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El «Azor» ya es arte

Matadero, en su nave 16, presenta el último trabajo de Fernando Sánchez Castillo, un proyecto que ha convertido el «Azor», el barco de Franco, en una pieza artística

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Tiempo de lectura 8 min.

21 de enero de 2012. 01:44h

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21/1/2012

La historia va dejando a su paso esculturas, arquitecturas, arqueologías, cosas. Las va juntando en una especie de albañal desordenado, confuso, que remite a otras épocas. El «Azor», más que el barco de Franco, era la memoria náutica del franquismo. Su recuerdo llega a través de las fotografías en blanco y negro, y del NODO, ese «cinesín» que la dictadura utilizaba para airear propagandas y mostrar a la autoridad en sus días de asueto, reunida con amigos políticos o haciendo épica con eso del sedal, la caña y el atún despistado. Su imagen pervive en el inconsciente como uno de esos objetos que dan empaque y brillo al poder. Los años habían arrojado su estampa a la cuneta, al margen de la crónica. Los años no son más que noticias posteriores, la Transición y la democracia, que dejaron al barco varado en las orillas del secano, en el Burgos del Cid, a las puertas de un motel de extrarradio que intentó hacer negocio con su chatarra, con su hojalatería oxidada.

Ahí lo encontró Fernando Sánchez Castillo. Tenía la quilla hundida en la arena. El destino le había dado un giro imprevisto a una embarcación que, ya sin motor ni permisos para navegar, estaba destinada a desaparecer en cualquier desguace. «Este barco tiene un devenir complejo. Refleja todo el proceso histórico reciente. Es una metáfora de España, desde que es construido, en la difícil posguerra, hasta la Transición y las décadas recientes. Glosa la dictadura, los setenta y este poscapitalismo. Para mí no está identificado sólo con la dictadura. Es un símbolo  de las tres etapas. Su devenir es paralelo al de nuestra propia historia», asegura el artista. Sánchez Castillo está sentado en un hall del Matadero, en Madrid, donde exhibe su última obra, una reflexión múltiple sobre muchos asuntos que va desgranando con paciencia. Este trabajo, más que una pieza única, es un proyecto que incluye una obra y un documental que se exhibirá en el contexto de ARCO. En un espacio  próximo está lo que ha quedado del «Azor», que es nada. Un montón de hierros diversos geometrizados en algo más de una docena de cubos muy comprimidos. Sobrevive un mástil, una arboladura, si es que se llama así, con un altavoz mudo y un radar que ya no alerta de nada.

Transformación
En una esquina se ven dos bancos blancos, de los de camarote, en los que antes se sentaban los huéspedes del barco y que ahora ya no se pueden tocar, en principio, porque están expuestos. Se encuentran en una sala de arte. Lo que habla de las transformaciones propias del arte contemporáneo y de la intención de este creador. «Es un barco fantasma. El barco del dictador. Mi intención era integrarlo en la formalidad del arte», explica Sánchez Castillo. Él mismo compró los restos del yate, pero se niega a desvelar detalles de este punto. Y bromea. «Lo adquirí con mis ahorros. Está desgravado en Hacienda. La posibilidad de adquirirlo estaba al alcance de cualquier español. Desde luego, para algunas personas estaría fuera de su alcance y, para otras, no les costaría más dinero que el de una noche de fiesta».

Hotel flotante
La singladura de este vestigio es bastante peculiar. Sánchez Castillo es ya su  tercer propietario. La primera persona que lo tuvo se arruinó al intentar lucrarse con esta popular eslora después de que no sirviera como hotel flotante ni como restaurante. Recogió el testigo otro y, por fin, este artista, aficionado a reflexionar sobre el poder a través de sus iconologías y símbolos. « El barco ha cambiado de situación. Nada más. Permanecía olvidado y ahora ha entrado a formar parte del arte contemporáneo. Antes su estado había sido institucional, después  privado, en concreto, en el ramo de la hostelería. Y ahora su estado ha vuelto a cambiar. Está en el arte y es suceptible de exponerse y venderse. Es un cambio de fisicidad». El artista desarrolla su argumentación. Explica su propósito: «Su imagen pervivía en la memoria popular. Ahora, gracias al documental –que recoge cómo ha sido el proceso de trabajo–, entra en el campo de lo digital. En la alta definición. Ahora, realmente, puede llegar a más gente». En su intervención siempre ha mostrado el máximo respeto. No quería pensar en política solamente. También en hacer bien su trabajo. A veces meditaba sobre las personas que habían paseado por las bordas del barco. En otras ocasiones, sólo en cómo colocar las cámaras de la manera adecuada para recoger todos los detalles. «No es una destrucción. Es un ejercicio para involucar a este objeto en el formalismo artístico». Picasso introdujo la historia en el arte a través del cubismo del «Guernica». Encerró  ese episodio en un lienzo. Sánchez Castillo lleva hasta las últimas consecuencias esa idea. El artista ha intentado convertir uno de esos residuos que ha dejado la historia en material artístico. En una posibilidad para pensar sobre el destino, el significado y la transformación de los símbolos históricos. «Hay que olvidarse de la política. También de las nostalgias y afectividades. Existe cierto recelo hacia esta clase de trabajos. En el fondo  no es lo que yo he hecho. Es lo que todos hemos hecho. Puede que yo sólo sea el catalizador, el director de orquesta, como antes había sido el Caudillo, luego quien lo compró y, después, la sociedad capitalista actual que estamos viviendo. Mi responsabilidad histórica termina en cuanto se vende y escapa al Gobierno. En ese punto desaparece la responsabilidad política», dice. Lo que quedaba  era el desguace o el arte. Sólo había que elegir. Él eligió.


«Intrahistorias» de una embarcación
A Fernando Sánchez Castillo no le interesa únicamente esa vida política que envolvía el yate del «Azor». También toda la intrahistoria que ha rodeado a esta embarcación desde su creación. Los nombres y los hombres ligados a este símbolo de la Dictadura. «Hace una semana apenas, escondida en una de las vigas, encontramos la cartilla militar de Manuel Albariño González. Si todavía vive, que sepa que la tengo y que si él todavía quiere conservar este documento se lo devuelvo sin problemas, que yo lo tengo aún –asegura el artista–. El papel está roído. Pero es justo esta parte la que más me ha interesado a lo largo de todo el proyecto. Las historias de la historia. Eso es lo que me gusta, más que los personajes centrales, más, incluso, que el que este barco perteneciera a Franco y que él hubiera pescado desde aquí. Es la parte de la intrahistoria. La que te obliga a mirar más allá de la chatarra», asegura Sánchez Castillo.


El detalle
LAS ESCULTURAS PROHIBIDAS

El artista lo dice con claridad. Ha intentado fotografiar las esculturas de Franco que se han retirado de las calles. Intentaba, para uno de sus proyectos, tomar imágenes de ellas en los almacenes donde se conservan. Pero, a excepción de Barcelona, siempre le han dado largas o le han denegado el acceso. Sánchez Castillo ha repetido que sus intenciones nunca han sido políticas. Siempre están dirigidas por un proyecto artístico, por una idea que conduzca a la reflexión. Pero parece que en esta España de tantos museos contemporáneos, los gobiernos aún desconfían del arte contemporáneo. Paradojas.


- Dónde:  Matadero de Madrid (Paseo de la Chopera, 14)
- Cuándo:  Hasta el 18 de marzo.
- Cuánto: Entrada gratuita.

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