Por qué odiamos el fútbol

Vivir al margen del deporte rey, despreciarlo y hacerlo en público es una extraña forma de resistencia social. Cada vez son menos, pero sus argumentos son despiadados

Para el filósofo Salvador Pániker el fútbol es una forma de conseguir una «identidad colectiva»
Para el filósofo Salvador Pániker el fútbol es una forma de conseguir una «identidad colectiva»

«Me he propuesto no enterarme de nada sobre el Mundial. Ni siquiera veo la tele y sólo me llegan los ecos de los goles cuando los parroquianos del bar gritan como posesos». Habla Fernando Marías, reciente ganador del premio Primavera de Novela. «El fútbol es el espectáculo más masivo del mundo, pero me importa un rábano. No conozco ni uno solo de los nombres de los jugadores de la selección. No desprecio el fútbol, pero he descubierto que se vive muy bien sin saber contra quién juega España. Y mi vida sexual no ha cambiado por ello».Marías es uno de los muchos que opinan que el fútbol es «vanitas vanitatis»: mercantilismo, culto al dios bíblico Mamón (el del parné), acaparamiento informativo… La suya es una de las pocas voces que se atreven a arremeter contra un deporte sacrosanto: «De niño jugaba al fútbol, pero una vez me dieron un balonazo en la nuca. Puede que mi psicoanalista me diga que ahí está el origen de mi pasotismo del Mundial». La voz de los que pasan del fútbol se oye sutilmente bajo la marea de rugidos de los estadios. «No voy a degradar el fútbol, pero para mí es una actividad deportiva equiparable a las carreras de galgos», asegura el profesor e historiador del cine Román Gubern, que sólo jugó en la infancia. El filósofo Salvador Pániker también pasa del Mundial: «De niño, sólo jugaba al fútbol de botones. Mi contrincante era el líder del socialismo catalán, Joan Reventós. Después perdí el interés». El escritor Fernando Sánchez Dragó fue socio del Real Madrid hasta los 17 años, pero hoy piensa que «los adultos aficionados a ese deporte –a verlo, no a practicarlo– son personas que no han crecido. Adolescentes perpetuos, como lo son hoy casi todos los seres humanos. Vivimos en un mundo infantil. Basta encender la tele o ver lo que, excepciones aparte, se lee para comprobarlo». Marías, Dragó, Gubern y Pániker no seguirán a la selección. Mientras, el grueso de nuestra «intelligentsia» hará todo lo contrario. Escritores como el desaparecido Manuel Vázquez Montalbán, Jesús Villoro o Javier Marías, para quien el fútbol «es la recuperación semanal de la infancia», contribuyeron a elevar este deporte a la categoría de espectáculo culto y hoy se habla del fútbol como de la «religión contemporánea», una religión depauperada y sin rumbo que cuenta con un poder laico –O Rei Pelé–, un Dios autocrucificado –Maradona–, un Espíritu santo –la FIFA–, profetas agoreros –árbitros, jueces de línea– y, por supuesto, unos hinchas que se comportan como devotos feligreses, así como unos cuantos presidentes de club adictos al Becerro de Oro. Izquierda de masas«Antes, el fútbol era denostado en ambientes cultos; ahora, en cambio, hay muchos intelectuales que presumen de sus colores», asegura Román Gubern. «Vivimos una epidemia de futbolfilia. Muchos creíamos que la rivalidad entre el Madrid y el Barça era un sucedáneo de las dos Españas: ya que no había partidos políticos, al menos había partidos de fútbol. Pero un día, con la Democracia, nos despertamos y el fútbol aún seguía ahí…». Para Sánchez Dragó, este cambio de actitud responde a que «casi todos los intelectuales son ahora animalillos domésticos y apesebrados». Además, «antes se identificaba, estúpidamente, el fútbol con el franquismo, de igual modo que ahora se identifican, estúpidamente, los toros con la derecha». Gubern añade que la pasión de muchos intelectuales por el fútbol forma parte de un esnobismo generalizado: «Se le ha dado un estatus sofisticado, como también ha pasado con la cocina, que de la noche a la mañana ha pasado de actividad plebeya a convertirse en un arte exquisito». Salvador Pániker se muestra de acuerdo con Gubern: «¿Fútbol? ¡Panem et circenses! Es un negocio desmesurado y aborregante. En él se descansa de las ocupaciones del día, pero también es un lugar donde conseguirse una identidad colectiva: esta adhesión a un equipo es una necesidad antropológica. Poderte enajenar es un descanso ontológico, y los intelectuales han encontrado su coartada al culturizar el fútbol, con lo que además aparentan democratizarse».En cuanto a las bastardías identitarias que fomenta el balón, Pániker asegura que «el fútbol absolutiza la identidad colectiva, pero sirve a todos porque se trata de un absolutismo menos sospechoso que los grandes metarrelatos como la patria o la nación». Sánchez Dragó añade que eventos como el Mundial fomentan el peor nacionalismo: «Yo diría incluso que el Mundial es un precursor del terrorismo».Ya que tocamos la patria, entre los pecados capitales del fútbol también hallamos lo que los monjes medievales definían como acidia: la idiocia, la anomia, el gregarismo… «El fútbol fomenta el espíritu de equipo –gregario siempre– frente al individualismo», continúa Sánchez Dragó. «Por eso gusta tanto a la izquierda, que denosta, en cambio, el boxeo o el toreo, en los que el hombre lucha a solas. Ahí sí que hay valores. Pero de a uno». Para Fernando Marías, «el aborregamiento del fútbol es evidente. Recelo cuando veo que todos se visten igual y gritan las mismas consignas enclaustradas y obsoletas. La psicología de masas del fascismo juega un papel en toda esa agitación. Aunque lo más molesto es el ruido: mi partido ideal sería en blanco y negro, en "fast-forward"y con Chaplin entre los jugadores». Román Gubern también cree que el fútbol genera gregarismo: «Como toda forma de enfangamiento y empecinamiento, aquello que te vuelve acrítico hace que quedes en manos de tus pasiones, que acaban por dominarte». Llegados a este punto, cabe preguntarse si el fútbol posee algún tipo de erotismo. «Es una amalgama de criptovalores estéticos, financieros, etológicos, culturales y hasta sexuales», responde Gubern, «una danza coreográfica que remite al atletismo griego». En la conversión del deporte rey en una forma de arte de la modernidad, «tuvo mucho que ver el cine filonazi de Leni Riefenstahl, que precisamente se dedicó a recuperar la estética griega». Por todo ello, este estudioso de los medios de comunicación de masas concluye en que el fútbol es subliminalmente erótico. «Pero antes era una pasión exclusivamente masculina, mientras que ahora lo veo como una pasión más femenina: hace poco, una fan decía en televisión que estaba enamorada del portero del Barça, y que si pudiera se metería en la ducha con él. Los gays también pueden sentirse cachondos con el fútbol, ya que se trata de un espectáculo homoerótico. La prueba es que el fútbol femenino no le interesa a nadie: es un deporte de culto a la virilidad».Gana quien más tieneAl menos, el fútbol fomentará algún tipo de valor, como la deportividad, el «fair play»… «En el deporte competitivo nunca hay valores», sostiene Sánchez Dragó. «El verdadero deporte es el que se practica sin adversarios. La rivalidad está reñida con la ética. Es sólo un negocio y, por supuesto, un espectáculo tedioso, repetitivo, pueril y, a menudo, dañino». «¿Qué valores?», se pregunta Fernando Marías. «El fútbol mueve un dineral que debería ser destinado a otro tipo de cosas más útiles». Pániker asegura que los valores se pierden definitivamente cuando «triunfa el elemento empresarial y la única moral es la del dinero». «Gana el equipo que tiene más dólares», afirma Gubern, «y hoy más aún, cuando el elemento "bussiness"ha dejado de ser negativo: participar de la gran economía homologa al fútbol con los grandes movimientos especulativos de Wall Street». La escritora Lucía Etxebarria tercia en el debate para establecer una separación entre el «fair play» del mercantilismo. «A mí me gusta el fútbol, me gusta de verdad. Lo que no me gusta son las corruptelas y chanchullos que mueve el fútbol como espectáculo. Los clubes más poderosos del Mundo se han convertido en grandes multinacionales, pero mientras tanto las ligas suramericanas, el fútbol africano y el asiático sufren del éxodo de sus jugadores y de la falta de ingresos por parte de la televisión». Para ratificar su acusación, ofrece cifras concretas: «Los ingresos de los cuatro clubes más ricos sumaron el año pasado 803.2 millones, más del doble que el PIB de Dominica (378 millones). Y ya, cuando leo que el presidente del Atlético de Madrid paga 100 euros a Hacienda por año, claro, alucino». Ante una sociedad entregada en cuerpo y alma al Mundial de Fútbol, ¿se puede luchar contra el fútbol? «Pues no», responde Sánchez Dragó. «De la misma manera y por los mismos motivos por lo que ya no cabe hacer nada frente a la rebelión de la chusma». ¿Y huir del Mundial? «Eso sí. Yo lo hago. Consigo no enterarme de nada que se refiera al fútbol. Mis ojos no lo ven ni mis oídos escuchan las noticias que hablan de él. Cuestión de práctica, de voluntad, de control de la conciencia y de saber saltarse las páginas de los periódicos o zapear a tiempo». Fernando Marías aún tiene una receta más bizarra para luchar contra el fútbol: «He comenzado a crear un Mundial alternativo en mi imaginación con unas reglas surrealistas. De momento, estoy tratando de difundir el bulo de que el Mundial ya ha terminado, con victoria de Paraguay».10 motivos para vivir al margen1. «Vanitas vanitatis»: el fútbol ensalza la vanidad y la competitividad. 2. Narcisismo y actitud «light»: no hay más que ver el amor por el «glamour» de futbolistas como Beckham.3. Mercantilismo: es un deporte al que sólo le interesa el lucro. 4. Gangsterismo: desde la FIFA hasta los escándalos de apuestas, la corrupción en el mundo del fútbol se ha generalizado. 5. Esoterismo: el fútbol se ha convertido en una forma de religión depauperada. 6. Borreguismo: el fútbol fomenta la masificación, la idiocia y el gregarismo. 7. «Hooliganismo»: la brutalidad y la violencia campan por los estadios. 8. Fanatismo: nacionalismo, fascismo y racismo encuentran una coartada para expresarse en el fútbol. 9 Politiqueo: vivales del mundo de la empresa o simples ambiciosos aprovecharon el fútbol para encumbrarse en la política.10. Ruido: ¡nos gusta el silencio, queremos vivir en paz! ¡Y sin vuvuzelas!