El proyecto vital por Andrés ABERASTURI

El proyecto vital, por Andrés ABERASTURI
El proyecto vital, por Andrés ABERASTURI

Me lo temía y ha ocurrido: hace unos días ha habido un simposio sobre la felicidad –esa cosa– y hay un denominador común en el que todos parecen estar de acuerdo: el proyecto vital, algo que parece imprescindible para moverte por la vida con un cierto grado de tranquilidad; carecer de semejante instrumento es casi peor que estar en Facebook. Pero si de verdad quieres hacer algo en esta vida y tienes pareja, además de tu proyecto vital propio, debes tener un proyecto de vida en común. ¿Y cómo se proyecta el proyecto? Ah, esa es otra. Porque yo cada vez que hago una mudanza me encuentro decenas de cuadernos cuadriculados con miles de proyectos: hay bocetos de pinturas que nunca llegué a plasmar, comienzos de sonetos que se murieron en el primer cuarteto, programas de radio y televisión perfectamente minutados que jamás llegaron a ningún estudio y que jamás se iluminaron en ningún plató; por haber hay hasta listas del supermercado al que nunca fui y misteriosos números de teléfono que nunca llegué a marcar. ¿Habrá alguien esperando mi llamada? Seguramente algo parecido debe ser el proyecto vital solo que llevado a la práctica y por eso me resulta tan difícil ser feliz. Si ya la misma palabra, proyecto, no es más que una declaración de intenciones, qué desastre debe ser perderse entre decenas de bocetos de proyectos. La verdad es que yo desde pequeñito quería tener un proyecto de vida; lo que pasa es que la vida fue más rápida y fue ella quien me proyectó a su antojo en esta montaña rusa tan extraña. Y no se para, no se para.