Contra la «gobernanza»

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Es un neologismo pedante que luce fatalmente el sello oficial de nacimiento de la Unión Europea, lo cual lo hace más temible porque se pretende cosmopolita. Y está ganando últimamente un número peligroso de adeptos en España. Aunque se lo he oído usar con un temerario entusiasmo a Francisco Álvarez-Cascos, los que en general lo abrazan con mayor fervor y menos reservas son los socialistas, aplicándolo todos ellos a asuntos de nuestra política local, como si no fuera de por sí suficiente la crisis de autoridad –el desgobierno– que padecemos en España y necesitáramos vocablos que oscurezcan más aún la cuestión esencial de la gobernabilidad cuando no la desvirtúen directamente.

Porque ésa y no otra ha sido la tarea de Jérôme Vignon, Renate Mayntz o Joan Prats, los grandes apóstoles de la «gobernanza»: presentarla como un «nuevo arte de gobernar en democracia» que arrinconaría en el trastero de la Historia al tradicional y vertical ejercicio del poder ejecutivo, reemplazándolo por la pura gestión horizontal y angelical de las dependencias –o «interdependencias», como ellos dicen– de unos agentes sociales que se nos quieren presentar como nuevos y conformadores de un joven escenario mundial cuando son más viejos que la tos: empresas, grupos de opinión, comunidades autónomas, sindicatos, cooperativas, federaciones deportivas, clubes culturales, asociaciones vecinales, redes transnacionales, redes de compromiso cívico, redes corporativas… Redes por todas partes, muchas redes (hablan incluso de «sociedad red»), muchos «inter» y muchos «multi» que se «interrelacionan» y «multirrelacionan» entre sí. Ése es el lenguaje de la «gobernanza» y ése es también el mensaje. Porque lo que hay detrás de esa palabra no es sólo la afectación simplona de una moda terminológica, sino un discurso evanescente, diluyente y delicuescente que aspira a teoría política y abunda en la resistencia acomplejada a demandar «la plenitud del acto de gobernar»; que rechaza cualquier concepción «fuerte» del poder aunque éste emane de las urnas y nos lo presenta como un mal obsoleto e incluso antidemocrático que debe ser rebajado, diluido y compartido con el denso e inmenso tejido de la sociedad civil.
Como se ve, lo que en realidad hace la «ideología de la gobernanza» es convertir una deficiencia tristemente existente del consorcio europeo en un ideal a alcanzar y a exportar a las políticas internas de las propios Estados miembros, cosa que en el caso español equivaldría a llover sobre mojado, a «consolidar la falta de solidez» del Estado causada por la descentralización, esto es por la «gobernanza autonómica». En la «gobernanza» ya estamos. Lo está España interiormente y lo está esa Unión Europea en la que precisamente echamos de menos en estos días –para luchar contra la crisis– no «un nuevo arte de gobernar» sino un gobierno corriente y moliente como los de toda la vida que tenga verdadera capacidad de decisión sobre su territorio. Todos los problemas económicos que hoy sufrimos tienen el signo de esa ausencia y muchas veces hasta el propio origen. De este modo, cuestionarle a Bruselas la autoridad que ya le impugnan las «redes» de los mercados y de las políticas nacionales del despilfarro es caminar en la dirección del error. Ha sido Francisco Sosa Wagner quien mejor ha sabido desenmascarar el contenido reaccionario de esa doctrina con estas palabras que ponen el dedo en la llaga de nuestras dramáticas necesidades: «Más gobierno con ideas claras y menos meliflua gobernanza; es decir, se impone caminar justo en la dirección contraria para recuperar el honor del Estado y de la Política con mayúscula».
No es casual que abracen la dejación del poder hecha doctrina quienes han adoptado la corrección política como una segunda naturaleza y han demostrado sentir íntimamente dicho defecto como virtud. De la «gobernanza» le he oído hablar al ministro de la Presidencia Ramón Jáuregui, que no se quita la palabreja de la boca. Le he oído invocarla a la portavoz de Asuntos Sociales en la Asamblea de Madrid, Matilde Fernández, reclamando «para una eficaz gobernanza» nada más y nada menos que la urgente creación de comisiones interministeriales e interconsejerías autonómicas, como si no tuviéramos ya un problemón de lujo con la burocracia existente en las autonomías y como si ese problemón no residiera justamente en la diversificación de la titularidad del poder. Le he oído incluso hablar de ella –de «seguridad y gobernanza»– al socialista Francisco Javier Velázquez, director general de la Policía y la Guardia Civil, lo que no deja de ser chusco en el caso del segundo de esos cuerpos, para el que no ya la «gobernanza» sino el «gobierno» es una palabra que le resulta demasiado eufemística dado su proverbial carácter militar y dado que se rige por el mando y el escalafón jerárquicos puros y duros.

Detrás de toda esa música celestial y de esos algodones teóricos, hay escondido un duro hueso de roer: la pertinaz oposición al Estado y a un gobierno de Estados. En realidad, la doctrina de la gobernanza trata de hacer por arriba lo que los indignados del 15-M tratan de hacer por abajo: limar, cuando no sustituir, mediante estrategias de poder aparentemente modernas y democráticas la representación otorgada por los votos.