Una revolución sin quemar banderas

Las revueltas en el mundo árabe piden justicia social, derechos civiles y democracia y se olvidan del «enemigo americano» ¿Qué está pasando?

La Razón
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Khaled Shallah, de 40 años, prepara un sandwich de pollo kebab para un cliente que le acaba de llamar por teléfono. A todo el que entra, como regla de la casa, le invita siempre a un poco de humus mojado en una punta de pan de pita. Desde hace ocho años este sirio regenta «Pita Hot», un pequeño restaurante en el barrio de Astoria donde se concentra gran parte de la comunidad árabe en Nueva York. Apenas caben cuatro mesas en todo el lugar donde se sirven las especialidades de Oriente Medio. Todo lo que se pueda comer en Siria, Israel, Líbano o Egipto lo tiene Khaled. «Yo he preparado el menú», explica orgulloso. También asegura que su público es internacional y diverso, máxima de todos los establecimientos que se precien en Nueva York. «No tengo muchos clientes árabes, pero sí americanos e hispanos», nos cuenta.

Aunque parece que sólo entran hombres árabes. Acaban de hacerlo tres. El primero y más mayor saluda a Khaled directamente en su lengua materna: «Salaam aleikum». «Aleikum as salaam», contesta el sirio, al que le ha pedido un plato de lentejas.

Siguen estos días las revueltas en el mundo árabe por la televisión Al Jazzeera, tema de conversación general en su pequeño restaurante. Incluso el presidente Barack Obama ha sintonizado este canal desde la Casa Blanca para poder saber mejor lo que ocurre. Khaled está contento por el resultado de Egipto, aunque reconoce que «no me gusta nada todo lo que está pasando en Libia. Pobre gente. Gadafi no debería matar a su propio pueblo. Está loco», sentencia.

Aun así, tiene esperanza. Pero no se atreve a pronosticar cuál va a ser el futuro de las revoluciones. Quizá sirvan para cambiar la perspectiva de Occidente sobre Oriente. Hemos visto como el mundo árabe se ha levantado contra sus dictadores, algunos de ellos grandes aliados de Washington, como ha sido el caso de Hosni Mubarak. También, Estados Unidos sigue de cerca la situación en Bahréin, donde tiene una base en la que está estacionada la poderosa V Flota estadounidense.

En cambio, hay algo que diferencia estas revueltas de otras protestas vividas en los paises árabes, o musulmanes en general, durante los últimos años. Esta vez no hay gritos con consignas antiamericanas, tampoco apoyo a Al Qaida, ni reivindicaciones de la causa palestina contra Israel y, sobre todo, no hay quema de banderas norteamericanas. Khaled Shallah explica que «esto no tiene nada que ver con Estados Unidos. Simplemente quieren libertad», afirma.

Sólo más democracia

Desde su despacho en la Universidad St. Joseph's de Pensilvania, el experto en política Randall Miller confirma de forma más elaborada lo que mantiene el sirio Khaled Shallad desde su pequeño restaurante. «La simple respuesta a este inusual fenómeno es que la gente pide más participación democrática y la eliminación de gobiernos corruptos. En cada caso se dirige el enfado a objetivos reales de su opresión e insatisfacción», explica Miller.

El director nacional ejecutivo del Consejo de Relaciones Islámicas Americanas, Nihad Awad, destaca que «ha habido mucha represión durante décadas. Todos estaban esperando a que saltase la chispa, que empezó en Túnez. Después se trasladó a Egipto y ahora está en Libia. No creo que se vaya a parar ahí. Era cuestión de tiempo que la gente se levantase contra los dictadores de la región. Esperaban el momento correcto», termina este analista palestino nacido en un campo de refugiados en Amán (Jordania).

Estas revoluciones no sólo han servido para que, de momento, los pueblos de Túnez, Egipto, Libia, Bahréin o Yemen planten cara a sus mandatarios, sino también para que cuando un árabe aparezca en las noticias en Estados Unidos sea para otra cosa que para hablar de un atentado terrorista.

La revolución en Túnez pasó desapercibida en Estados Unidos. Pero las grandes cadenas CNN, MNBC y ABC se lanzaron a la carrera por ver quién era el que más equipos de reporteros tenía en El Cairo y mejor cubría la noticia del campamento en la Plaza de Libertad contra Hosni Mubarak. Es la historia perfecta que adoran los americanos: David contra Goliat. Y, por supuesto, ganan los buenos.

Al principio, los presentadores han dado cuenta casi estupefactos de que las protestas reivindican derechos, libertades, ganas de trabajar y prosperar. Conceptos básicos en la sociedad estadounidense. Nihad Awad admite que «los pueblos han sido muy inteligentes. Han sabido pedir libertad y democracia. De esta forma, las revueltas empezaron en Túnez.

Después, en Egipto. Ambas fueron pacíficas. Así, han hecho que los gobiernos de Occidente se tengan que poner de su lado», explica el palestino, considerado uno de los 500 árabes más influyentes en Estados Unidos.

A juicio del profesor de política estadounidense Randall Miller, «los manifestantes han rechazado, por ahora, permitir que el antiamericanismo o cualquier factor externo les distraiga del propósito que les ha unido. Las diferencias de religión, clase y política que separan a la gente, sobre todo en Egipto, han mutado en el común esfuerzo de levantar de su asiento a Hosni Mubarak. Las protestas han tenido una buena organización y disciplina en el sentido de que no han dejado que nadie distorsionase los verdaderos deseos del pueblo», remata.

El papel de internet

Pero todavía hay más. El veterano presentador de la MSNBC, Chris Matthews no salió de su asombró cuando descubrió los primeros días que muchos egipcios hablan inglés. Todos los jóvenes manejan las redes sociales en internet. Y han estado pendientes de transmitir su mensaje al resto de la comunidad internacional. El profesor de Estudios Árabes de la Universidad Columbia Rashid Khalidi pone en contexto la realidad de las sociedades árabes.

«Por ejemplo, Egipto tiene cientos de miles de nacionales trabajando fuera del país. Y tienen un extraordinario conocimiento de las lenguas extranjeras. Es verdad que hay mucha gente pobre, pero hay un extraordinario número de personas con un grado medio y alto de formación académica. Hay mucha población que además está muy preparada, pero que no puede encontrar ningún trabajo en su tierra. Creo que la imagen de estas sociedades es a veces simplista», recuerda este neoyorquino de origen palestino.

Coincide en que «estos movimientos no son antiamericanos. Son por la democracia. Por la justicia social. Por la separación de poderes. Quieren terminar con los regímenes tiránicos. Quieren lo mismo que europeos y americanos. Hay una imagen del mundo árabe que ha sido malentendida y que ha empezado a caer. Los valores en el mundo árabe son muy parecidos a los de América: libertad, democracia, justicia social, dignidad», concluye el sobrino de Fakhri al-Khalidi, alcalde de Jerusalén entre 1934 y 1937.

Aún y así, los periodistas estadounidenses estuvieron a punto de perder su historia o, al menos así lo creyeron cuando vieron en las calles ataques de algunos egipcios contra extranjeros, periodistas y los propios egipcios. Respiraron tranquilos cuando supieron que eran los de Mubarak. Pero ahora las cosas han cambiado. Él y los suyos son los malos. La política internacional es así. Todavía, Washington mira con cautela qué es lo que les espera de estos países y quién se va a poner al frente. Awad lo tiene claro: «Nada puede ser peor que lo tenían antes».