Paco Marsó pretendía volver a ser actor por Jesús Mariñas

Nuria Espert en un momento dramático de la obra

El doloroso tema sobrepasó una de las noches más triunfales de la descomunal Nuria Espert. Por encima de ese milagro que la estremece escénicamente en «La violación de Lucrecia», un Shakespeare inédito, el monotema era Paco Marsó, fallecido ayer. El coraje de sus tres hijos –Manolito como si lo fuese, aunque Concha lo aportó al difícil pero duradero matrimonio– para que no lo desenchufasen. Comentaban que el ex vivía en Málaga temporalmente al pairo de su hija mayor. Afirmaban que la Velasco suspendió un día de función para estar con la familia.

«Desean, enterrarlo en Madrid, en el panteón familiar», afirmaban enterados como Juanjo Seoane o un Ángel Fernández-Montesinos, director de «¡Mamá, quiero ser artista!». «Aún conservo cheques impagados de Paquito, qué pena de hombre...», lamentó realmente dolido.

Unánimes eran el dolor, impacto y sorpresa, algo impensable ante la gran Nuria. Noche para la historia como aquella «Medea» de Schoereder en el Griego barcelonés. O la «Bernarda Alba» que en Londres dirigió con Glenda Jackson y Jean Plowraight ante las reinas Sofía, Noor y Ana María de Grecia. Esta Lucrecia demoledora remata 76 años de magisterio. Bien lo demostraron las caras alucinadas de Flotats, Tino Romero, una impactada Esperanza Roy y la serenidad de María Asquerino. Texto que oprime emocionalmente y hace sentirte con ganas de participar en angustia tan bien mantenida por una Nuria que va de la tragedia a la ternura. Pasa de violador –son tres personajes y una sóla gran intérprete– a violada. Marsó de leitmotiv acrecentador de tensión, ¿qué determinarán sus hijos? «Hasta le habían cortado la luz y me pidió un papel para sacarse un dinero» –me descubrió Seoane– que produce este milagro escénico. Nuria escogió este texto «porque más tarde no podría hacerlo». Complicada escritura llena de cosas hermosas dichas de manera que ya no existe. Lo mismo que Nuria cálida, desgarrada, hiriente y dolida, humillada y autoinmolada. El respetable enmudeció al final, tragó saliva, se dio un respiro y estalló en bravos poniéndose en pie. El delirio. Una hermosísima lección artística de la que sólo Nuria es capaz, repetían a su hija Alicia Moreno. «También me dijo que quería retomar su carrera de actor –reveló Montesinos–. Lo pretendía cuarenta años después de dejarlo. Era una doble muerte con Shakespeare testimoniando, vaya drama.