Directores generales

La Razón
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Se pudre uno y lo reponen con otro igual. Siempre son los mismos los que dirigen los grandes teatros públicos de este país. Entre ellos hay un «filin» bárbaro; se conocen, se dan placer, se programan. En esta su última temporada Gerardo Vera, el director del Centro Dramático Nacional, vuelve a rematar la programación con una gran fiesta en la que estarán sus amigos de siempre. Él, como siempre también, se reserva varios bailes, dos montajes para ser exactos. Invita asimismo a una compañía rusa a hacer una trilogía que le debe parecer de lo más «nacional». Los autores españoles actuales brillan por su escasísima presencia. De las autoras ni les cuento. Los eternos directores de nuestros espacios escénicos públicos se quieren quedar a vivir ahí para siempre. Y se van tristes, supongo, aunque con su carrerita hecha, sus coleguillas, su hueco en la guinda de la influencia. Parece que inevitablemente el poder corrompe tanto al político como al artista, claro que no hay políticos que vayan de artistas y sí muchos artistas que en realidad son sólo políticos. Perdonen, pero es que me ponen de muy mal humor los que se toman el cargo como un consolador. Ellos tampoco tienen toda la culpa, ¿qué criatura va a soltar un biberón lleno? Me enfado porque me sacan lo peor. Fíjense, Vera en sus ocho años al frente del «Nacional» ha programado más autores extranjeros que españoles. Y tan pichi.
A ver qué nuevo director ocupa el cargo ahora. Esperemos, recemos. En fin, que los últimos no han hecho nada bueno por el teatro español contemporáneo y menos aún por sus autoras y autores vivos. Y hay que decirlo con letra grande.