El silencio de los corderos

No debemos permitir que el sentimiento de venganza guíe nuestra actitud. La única forma de evitarlo es el ejercicio de la justicia

La Razón
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Desde la Ilíada, pasando por Hamlet, incluyendo a Moby Dick, es mucha la literatura del mundo que se ha centrado en el deseo de venganza. El tema no es ajeno a nadie, porque todos nos identificamos con el mismo. Cuando vemos alguna versión en cine o televisión de la famosa novela de Dumas «El Conde de Montecristo», sabiendo de antemano lo que va a pasar, nos encanta presenciar cómo Edmundo Dantes va dando cuenta de todos y cada uno de los que le traicionaron. Quizás no experimentamos la misma cólera de Aquiles, Hamlet, Edmundo o el Capitán Ajab, pero conocemos la emoción y por ello no nos sentimos tan alejados de estos personajes. Recientemente hemos vivido en España un suceso análogo; una persona, Emilio, causa destrozos portando una maza en la Ansoategi Herrikoa, la herriko taberna de la izquierda abertzale de Lazkao, tras participar en una concentración para denunciar el atentado de ETA contra la Casa del Pueblo de Lazkao. En nuestra cultura, es normal negar que uno quiera venganza. Actores como Arnold Schwarzenegger, Bruce Willis y Clint Eastwood han protagonizado películas en las que el argumento es presentar un sujeto o sujetos que cometen actos horribles, que se burlan de sus víctimas y parecen intocables; aparece un héroe que ignora a las impotentes y a veces indolentes autoridades, el cual se encarga de hacer justicia. Los judíos esperaban a ese héroe, pero Jesús contestó a la pregunta « ¿cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?», con la frase «no necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores, a que se conviertan». Y además nos dejó frente a la ley del talión, la ley del amor, cuya máxima expresión es «pero yo os digo: no repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra»(Mt).La lección es preciosa, pero no incompatible con el ejercicio de la justicia, de tal suerte que no debemos permitir que el sentimiento de venganza guíe nuestra actitud. La única forma de evitarlo es el ejercicio de la justicia, el respeto a las víctimas y su reparación. El deseo de venganza existe siempre, aunque nuestra razón impida tenerla en cuenta. Si alguien ofende o causa daño y dolor, enseguida se piensa en reparar la ofensa, aplicando a la persona citada otra ofensa, daño o dolor, de igual o parecida intensidad. La única medicina para evitarlo es la justicia, persiguiendo cualquier acto de violencia, reprimiéndolo, evitándolo y, al final, imponiendo la pena establecida en la ley a sus autores. Sólo así podemos superar el humano instinto de ira y posterior venganza.ETA lleva más de cuarenta años hermanada con la muerte y la coacción, hasta el punto de hacer, con la colaboración de los entornos radicales, irrespirable el aire en muchos pueblos, y a pesar de ello, apenas ha habido actos de venganza. Debemos destacar aquí una notable diferencia con el terrorismo irlandés, el cual generó constantes actos de venganza.¡Qué indignidad para nuestras víctimas comparar el salvaje terrorismo de ETA con el problema irlandés! Sólo se tendrá percepción de justicia cuando personas como Mateo no se vean obligadas a abandonar el País Vasco, y por contra se persigan y erradiquen los ámbitos de violencia y coacción que lo están provocando, se atosigue a los chulos violentos y a los brabucones, y gente como Emilio pueda vivir donde quiera, con plena libertad.