Proclamación de Felipe VI

España nación libertad por Agustín de Grado

La Razón
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Cuarenta años de silencio acomplejado ante un relato nacionalista basado en la falsificación histórica y el adoctrinamiento desde las aulas han acabado por corromper los conceptos de patriotismo y nación. Pero como sucede con otros tantos valores (el esfuerzo, el mérito, la excelencia), aparcados para el disfrute de una equivocada promoción del Estado del Bienestar y que ahora estamos obligados a recuperar, España no superará los dos grandes desafíos que enfrenta (crisis económica y órdago secesionista) sin una idea clara del patriotismo y la nación.
No es una raza. Tampoco una lengua o cultura. Ni siquiera un territorio, como quieren hacernos creer. La nación es una suma de ciudadanos que uniéndose para garantizar su libertad individual y el proyecto de vida que pueden forjarse con ella, la constituyen. Es la lección de 1812 que una España sin fe y sobrada de prejuicios ha perdido la oportunidad de actualizar en su Bicentenario mientras otros aprovechaban para llenar de esteladas el Nou Camp. La nación de individuos integra y protege a todos. Por eso la nación es lo opuesto al nacionalismo: un baluarte de la libertad frente a la uniformidad totalitaria y la exclusión del que disiente.
El nervio de la nación española también está siendo puesto a prueba por una crisis económica que no admite salidas particulares. «Juntos somos más fuertes», repite estos días Rajoy, apelando a la idea de la nación como una empresa colectiva. Ojalá no sea tarde ya para recuperar el impulso patriótico del que hemos carecido. Porque si, según la clásica definición de Renan, la nación es un plebiscito cotidiano, llevamos décadas alimentando un modelo político que potencia lo que nos separa y erosiona la voluntad individual de cooperar en el esfuerzo común. Y nada comparte quien no se siente parte.