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Fiesta inolvidable de la fe

Tiempo de lectura 4 min.

21 de agosto de 2011. 23:12h

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22/8/2011

Pasará mucho tiempo antes de que se extingan las emociones, las vivencias y los recuerdos de lo que ha sucedido en Madrid esta semana de pleno mes de agosto, en la que el Papa Benedicto XVI y dos millones de jóvenes han protagonizado la fiesta cristiana más multitudinaria e intensa que se recuerda en España. Ha sido una fiesta inolvidable en todos los sentidos: por el entusiasmo derrochado, por la honda manifestación de fe, por la perfecta organización y por la ola de simpatía general que ha suscitado en todo el país, que no ha dudado en abrir sus puertas a cientos de miles de jóvenes llegados de casi 200 naciones. Ha sido todo un fenómeno social sin parangón ni equiparación posible que sólo se explica por la fuerza motriz que lo ha impulsado: la fe en Cristo. Son muchas las enseñanzas y conclusiones que conviene extraer de esta Jornada Mundial de la Juventud presidida por el Papa, unas de orden religioso y otras, muy relevantes para España, de naturaleza social y moral. De entrada, estos días han echado por tierra los tópicos y clichés que presentan a los jóvenes españoles a caballo entre la «indignación» estéril y sectaria y el parasitismo de quien ni estudia ni trabaja. Nada más alejado de la verdad. Hay una juventud fuerte y amplia que afronta el futuro con esfuerzo, con responsabilidad y con unos valores éticos arraigados en el Evangelio. No son cuatro gatos: son la mayoría, pese a lo que digan algunos estudios sociológicos sesgados que se empeñan en retratar una juventud descreída y alejada de la Iglesia. Al movilizarse en torno a Benedicto XVI, una persona de 84 años, los jóvenes españoles han demostrado que es la fe y la pertenencia a la Iglesia lo que de verdad les motiva y les impulsa. Precisamente por eso, la JMJ ha sido un éxito clamoroso de la Iglesia española, una expresión irrebatible de su vigor espiritual y social. ¿Qué institución, sindicato o partido político es capaz de movilizar siquiera una décima parte de lo visto estos días? Ninguno. Razón de más para que la izquierda política muestre un poco más de respeto hacia la Iglesia, en vez de engordar artificialmente a unos grupúsculos laicistas que son marginales y anacrónicos. Sin esta aceptación de la realidad no le será fácil a la izquierda superar su sectarismo y vencer el rechazo que produce en amplios sectores de la juventud. La Iglesia española goza de una gran vitalidad y por sus venas corre sangre joven y siempre renovada que garantiza un futuro prometedor. Lo mismo cabe decir de la sociedad española. La JMJ ha sacado a flote lo mejor de las nuevas generaciones y el espectáculo ha sido tan ilusionante como esperanzador. Son tiempos difíciles, muy difíciles, con un paro juvenil del 43% y una estructura económica debilitada por la crisis. Pero España sigue contando con la materia prima más importante: jóvenes dispuestos a batallar por un futuro mejor arraigados en unos principios morales y religiosos que no admiten la rendición ni la insolidaridad. Gracias a la JMJ y a la presencia del Papa, España ha podido mostrar al mundo su cara más atractiva y prometedora: la de sus jóvenes celebrando la fiesta alegre de la fe. La fiesta del futuro.
 

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