La acróbata de Picasso invitada en el Prado

 Picasso entiende el oficio de artista como un saltimbanqui. Alguien al margen de la sociedad, en perpetuo equilibrio entre su talento y el duro trabajo cotidiano, dependiente del caprichoso gusto de un público cruel. «La acróbata de la bola», en este sentido, es un doble autorretrato picassiano. El artista malagueño, en sus inicios, vive una bohemia cercana a la indigencia.

La «Mona Lisa» es uno de los grandes retratos que hizo Leonardo a lo largo de su vida
La «Mona Lisa» es uno de los grandes retratos que hizo Leonardo a lo largo de su vida

Se acaba de trasladar definitivamente a París y habita en un cuartucho del complejo bautizado irónicamente por su amigo Max Jacob como «Bateau-Lavoir». Según recuerda Picasso, el invierno de 1904 va a visitar al padre Santol. Este religioso tenía un centro asistencial en la Avenida Lamotte-Piquet. Esboza su rostro sobre un papel, y Santol le entrega a cambio unos francos. De vuelta a casa, pasando por la Esplanada de los Inválidos, asiste a un espectáculo acrobático callejero. Ese será el arranque temático de su época rosa. También frecuentará el circo Medrano, en Montmartre y libará en la Closerie des Lilas, un importante centro de reunión de artistas y literatos «emergentes».

El periplo de la obra

La tristeza de los artistas ambulantes es una herencia barcelonesa. Su amigo de los Quatre Gats, el pintor y dramaturgo Santiago Rusiñol, había estrenado en el teatro Tívoli «La alegría que pasa», una obra que, según el estudioso picassiano Palau i Fabre, «contiene, psicológicamente, algunos de los fermentos determinantes de la época rosa». Así pues, el aspecto nostálgico, elegíaco y un poco desventurado de los personajes, y la dualidad ficción-vida, disfraz-indumentaria expresada por Rusiñol, pasarán a formar parte del acerbo espiritual picassiano.

Dicha obra de Picasso sufrirá avatares paralelos a los de su autor. En febrero de 1905, la obra es expuesta en la galería Serrurier, y descubierta por los hermanos judío-norteamericanos Gertrude y Leo Stein. Gertrude adoraba a Picasso y Leo a Matisse, pero atesoraban de forma conjunta su colección. En 1913, deciden ir cada uno por su lado, y tres telas de Picasso acaban en manos del marchante Kahnweiler. Éste venderá «La acróbata de la bola» al potentado ruso Morosov por la exorbitante cifra de 16.000 francos oro. Pocos años después, tras la revolución soviética, la pieza pasará a formar parte del Museo Estatal de Arte Moderno Occidental y, en 1948, del Museo Pushkin, de donde raramente saldrá.

Por su lado, Picasso irá ascendiendo en el escalafón artístico y social, acabando por abrazar la fe comunista. Al poco de estallar la Guerra Civil española, será nombrado por el Gobierno de la República director del Museo del Prado, y se encargará del Pabellón Español durante la Exposición Universal de París del 1937. La obra magna del Pabellón será el Guernica, que no retornará a España hasta septiembre de 1981. Será instalado en el Casón del Buen Retiro. Pero en 1992 vivirá un nuevo traslado para ocupar una sala señera del Reina Sofía.

A la vista de los equilibrios que realiza la joven acróbata preadolescente del cuadro, realizados ante un forzudo atleta sentado en un cubo, uno no puede olvidar la tensión subyacente en Picasso entre tradición y vanguardia. Y cómo acabó erigiéndose en un moderno Manet, el pintor que adaptó la iconografía clásica a los tiempos modernos. ¿Debería admirarse a Picasso en el Reina Sofía o en el Prado? Aún más ¿En qué período o en qué movimientos estéticos debería fijarse la frontera entre tradición o modernidad? ¿Resistirían las Meninas de Picasso al lado de las de Velázquez? ¿Funcionarían Velázquez o Goya en un museo de arte contemporáneo?

Volvamos a la tela que viajará al Prado. Un hecho anecdótico pero significativo es que esté pintada sobre una obra anterior de Picasso, un retrato de Iturrino. Tal era su precariedad que se identificaba con las «troupes» ambulantes. Fijémonos en su sabiduría compositiva: la estructura nos revela un aspa. La altura del personaje adulto está determinada por el nivel del paisaje plano, sin aspavientos de profundidad óptica. Las manos extendidas de la adolescente rozan los límites de la tela. Las vestimentas azules de los acróbatas –que podríamos interpretar como la tradición observando las cabriolas iniciáticas de la modernidad– resaltan sobre una austera gama de rosas y ocres pálidos. Un caballo blanco, el deseo sobre el que cabalgó su amigo Casagemas, pace en calma. La calma de los desheredados que fían al destino.


Ni el primero ni el último

La presencia de Picasso en el Prado tiene precedentes. En 2006, la pinacoteca organizó «Picasso. Tradición y vanguardia». Entre las obras del pintor que se pudo ver en esta exposición temporal figuraron «La vida» (1903), del Cleveland Museum of Art y «El niño con el caballo» (1906) del Museum of Modern Art de Nueva York; «Panes y frutero con frutas sobre una mesa» (1908-1909) y «El aficionado» (1912), del Kunstmuseum de Basilea; «Autorretrato con paleta» (1906) y «Tres músicos» (1921), del Philadelphia Museum of Art; «La flauta de pan» (1923), del Musée Picasso de París; «La alborada» (1942), del Centre Georges Pompidou de París y «Las Meninas» (1957) (en la imagen), del Museu Picasso de Barcelona, en la que el pintor mostró su interpretación del cuadro de Velázquez. La presencia del pintor en el Prado se trata, sin embargo, de algo excepcional ya que, según un real decreto de 1995, el año en el que nació Picasso (1881) divide cronológicamente el reparto de las obras entre el Prado, fechadas antes de su nacimiento, y el Reina Sofía, después.