Balón de Oro

El «efecto Prozac»

Habrá que darle la razón a ese Jorge Bucay del fútbol que responde al nombre de Jorge Valdano, para convenir que sí, el fútbol es un estado de ánimo. Muchos se levantaron ayer rascándose los ojos con virulencia para convencerse de que no, no había sido un sueño. ¡Éramos campeones del mundo!

La Razón
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Con lo cual se salió de casa con la sonrisa puesta, el cuerpo descompuesto y una sensación colectiva de que merece la pena ser español, aunque sólo sea para presumir de que se tiene la misma denominación de origen que Casillas, Xavi o Xabi Alonso. Los autobuses de la EMT seguían circulando con la bandera de España bien visible, en la ventana del conductor. El de la línea 34 que pasó a las 10:30 lucía orgullosa la rojigualda. Eso sí, nunca falta el típico aguafiestas que, por hacerse el gracioso, aunque maldita la gracia que tiene, le espetó al conductor: «Oye, quítala que ya ha terminado el Mundial». La respuesta, sin mirarle a la cara, del que conducía fue tan seca como contundente: «Sí, el Mundial ha terminado, pero la alegría no». Y tenía razón, porque ayer se iba al destino de cada cual más contento de lo normal. La vista aún no se acostumbraba a la fotografía de Casillas alzando la Copa del Mundo. De ahí, que muchos viajeros miraran el periódico como si fuese la primera vez que lo veían, entre una mezcla de asombro y curiosidad como si se acabasen de encontrar con un extraterrestre. Dos hombres repasaban mentalmente el partido y juraban en holandés contra los «oranje». «La patada en el pecho a Xabi Alonso era para mandarle a la calle a ese Van, Van, ¡Van como se llame, pero que no se acerque por España en varias décadas. Nos hemos quedado con su cara», decía uno de ellos, que seguía portando la camiseta oficial de la selección. «Pero recién planchada, ¿eh?, que en cuanto llegué a casa ayer, la lavé y la tendí». Había que creérselo a medias porque lucía un lamparón respetable. «Me echaron mostaza encima, la llevaré al tinte», afirmó. Para los quiosqueros también fue un gran día. Les quitaban los periódicos de las manos. Mi quiosquera habitual me comentaba asombrada que un hombre se había llevado todos los periódicos, los deportivos y generalistas, «para enmarcar las portadas... ¡Pero si todas son iguales!». O no, cuestión de matices. Ya en el metro más de lo mismo. Las pantallas no dejaban de emitir el gol de Iniesta y la gente no podía por menos que sonreír y también bostezar, aunque el bostezo se quedaba en un amago cuando veían a Casillas llorar. Esa emoción despereza a cualquiera. La alegría se traducía en la cantidad de bebidas isotónicas que portaban los viajeros y bebían con avidez para aliviar la resaca. «Es que ayer me bebí hasta el agua de los jarrones», comentaba un joven, que ya se estaba preparando para recibirlos en la Gran Vía por la tarde. «He dormido sólo dos horas, pero, ¿merecía la pena, no?». El rojo inundaba los vagones hasta situaciones inauditas como la de un hombre con traje que, cual Superman, llevaba la camiseta de «La Roja», debajo de una camisa azul. «En cuanto vuelva a la oficina de visitar a mis clientes, me quito la camisa para lucir el 7 de Villa», comentó.Madrid era feliz, no estaba exultante, había que reponer fuerzas, pero tenía una felicidad serena, más bien calmada después de tanto bullicio. Las únicas que se mantenían en su sitio eran las banderas en los balcones. Orgullosas de haber salido de un armario al que nunca más volverán a entrar.