Ni pan ni circo

La Razón
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Ni siquiera los más optimistas esperan que la economía mundial, y por lo tanto tampoco la nuestra, se estabilice en un plazo que hay que medir en años. No es ninguna primicia afirmar que en España existen peculiaridades que agravan, aún más, la situación. El desempleo y una deuda descomunal tanto de las administraciones públicas como de los particulares nos colocan en el furgón de cola de un tren que tardará mucho tiempo aún en salir del túnel. Llevamos tres años oyendo hablar de la burbuja inmobiliaria como una de las causas principales de nuestra postración económica, pero no es la única burbuja que existe en España. Estamos asistiendo ahora mismo a un espectáculo de filibusterismo encabezado por la Liga de Fútbol Profesional que agrupa a los clubes, que, al parecer, no entienden de crisis pero, eso sí, están endeudados hasta las cejas y siguen en una carrera enloquecida de fichajes multimillonarios pensando que podrán exprimir la teta escuálida de las televisiones que han hecho del fútbol su principal seña de identidad, indefinidamente. De esta manera la enorme burbuja artificial del negocio de la pelotita puede estallar en cualquier momento dejándonos sin circo, después de los tres años que llevamos sin pan. En su enloquecida huida hacia delante, tanto los clubes como los tenedores de los derechos de imagen pretenden ahora robarle la cartera a las cadenas de radio, que, en este país, jamás han pagado por entrar en los campos con sus equipos técnicos para informar. Durante muchísimos años las emisoras hemos corrido con los gastos de las cabinas de retransmisión, como era lo lógico, a pesar de que los clubes, en no pocos casos, las han colocado en lugares donde hay que seguir el partido con prismáticos, y en condiciones más cercanas a cochiqueras que a locales decentes. Pero como en el fútbol español, en la llamada mejor liga del mundo, se ha gastado y se sigue gastando lo que no había, y en el cajón del pan no hay más que telarañas y pagarés del monopoly, hay que intentar sacar dinero de debajo de las piedras para seguir con la ficción de que la crisis afecta a todo bicho viviente menos a tanto jeta y tanto especulador que viven del cuento y, además, bastante bien. El chicle ya no se puede estirar más y, desde luego, no a cuenta de las radios, que tienen el derecho a informar y cuya presencia en los estadios no afecta para nada a los derechos de imagen. Bien al contrario. Si no fuese por las radios, que animan y motivan a los aficionados, los estadios estarían vacíos. Ahora que se lleva tanto eso de imponer por ley el techo de gasto, el próximo Gobierno que salga de las urnas debería meterle mano a tanta golfada y tanto descontrol que puede obligarnos a terminar también entre todos los españoles pagando la quiebra, no ya de los clubes, que muchos de ellos ya están quebrados de hecho, sino de la locura de unas televisiones con el agua al cuello, y no me refiero sólo a las públicas. Ya lo avisó Felipe González a finales de los años 80. Al final, habrá que crear una UVI de teles.