Paellas de avispas

 
 

La paella es el recipiente, lo sé. Pero ya se ha generalizado el uso de la voz «paella» como referente al arroz valenciano o alicantino. Nada sienta peor en verano que una paella, y más si se compone de arroz y mariscos, y más si se ingiere en un chiringuito abrasador junto al mar, y más si hay niños que molestan jugando entre las mesas del chiringo figurado. Pero nadie ha reparado en una terrorífica realidad. Las paellas más peligrosas son las que se cocinan en las montañas por senderistas, ciclistas de bicicleta de montaña o acampados en parques naturales, autonómicos o nacionales. Se han dado devastadores incendios por su culpa, y centenares de miles de hectáreas de bosques han ardido en España en los últimos años por culpa de las paellas y las barbacoas ante el silencio de los ecologistas sandías y coñazos. Y tiene una explicación. Ellos son los que condimentan las paellas y organizan sus barbacoas en los valles y las montañas.

Paellas que hay que comer frenéticamente y a toda prisa, porque a los pocos minutos se convierten en paellas de avispas. Si hay exceso de azafrán en el arroz preparado, también se unen las moscas, tábanos y moscardones. Pero el visitante fundamental a la paella montañera es la avispa común. Y siempre hay un niño que se come una avispa, con las molestias que conlleva tan desagradable ingestión.

Para impedir que las avispas se posen en la paella, se confundan con los granos de arroz o productos añadidos y pasen seguidamente a horadar con su aguijón el paladar de cualquier comensal –también los adultos sufren de sus picaduras–, es imprescindible llevar a la motaña un ventilador a pilas por excursionista. Diez senderistas, diez ventiladores. Cien excursionistas, cien ventiladores. Los hay que se adaptan perfectamente a la parte frontal de las gorras, que ésa es otra, la insolación que todo día de montaña procura.

Por todo ello, se recomienda renunciar a los supuestos placeres que ofrecen los senderos, los caminos de montaña para cubrir en bicicleta adecuada y las acampadas –por muy culta que sea la conversación de los acampados y aunque todos ellos hayan leído el «Ulises» de Joyce–, para impedir el acoso de las avispas a las paellas y barbacoas, y con el fin de mantener sin llamas devoradoras los árboles de nuestros bosques. De persistir en el empeño, lo conveniente es buscar prados ribereños o inmediatos a los lagos que forman los glaciares montañosos. Atacan las avispas y todos al agua. La congelación es más dulce y llevadera que la hinchazón dolorosa y desproporcionada que las avispas originan en el organismo humano. ¿De acuerdo? Pues eso.