De tal palo por Lluís Fernández

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Si a María Isbert, una de las grandes cómicas del cine y el teatro español contemporáneos, hubiera que reconocerle su magisterio por la calidad artística de sus películas apenas si encontraríamos tres títulos de verdadera enjundia: «El pisito» (1960), «Viridiana» (1961) y «El verdugo» (1963), en las que interpretó papeles más que secundarios. Con más de 300 películas, multitud de obras de teatro, desde su debut con su padre, Pepe Isbert, en «Nuestra Natacha», en 1937, y un sinnúmero de colaboraciones televisivas, María Isbert fue una de las actrices cómicas más queridas y respetadas de la profesión. Su inclusión en un reparto era garantía de éxito popular.

María Isbert pertenece a la vieja estirpe de las geniales damas del teatro y el cine español, encabezadas por Guadalupe Muñoz Sampedro, Julia Caba Alba, Isabel Garcés, Mari Carmen Prendes, Rafaela Aparicio, Aurora Redondo y Mary Santpere. Muchas de ellas figuras centrales de las sagas de actores que han configurado la escena española como una gran familia. España ha proporcionado a la escena patria geniales actores y actrices de reparto, cuyo físico, no muy agraciado, los empujaron a la comedia y a protagonizar colectivamente lo mejor y lo peor del cine español.

«A mí, por ejemplo, me ha merecido la pena no ser guapa porque había tantos papeles de secundaria que he trabajado en más de 300 películas con mis papeluchos», confesaba en una entrevista. Además, la Isbert era parte fundamental de otra de esas sagas que unen el ayer del cine español con el presente. Su padre, Pepe Isbert, es uno de los mayores actores del cine español y ella una magistral intérprete y madre del actor Tony Isbert. Fueron tantos los papeles que protagonizó en las comedias en blanco y negro de la posguerra, en el cine en color del desarrollismo y el destape de la Transición que resulta fácil encasillarla en el papel de chacha o maruja respondona y metete, de pelo alborotado y ojos abiertos y desafiantes pero siempre con un aire triste, conmovedor.

Una actriz que robaba el protagonista a sus compañeros de reparto sin apenas notarlo en los pocos minutos que le dejaban los directores. Cada vez que aparecía, la cámara se detenía, apenas un instante, para celebrar su singular fotogenia y lamentar las pocas veces que tuvo la oportunidad de demostrar lo gran actriz que era. Como hizo en el teatro y en películas tan dispares como «Amanece que no es poco» (1989), «La gran aventura de Mortadelo y Filemón» (2003) y en el corto «Envejece conmigo» (2005), de Alberto Moreno, en el que lograba una de sus mejores caracterizaciones en un papel de viejecita que encara, sin diálogo, la recta final de su vida.