La guerra de Libia

La Razón
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De tanto repetir que Libia no es Irak y que Gadafi no es Sadam Husein, al Gobierno de Zapatero le tiemblan las piernas y se le seca la garganta, como si temiera que el fantasma insepulto del «No a la guerra» volviera del más allá para reclamarle la deuda contraída hace ocho años, mientras José Blanco agita como un conjuro la Foto de las Azores y salmodia «Esto no es Irak, no es Irak, no es Irak…» En Ferraz hay pánico a que la calle salive como el perro de Paulov e identifique a Zapatero como una reencarnación sin bigote de Aznar, lo que debe resultar doblemente molesto para ambas partes. Pero así está el patio y por más que el Congreso la apruebe hoy por una mayoría aplastante, la intervención militar de España en Libia divide por la mitad a los españoles. Ni las unanimidades parlamentarias ni los legalismos trapaceros de la ONU parecen razón suficiente para convencer a la opinión pública de que bombardear Trípoli es más justo y benéfico que hacerlo sobre Bagdad. O que liberar a un libio del látigo de Gadafi es infinitamente más progre que salvar a un irakí del gas mostaza de Sadam. De entrada, existe un rechazo visceral a la guerra, pero va en aumento a medida que las víctimas colaterales ascienden a los honores de la primera página. Tiempo les ha faltado a Rusia, China y la Liga Árabe para acusar a los aliados de masacrar a civiles inocentes. Mal asunto que el mundo islámico vuelva a sentirse ultrajado por las potencias occidentales. Salvo la de Kosovo, todas las guerras emprendidas por EE UU y sus aliados de la OTAN en las últimas décadas tienen por enemigos a países musulmanes: Irak, Afganistán, Somalia y, ahora, Libia. Gadafi, que será un asesino pirado pero no es estúpido, ya ha llamado a la yihad, a la guerra santa, con la fórmula mágica: «Los cristianos nos quieren quitar el petróleo». Es la misma bandera en la que se envolvió Sadam y la que agitan todavía hoy los talibanes. Que las bombas caigan siempre en el mismo lado no es algo que los jóvenes islámicos atribuyan a la ley de la gravedad, sino a la ley del Occidente. Y en ese callejón de la medina se acaba de meter el Gobierno. En el PSOE eran pocos los problemas y parió la abuela de todas las batallas. A ver cómo venden ahora, entre pepinazo y pepinazo, la Alianza de Civilizaciones. Qué inclemente venganza la de la historia sobre quien se estrenó de gobernante retirando la tropa de Bagdad y se despide enviándola a bombardear Trípoli. Eso sí, por «razones humanitarias» y porque lo pide Obama, que es premio Nobel de la Paz.