Bilbao

Libios y vascos

La Razón
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El Boletín Oficial del Estado, con fecha 15 de septiembre de 1974, publicó una disposición que contribuyó de manera muy negativa a la enajenación mental de los leguleyos del momento. «Orden por la que se regula la exportación de un matrimonio que dos ó tres veces garrofa, garrofín y goma de garrofón». Esta disposición del BOE fue registrada por Eduardo Ruiz de Velasco, gran compilador junto a Evaristo Acevedo, de las erratas de prensa del Reino de España. El texto referido a la Orden oficial anima a la menestra cerebral. Regular la exportación de un matrimonio, aunque fuera en pleno franquismo, entra de lleno en los espacios del abuso. Pero hacerlo «que dos ó tres veces garrofa, garrofín y goma de garrofón» resulta de imposible cumplimiento. Llevo más de treinta años intentando interpretar el sentido de la disposición y sigo como el primer día. Sometido a la negrura de la comprensión.
Y hete aquí que el «Lehendakari» del Gobierno vasco, Pachi López, se ha adornado con un pensamiento que puede llevarme hacia el mismo camino que el BOE. «Los vascos también somos libios buscando la libertad». La frase precisa de un análisis desapasionado y riguroso. En primer lugar, los vascos ya tienen todas las libertades habidas y por haber. Otra cosa es que algunos de ellos hayan confundido la libertad plena con la libertad de matar a la gente, y en ese caso, no hay que buscar la libertad sino la justicia. El nacionalismo vasco y sus originales planteamientos de Sabino Arana, que aún no han sido rechazados por sus seguidores de hoy, no admitiría el establecimiento de comparaciones entre los vascos y los libios. Si rechazaba a los alaveses por considerarlos «casi burgaleses», lo de los libios queda fatal. El nacionalismo es racista, y si considera un insulto que un vasco-español sea comparado con otro español –el humilde maqueto inmigrante como los antepasados de Pachi López–, no quiero ni pensar en su reacción al ser equiparado a un árabe. Los vascos no son nada libios. Los libios buscan su libertad, y los vascos, por españoles, la tienen. Los libios se han levantado contra un tirano asesino, y los vascos, cada cuatro años, tienen la oportunidad de elegir a sus gobernantes, siempre que éstos acrediten que no comparten la dulzura del terrorismo. Los vascos, por españoles, son libres de moverse por todo el mundo, y establecerse allí donde les salga del güito. Los vascos pueden ser lo que quieran. Banqueros, empresarios, políticos, restauradores, agricultores, ganaderos, cantores de orfeón o remeros de traineras. En Libia, los banqueros, empresarios y políticos sólo lo podían ser los familiares y amigos de Gadafi, y allí no hay orfeones ni regatas de traineras. Entre el nivel de vida de un vasco y un libio se establece el mismo trecho intelectual que entre Ortega y Gasset y Sabino Arana, por poner el ejemplo de dos personas fallecidas para que nadie se enfade. Los vascos, por españoles –aunque Zapatero se empecine en lo contrario– pertenecen y pertenecemos al mundo libre, desarrollado, democrático y abastecido. Los libios no. Y cuando maten a Gadafi –que lo harán–, tampoco lo conseguirán porque otro Gadafi aparecerá por el horizonte. Los vascos no son musulmanes, sino cristianos y mayoritariamente católicos. Hubo una época en que había más sacerdotes vascos que seguidores del Athletic de Bilbao. Los vascos nunca han manifestado su deseo de ser libios. Los vascos no saben montar sobre camellos, y menos aún, en dromedario. Y el resumen de la frase de Pachi López no puede ser otro que el que sigue. Todo el mundo tiene derecho a soltar de cuando en cuando una gilipollez.