Córdoba

Demasiados malos corazones

La Razón
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No todos los días son de vino y rosas aunque te dediques a la parte agradable de la prensa. Los miércoles siempre escribo sobre el programa «Espejo público» de A3. En la sección de sociedad todo suele ir por territorios amables, lo que enturbia este ambiente es algún que otro sapito en las discusiones. Ayer no había sitio para esto, la actualidad mandaba: el juicio sobre el asesinato de Marta del Castillo; además, surgió la noticia de la detención del padre de los niños desaparecidos en Córdoba. Hasta la hora que escribo este artículo, los desaparecidos, una figura jurídica que deja algo de esperanza, aún se hallaban en paradero desconocido, aunque los peores augurios sobrevuelen el caso. Cuando surgió la noticia, aparte de Susanna Griso y Albert, estábamos sentados Rosa Villacastín, María Eugenia Yagüe, Antonio Rossi y «el escribiente». Como los temas propios se aparcaron, tuvimos que entrar en los referidos casos. No tengo problemas para participar en asuntos diferentes al mío, lo hago a diario en el programa de «Herrera en la onda», lo he hecho más de 10 años con Mª Teresa Campos, pero siempre me produce pudor, desde mi aparente frivolidad televisiva, entrar en la tragedia. Planteaba Villacastín la eterna cuestión: los defensores de los delincuentes, aparte de cumplir la legalidad, ética y moralmente tienen tranquilidad de conciencia cuando, valiéndose de argucias legales, consiguen librar de un justo castigo a un asesino. Esto está contemplado como una garantía en los países democráticos, tanto por leyes como por la propia constitución. Pero bajándonos del escalón de la justicia y poniéndonos a nivel de la calle, mi pregunta es, en un caso como el de Marta, si un abogado defensor en el ejercicio de sus funciones supiese dónde está el cadáver de la niña, ¿en conciencia deben prevalecer los derechos y las garantías de los asesinos sobre el dolor y la pena de los padres de la víctima, que no sólo han perdido a su hija sino que no pueden enterrar su cadáver?