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La medida del tiempo

Estamos rematando el año y al que más y al que menos le asusta el paso del tiempo, la velocidad del tiempo, y es que vivimos sin pensar, sin saborear lo bueno que a veces nos ocurre, quizá porque no estamos acostumbrados a ello: es más común que ocurran cosas malas, no seré yo, precisamente, quien lo niegue. Pero si nos detenemos un instante, nos encontraremos con que a lo largo de este año ha habido alguna cosa buena, por mínima que sea.

Hay investigadores muy prestigiosos que se dedican a indagar en las claves para lograr la felicidad, entre ellos mi admirado Punset, que es una de las cabezas más importantes que tenemos en España. El amor forma parte de ese conjunto de elementos que permiten que seamos felices: el amor a los hijos, a los padres, a los amigos... y el amor fundamental, el que da vida, el amor pasional entre dos personas, el que se produce en menos de un segundo.

Hablamos de la medida del tiempo, pero todo siempre es relativo, como las frases que empleamos para echar balones fuera: hay que dar tiempo al tiempo, el tiempo lo dirá, «el tiempo es la manzana de la discordia entre hombres y mujeres», decía mi recordado Adolfo Bioy Casares en sus «Historias de amor», y su gran amigo y referente Jorge Luis Borges regalaba los oídos diciendo «estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo». Según Cervantes, «el tiempo nunca para ni sosiega».

Por eso, y después de un breve repaso por el pensamiento de los grandes, ¿por qué no dedicamos al tiempo esa mirada reflexiva que tanto necesita?, ¿por qué no lo gozamos en su justa medida?

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