Riada «fashionista»

Quien invitó a esta fiesta se olvidó de limitar el aforo. Y así pasó. La masa se apoderó de la Milla de Oro y pudo con ella. La Noche de la Moda, que por tercera vez convocó Vogue en Madrid, derrochó personal que se paseaba en busca de regalos y bebidas gratis.

La calle Ortega y Gasset se cerró al tráfico para abrirse a las miles de personas que participaron en la Noche de la Moda
La calle Ortega y Gasset se cerró al tráfico para abrirse a las miles de personas que participaron en la Noche de la Moda

Como los globos de Pandora, que coparon el cielo de Madrid. Alguna que otra bolsa de compra nocturna, pero poca, la verdad. Y eso que firmas como Custo Barcelona, Tous o Hoss Intropia ofrecían descuentos y regalos hasta donde alcanzaba la vista en sus tiendas.

Entre el personal, hubo exceso de betún de judea en muchos de los que se dejaron ver ayer por Serrano, algo escasos de sol marbellí –que la crisis no da para más de cuatro días en media pensión–. Y mientras Mario Vaquerizo, la celebrity del momento, ejercía de Dj sin su «Olvi» –Alaska en cristiano–, en el photocall se paseaban clásicos como Beatriz de Orleans que nunca da un traspiés en su estilismo, impecables como Jaime Cantizano y carne de boda otoñal como Darek y Susana Uribarri –two points-. Todos posaban, sonreían a los flashes, declaraban al foro mediático su plan para la noche y marchaban a buscar alguna fiesta privada de la que escapar del gentío. Como la de Missoni, donde ni la Prensa tenía hueco. Que aprenda de la jornada de puertas abiertas de Chanel o Armani, que se dejan querer aunque el parné no dé ni para un llavero.

Y cuando el veto amenazaba con amargar la noche, llegó ella. Y se llevó el griterío de la noche. Aquellos que auguraban una muerte temprana del «lomanismo» se precipitaron. Carmen Lomana apenas podía caminar por Ortega Y Gasset. «Una foto Carmen, que soy fan», comenta la chiquillería. Y Lomana se deja querer y tocar. Una hora de reloj le llevó caminar de la carpa oficial a El Corte Inglés, donde le aguardaban sus joyas. Las de la corona no, las de Dijous que ella misma diseña. Y como en Madrid hay sitio para todos, Nati Abascal se dejó caer por Scalpers, que por algo es la madre del dueño del cortijo. Por allí corrían las Heineken en versión Medina que daba gusto. Y aunque al Duque de Feria no se le vio, sus clones hacían sentir a la musa de Oscar de la Renta como en casa y daban fe de la buena sastrería de la firma.

A la salida, de nuevo la masa. «Es reflejo de que la gente necesita animarse. Somos un país con ganas y con fuerza, la única fórmula para salir de ésta es trabajar, vivir con ilusión. Es mi mensaje para cada día», comenta Roberto Verino, que ejerció de anfitrión en su tienda y atendía a sus clientas de tú a tú, encantadas con aquel que abrirá el viernes 16 una nueva edición de Cibeles. Con la misma mirada optimista se vio a Imanol Arias. Claro, que él tenía a su lado a Irene Meritxell, su novia, con la que disfrutó del flamenco y el catering de Monico que ofreció Rosa Clará en su atelier. «Aquí no me puedo comprar nada», bromeaba el actor ante su chica, que con la prudencia de la que hace gala, no hizo comentario alguno sobre el porqué perderse en una tienda de vestido de mujeres casaderas. En la puerta, una vez más, imposible identificar a nadie más. Como buscar una aguja –de costura, eso sí-, en un pajar.