De Paracuellos a los altares: la beatificación hoy en La Almudena

«No son víctimas de la guerra, son mártires de la persecución religiosa y los mataron por odio a la fe, porque no eran ni de un bando ni de otro, sino religiosos, de 18 a 26 años, que se preparaban para ir como misioneros a Argentina, Uruguay o Texas».

«Sabemos que nos matáis por católicos y religiosos, Os perdonamos de corazón. ¡Viva Cristo Rey!». Según un enterrador de Paracuellos así habló uno de los ejecutados del 28 de noviembre. Serviliano Riaño (30 años), Emiliano Prado (21 años).
«Sabemos que nos matáis por católicos y religiosos, Os perdonamos de corazón. ¡Viva Cristo Rey!». Según un enterrador de Paracuellos así habló uno de los ejecutados del 28 de noviembre. Serviliano Riaño (30 años), Emiliano Prado (21 años).

MADRID- Así describe Joaquín Martínez, el postulador general y antiguo superior en España de los Oblatos de María Inmaculada, lo que pasó en 1936 con 22 jóvenes de su congregación que fueron ejecutados, la mayoría de ellos en Paracuellos del Jarama (Madrid). La Iglesia proclama solemnemente hoy que son beatos en una ceremonia que empieza a las doce de la mañana en la Catedral de La Almudena, en Madrid, presidida por el cardenal Angelo Amato, Prefecto para la Causa de los Santos, acompañado del cardenal anfitrión, Antonio María Rouco Varela, el cardenal Antonio Cañizares, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, el Nuncio de Su Santidad, Renzo Fratini, y otros doce obispos y arzobispos españoles.

«No tenemos ni tumba de estos mártires, así que al cardenal Amato le enseñaremos el comedor donde los milicianos los encerraron, donde hoy seguimos comiendo nosotros, la misma sala que enseñamos a 1.300 jóvenes oblatos de todo el mundo cuando vinieron a la JMJ», explica el padre Martínez. Y es que los mártires eran, ante todo, jóvenes. «Felipe Díez, uno de los que sobrevivió, que murió hace 3 años, misionero en Argentina, explicaba que no sabían de política, que ni siquiera leían periodicos, ni tenían radio. En Pozuelo había 2.000 habitantes, sólo una parroquia, y en el barrio de La Estación, una capilla. Allí estaban los oblatos predicando, en catequesis, con una coral que iba a las parroquias de los pueblos... Eran el motor casi único de la fe de este entorno y eso molestaba. Vestían con sotana, fajín, con un gran Cristo, eran muy visibles, y los milicianos querían librarse de ellos. «Si blasfemais os soltamos, si renegáis sois libres», decían. Pero no hubo ni una apostasía. «Si no convencemos a los jovenes, con los mayores será inútil», dijo un carcelero. Y otro: «me da envidia su firmeza, quisiera ser como ellos». A los jóvenes del siglo XXI, tentados por tantas distracciones, esto les impresiona», añade Martínez. Hoy se cumplen 150 años de la muerte del San Eugenio de Mazenod, fundador de los oblatos, una familia a la que pertenecen 4.000 religiosos en todo el mundo, que miran a estos españoles hoy con admiración.