Recuerdos de un viaje a Argel

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Mi lazarillo argelino en aquel invierno de 1994 trabajaba para una agencia de noticias extranjera, había militado en el Partido Comunista y bebía el vino de su tierra con absoluta paz. Eran días de terror en Argel, por lo que, sabedor de que las agendas las carga el diablo, ni siquiera anoté su nombre. Pero si lee ésto, recordará a aquella mujer desconocida, vestida con una minifalda roja y el pelo negro largo sobre los hombros, que cruzó la Plaza de Correos con la cabeza bien alta. Y recordará las miradas de admiración de los transeúntes, para nada lascivas, y el comentario: «Mira por dónde, una minifalda puede ser la libertad».

Ley islámica, arabización y califato
Mi amigo argelino tenía dos hijas adolescentes, educadas en la igualdad y el esfuerzo, y temía por ellas, por un futuro de chadores y discriminación. También, claro, por su vida. Todavía no habíamos llegado a los horrores que jalonarían de sangre la revuelta islamista durante los siguientes diez años, pero menudeaban los asesinatos de mujeres que se negaban a velar su rostro y, en los campos, se habían incendiado 600 escuelas femeninas. Ya sólo quedaba una librería digna de ese nombre en Argel, propiedad de un emigrante español, Joaquín Grau, al que asesinarían menos de un mes después; y, suprema esquizofrenia, las dependientas de las tiendas de cosméticos se cubrían de los pies a la cabeza.

La historia es conocida. Tras las revueltas sociales de 1988, el régimen argelino llevó a cabo un proceso de apertura política de la mano de Chadli Benyedid. Los islamistas del Frente Islámico de Salvación (FIS), que habían respaldado las protestas, ganaron las elecciones locales de 1990 y repitieron triunfo aplastante en la primera vuelta de las parlamentarias del año siguiente: 189 diputados, frente a 40 del resto de los partidos. El FIS había dejado claro cuál iba a ser su política: sharia, arabización y califato. El Ejército dio el golpe, suspendió la segunda vuelta de las elecciones y en Occidente, se consideró un mal necesario birlarles las elecciones. Se recurrió mucho al símil de la victoria electoral de Hitler en 1933 y esas cosas.

La rebelión desembocó en un baño de sangre indescriptible, con aldeas enteras pasadas a cuchillo, mujeres violadas y degolladas a miles, bombazos indiscriminados en las playas atestadas, torturas y destrucción. Nunca se conocerán las cifras de bajas, pero no fueron menos de 100.000.

La guerra la perdieron los islamistas, hoy reducidos al terrorismo y englobados bajo las siglas de Al Qaeda para el Magreb (AQPM), y la perdieron porque la sociedad civil argelina descubrió muy pronto lo que se escondía detrás de aquellas palabras, «sharía, arabización y califato», y se opuso. Si hay un episodio emblemático es el del cantante bereber Lunes Matub defendiéndose, AK-47 en mano, de sus asesinos. Pudo disparar un cargador entero; le alcanzaron mientras recargaba.

La semana pasada, los islamistas ganaron limpiamente en Túnez; el viernes lo hicieron en Marruecos y, si nada lo impide, mañana vencerán en Egipto. En la Argelia de los años noventa, el latiguillo «moderado» era de imposible aplicación, pero, hoy, escaldados, ambos bandos prometen democracia, libertad y progreso. Y si algún líder de barbas largas habla de establecer la «saharia» como norma institucional, se le aparta discretamente de la primera línea.

Ayer mismo, Abul Futuh, el «tapado» islamista para la Presidencia de Egipto, explicaba su ideario a Mohamed Siali, corresponsal de Efe en El Cairo. Desde luego, suena bien: «Respeto a las libertades individuales, la libertad de creencia y de religión, la libertad de expresión, el respeto a la dignidad humana y el rechazo a cualquier intento de marginar a la mujer en las sociedades de Oriente Medio».

Todo, pues, son gestos de apaciguamiento desde los movimientos islamistas, que no sólo conocen el complejo terreno que pisan, sino que tienen muy presente el precedente argelino. Y Occidente, sin demasiadas opciones, prefiere creer en que se impondrá el modelo turco, aunque los cristianos coptos, siriacos y caldeos no opinen, precisamente, lo mismo.



Mejor con gasolina

En Mali se ha producido otra vez un secuestro múltiple de extranjeros a plena luz del día y en una de las avenidas más transitadas de Tombuctú, un alemán, que se resistió, fue asesinado. Los delincuentes, se cree que son islamistas de Al Qaeda, consiguieron escapar, como siempre, a la briosa persecución del Ejército maliense. Aunque los periodistas estamos hechos a todo, hay excusas que son de traca: «Los terroristas van en toyotas de gasolina. Los nuestros, de gasóleo y, claro, ellos corren más».



Congo: esta vez, las elecciones se las pagan ellos

La República Democrática del Congo celebra mañana sus segundas elecciones democráticas en cuarenta años. Esta vez, todo el proceso ha sido sufragado con los presupuestos del Estado, sin un duro de ayuda exterior. La campaña ha sido relativamente tranquila, con sólo medio centenar de muertos. Se presentan 267 partidos, algunos apoyados sin rubor por países como Uganda o Ruanda. Probablemente, ganará Joseph Kabila, el actual presidente. Su principal opositor, el veterano Etienne Tshisekedi, ya ha dicho que no aceptará el resultado.