Historia

Llamadme Lana por César VIDAL

Era la hija de Stalin, el mayor genocida europeo, y una de sus víctimas. Ha muerto, con 85 años, en Wisconsin. Se llamaba Svetlana. 

Una de las últimas fotos, en Wisconsin, de Lana Peters o Svetlana Alliluyeva, la hija de Stalin
Una de las últimas fotos, en Wisconsin, de Lana Peters o Svetlana Alliluyeva, la hija de Stalin

Nació el 28 de febrero de 1926, cuando aún no se había cumplido una década del golpe de estado bolchevique de octubre de 1917. A pesar de que el país apenas acababa de emerger de una terrible guerra civil –la peor guerra civil europea en todo el siglo XX–, Svetlana no padeció sus secuelas por la sencilla razón de que su padre era Stalin.

Con tan sólo seis años, perdió a su madre Nadezhda. Se le diría que había muerto de una apendicitis, pero la realidad era que la mujer de Stalin se había suicidado tras una celebración en el Kremlin.

Hija de viejos bolcheviques, no podía soportar la manera en que los viejos ideales revolucionarios habían dado lugar a una Nomenklatura despiadada que ya estaba enviado al Gulag a millones de personas. A diferencia de sus dos hermanos mayores, a los que Stalin aborrecía –uno de ellos acabaría convertido en alcohólico y otro en un campo de concentración nazi–, Svetlana creció como una niña mimada en una época escalofriante.

Fue posiblemente la consciencia de que nada se podía oponer a la «princesita del Kremlin», cuyo nombre llevaban millones de niñas soviéticas, lo que la llevó a coquetear a los dieciséis años con el director de cine Aleksei Kapler.

Él tenía cuarenta años y quizá pensó que aquella relación lo ayudaría en su carrera. Lo pagó con diez años en Siberia y suerte tuvo de no acabar ante un pelotón. Pero Svetlana no aprendió. Es más, posiblemente, llegó a la conclusión de que enfrentarse a su padre era una manera de autoafirmarse.

Al año siguiente, un estudiante llamado Grigori Morozov pidió su mano. Stalin –que, a la sazón, había causado la muerte de diez millones de ucranianos aunque todavía no el Gran Terror– aceptó ceder al capricho de su hija, pero a condición de no conocer a su yerno. En 1945, mientras el Ejército Rojo ocupaba media Europa, la pareja tuvo un hijo al que pusieron el nombre del dictador. Se divorciaron dos años después.

En 1949, Svetlana se casó con Yuri Zhdanov, hijo de Andrei Zhdanov, uno de los miembros más relevantes de la Nomenklatura, pero el matrimonio –que tuvo una hija– también acabó en divorcio. A la muerte de Stalin, Svetlana perdió sus privilegios y se convirtió en una prisionera del régimen.

Quiso casarse con un estudiante indio afincado en la India, pero se le negó la autorización. Sólo en 1967, cuando el joven murió, logró permiso para acompañar sus cenizas a la India. Svetlana aprovechó la oportunidad para pedir asilo político en la embajada de Estados Unidos en Nueva Delhi. Su acogida en Estados Unidos fue espectacular.

Huída a Estados Unidos

Svetlana no sólo denunció al régimen soviético como corrupto y al KGB como una organización semejante a la Gestapo, sino que quemó su pasaporte en público e incluso comenzó a asistir a una iglesia evangélica. Sus memorias –que se publicaron en medio mundo– fueron un verdadero «best seller».

Todo parecía sonreírle, hasta el punto de que en 1970 contrajo matrimonio con W. W. Peters, un discípulo del arquitecto Frank Lloyd Wright. Svetlana se había convertido en Lana Peters, pero el matrimonio no duró. Y entonces, en 1984, decidió regresar a la URSS para ver a unos hijos a los que había dejado casi dos décadas antes.

El KGB la utilizó para atacar a la CIA, pero la acogida fue fría. Tanto, que en 1986, Svetlana había regresado a Estados Unidos y retomado sus invectivas anti-soviéticas. No tendría mejor opinión de su antiguo país con la llegada al poder de Putin.

Insistía en no utilizar el ruso, en hablar sólo en inglés y en decir que aquel al que denominaba «antiguo espía» no pasaba de ser un dictador. En sus últimos tiempos parecía haber encontrado un cierto sosiego en una cabaña aislada. Quizá el suficiente para morir en paz.