salvo el que interpreta la sensible Carey Mulligan, «Una educación»), qué desperdicio la aparición de Susan Sarandon en un trabajo de segunda regional para el talento de la actriz. Menudo metraje para llegar a una conclusión tan banal como ambigua (a lo mejor este buenismo de Stone deriva de que Obama sea ahora el presidente y no Reagan), y esas obvias imágenes simbólicas (los niños que hacen pompas de jabón, un energúmero que destroza el cuadro «Saturno devorando a sus hijos», de Goya)... ¿Merecía la pena regresar a Wall Street para rematar de esta manera la faena?