Señor marqués de Daroca

La Razón
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Don Antonio Mingote. El Rey le ha concedido el marquesado de Daroca. Esto de la nobleza es muy particular. Es honor, cultura y costumbre. El título más importante es el primero, y usted es el primer marqués de Daroca. El Rey premia su ejemplaridad, su maestría, su trabajo, su genialidad continuada durante siete décadas, su señorío, su patriotismo, su poesía, su arte, su palabra y su bondad. Y Daroca, de donde usted es ya su marqués, tiene que sentirse orgullosa, porque allí resumió usted sus mayores amores y sus mejores recuerdos. Don Ángel y doña Carmen estarán donde estén, más sonrientes que nunca. Y Edgar Neville, conde de Berlanga del Duero, en cuya casa conoció usted a doña Isabel, su maravillosa mujer, hoy por su matrimonio marquesa de Daroca. Cuando tengan ustedes la oportunidad de encontrarse, Edgar y usted, que espero no sea pronto, le podrá decir que en los azules infinitos todos somos iguales, pero que en la tierra, usted ha sido más que él. «Lo siento Edgar, pero te he ganado. Tú eras conde y yo marqués».

El Rey ha hecho posible que usted no se sienta un privilegiado por pertenecer a la Nobleza, sino al revés. Que la Nobleza se sienta honrada por tenerle a usted entre los suyos. Se habrá apercibido, don Antonio, de que ser marqués no cambia la vida de nadie. Usted se acostó anoche sin serlo y hoy ha amanecido siéndolo, y todo sigue igual. Pero algo sí ha cambiado. El orgullo de saber que el Rey le ha distinguido y premiado por su excepcionalidad, por ser un español grande y benéfico. Y otra nube que se sentirá feliz es la de Don Juan, que tanto le quería y admiraba, y que una tarde de mar tranquilo se refirió a usted como uno de los diez españoles más importantes del siglo XX. Creo sinceramente que el Rey, que está pasando por momentos de tempestades ajenas a su responsabilidad, será hoy más feliz que ayer después de protagonizar este acto de estricta justicia.

A mí me ha honrado también, y mucho. A partir de ahora, comeré los lunes en nuestra mesa de siempre con un marqués. Perdone si la falta de costumbre en el trato con la Nobleza me lleva a cometer errores protocolarios. Intentaré comportarme con naturalidad. Y me ayudará usted a ello, porque su sencillez, estoy seguro, no habrá sufrido herida alguna desde el pasado viernes a hoy. Tengo un pariente, no lejano, que ante el cuerpo presente de su padre, marqués como usted, recibió el abrazo conmovedor de una mujer que acudió a darle el pésame. «Lo siento muchísimo», le dijo; «muchas gracias, pero yo no tanto. Porque papá era bastante pesado y yo ahora soy bastante marqués». Porque en la Nobleza, compuesta fundamentalmente por personas normales y corrientes, hay tipos rarísimos y alguno que otro poco recomendable. De ahí el valor de su integración en ella.

En su discurso de ingreso en la Real Academia Española recitó unos versos publicados en el «Madrid Cómico» que hoy no resultarían oportunos nacidos de su boca: «¿No estás ya con el marqués?/ Pero hombre, si se arruinó./ ¿En cuanto tiempo? –En un mes–/ ¡Caramba, me alegro! – y yo». Claro, que usted no es de ésos, porque su dinero lo administra Isabel, la señora marquesa, y gracias a ella tiene dinero para moverse por Madrid en taxi, que siempre han sido compatibles los taxis y los marqueses.

Señor marqués de Daroca. No se puede usted figurar lo bien que me siento.