Atlético de Madrid

Doña Teresa

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Doña Teresa Rivero no fue la primera en presidir un club de fútbol. Hubo otras antes. Tal vez la primera dirigió el Sporting Mahonés y quien tuvo relevancia fue la del Lorca, quien contrataba como entrenador a su marido, el señor Manzaneque. Ambas pioneras rompieron moldes y mostraron conocimientos futbolísticos. Doña Teresa cayó bien porque se sentó en el palco del Rayo Vallecano, en representación de su marido, y su ingenuidad casi le hacía preguntar por qué se jugaba sólo en el verde y con un solo balón cuando había 22 jugadores en el campo. Caía bien dijera lo que dijera. Hasta se le perdonaba que llegara tarde a los partidos. Reunió tantos plácemes que hasta le dedicaron el estadio vallecano sin ser dueña, ni ostentar historial en el barrio y en el fútbol.

De pronto, casi como de acuerdo con la Ley de la Igualdad se la hombreó con Santiago Bernabéu y Vicente Calderón. Ahora, doña Teresa ya no es la simpática dirigente con que nos topamos hace unos años. Resbaló cuando acusó a los jugadores de no dar el do de pecho en el campo. Quedó como Cagancho en Murcia cuando le dijeron a la cara que el problema fundamental del club vallecano no estaba en el juego, sino en los dineros que adeuda a los futbolistas. A algunos desde hace más de un año.

Los jugadores que dirige José Ramón Sandoval, encima, son líderes en Segunda División y están potenciando al club con lo que su venta pueda acabar siendo rentable para la familia Ruiz-Mateos. Doña Teresa ya no tiene encanto. Los jugadores carecen de dinero. Afortunadamente, como no tenían posibles, no invirtieron en Nueva Rumasa.