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Cuando los bebés no pueden abrazar

  • Cuando los bebés no pueden abrazar

Tiempo de lectura 4 min.

28 de marzo de 2009. 17:01h

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28/3/2009

Un gran momento de ilusión. Tras nueve meses, muchos padres esperan felices la llegada de sus retoños, con la confianza de un embarazo que ha ido y que culminará tal y como los médicos han pronosticado: «Será un parto sin problemas». Aunque este desenlace no siempre se cumple y durante el mismo pueden surgir complicaciones que marcarán no sólo la vida de los recién llegados, que no podrán abrazar a sus progenitores, sino de éstos que vivirán impotentes la nueva situación. Así, la parálisis braquial obstétrica (PBO) ocurre entre 0,3 y 2 casos por cada mil recién nacidos al año en España -unos 800 afectados-, en los que al extraer el bebé determinadas dificultades en el momento del parto -como el tamaño del feto, la utilización de fórceps o defectos en el útero materno- provocan que uno de los frágiles brazos del pequeño quede inútil por culpa de la distocia -cuando se queda enganchado por los hombros-. «Al principio nos dijeron que era algo de los nervios del brazo y que en más o menos de 15 días a un mes se pasaría. Pero no fue así», explica Marina. Ella asegura que el tamaño de su bebé, los casi cuatro kilos de peso, debía ser alerta más que suficiente para preparar un parto complicado o plantear una césarea. En la misma situación se encontró Sandra, la madre de Eric, y una de las fundadoras de la asociación de padres afectados. «El parto se complicó. La matrona se subía encima para empujar y me dijo que si no lo hacía tendría que usar fórceps. Así que empuje con todas mis fuerzas. Y lo conseguí sola, dado que el médico poco se implicó en aquella situación. Yo, agotada, veía que algo no marchaba bien y pregunté. Me dijeron que un bracito no lo movía y que se lo llevaban para explorarlo», recuerda con amargura Sandra. Tras esos primeros momentos de incertidumbre, llega la triste noticia: «Su hijo tiene parálisis braquial obstétrica, tiene dañado el plexo». Y un mar de preguntas inundan la mente: ¿Qué?¿Cómo? y sobre todo ¿por qué?

Casi todas encuentran la respuesta en una mala atención en el momento del parto, en no conocer bien cómo viene el bebé, «algo que se soluciona con una sencilla planificación, creo yo», apunta Mariano, el padre de Gabriel. En su caso, su mujer tenía el útero bicorne, es decir, un defecto que complica la salida del feto a la hora del alumbramiento natural, así pues la opción sencilla se encuentra en una cesárea. «Pues a mi esposa no se la hicieron y era evidente que al extraer a Gabriel habría problemas, lo sabían desde el principio», explica con rabia Mariano, que asegura que podrían haberse evitado esto. Un halo de esperanza La madre del pequeño Eric aconseja los padres que se pongan en manos de profesionales en la materia de PBO, «y que busquen los mejores fisioterapeutas y, sobre todo, que tengan la oportunidad de hablar con padres en la misma situación, porque sentirte apoyada por gente que te entiende te hace que la lesión de tu hijo sea más llevadera». Sin embargo, como en todos los cuentos siempre hay un final feliz. José, que pasó por ello, tiene 24 años y acaba de terminar la universidad. Apenas guarda recuerdos de aquello, pero su madre, Sofía, sí. «Entonces no se conocía esto. Fue muy duro todo: la operación, la rehabilitación... Con el paso de los años todo da su fruto, y le hemos visto hacer gimnasia, jugar al fútbol, al tenis y, ahora, al pádel. No ha tenido problemas de integración y ha podido ser uno más en clase. Es más que una satisfacción», cuenta orgullosa Sofía.

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