Las líneas rojas amenazan la apertura de negociaciones entre Londres y Bruselas

Las dos partes empiezan a discutir esta tarde la relación post Brexit: Reino Unido aspira a un acuerdo comercial como el de Canadá, pero sin asumir las regulaciones de la UE

Londres y Bruselas regresan este lunes a la mesa de negociaciones para pactar, o al menos intentarlo, las nuevas relaciones que existirán entre Reino Unido y la Unión Europea a partir del 1 de enero de 2021, cuando finalice el actual período de transición. Dicen que segundas partes no son buenas. Pero, en el psicodrama del Brexit, la nueva entrega de la saga promete. Principalmente porque el nuevo protagonista es de lo más impredecible.

Atrás quedaron las negociaciones de divorcio lideradas por una débil Theresa May, con un Westminster completamente dividido y un Gobierno asediado por rebeldes. En Downing Street, el escenario no puede ser ahora más diferente. Boris Johnson cuenta con todo el poder. Tras la aplastante mayoría de las generales de diciembre, controla el Gabinete, la Cámara de los Comunes y los «tories» euroescépticos. Es más, se rodea ahora de los «brexiters» más radicales.

Mientras que su predecesora quería mantener a Reino Unido lo más cercano posible a la UE, el nuevo primer ministro no está dispuesto a ceder ahora ni un ápice de la soberanía del país y no duda en marcar distancias. Su objetivo es conseguir un acuerdo comercial inspirado en el canadiense –que, por cierto, tardó en cerrarse siete años– que no le obligue ahora a alinear su normativa con la comunitaria. Tampoco está dispuesto a aceptar el papel del Tribunal de Justicia de la UE como árbitro.

Johnson mira hacia Estados Unidos

Está previsto que este lunes, coincidiendo con el inicio de las negociaciones con Bruselas, Johnson presente su «hoja de ruta» para cerrar un acuerdo comercial con Estados Unidos. Su propósito es aumentar la presión sobre el bloque, aunque podría ser una estrategia «boomerang» que acabara volviéndose luego en su contra porque las concesiones o logros que consiga por una parte podrían luego perjudicarle en el otro frente.

Aunque el acuerdo comercial es el asunto que se lleva el gran protagonismo, durante los próximos meses deberán tratarse las futuras relaciones entre Londres y Bruselas en todos los niveles. En este sentido, los términos acordados entre ambas partes dividen la negociación en once áreas: comercio de bienes, comercio de servicios e inversión, igualdad de condiciones, transporte, energía y cooperación civil nuclear, pesca, movilidad y coordinación de la seguridad social, cooperación judicial en materia criminal, cooperaciones temáticas, participación en programas europeos y gobernanza y asuntos horizontales. Por cierto, en materia de seguridad, Downing Street, a pesar de las advertencias de los altos funcionarios, ya ha avanzado su intención de retirarse del exitosa euroorden.

De momento, el calendario ya está cerrado hasta mayo, con la primera ronda en la capital belga hasta el jueves. Diez meses no es, precisamente, un plazo holgado de tiempo para todo lo que está en juego. Podría haber una extensión de uno o dos años, si Londres lo comunicara antes de julio. Con todo, el Gobierno británico ha advertido de que no solo cierra la puerta a ampliaciones, sino que si para junio no hay avances abandonará la mesa de negociaciones para centrarse en preparar al país para regir su relación con el bloque estrictamente bajo los parámetros de la Organización Mundial del Comercio (OMC). En otras palabras, resucita de nuevo el fantasma de un Brexit duro el 31 de diciembre.

El nuevo fantasma del Brexit duro

Johnson ha prohibido ahora a los suyos utilizar la palabra Brexit y la expresión «no acuerdo». Quiere dejar claro que ésta es una nueva etapa completamente diferente a la del divorcio, por lo que sus ministros deben incidir ahora en sus discursos en «cerrar un acuerdo de libre comercio» o recalcar «el modelo canadiense».

En cualquier caso, sea como quiera que lo llame ahora Downing Street, si no hay pacto al final del período de transición, la consecuencia será un Brexit duro, una caída al precipicio, porque el Acuerdo de Retirada que selló el divorcio a finales del año pasado tan solo cubre la factura de salida, los derechos de los comunitarios residentes y el «backstop» para evitar una frontera dura en Irlanda.

Es cierto que mientras que en Londres solo hay ahora una única voz soberana, en la UE deben ponerse de acuerdo los intereses de 27 estados miembros. Al mismo tiempo, es cierto que el escenario actual en Westminster es más estable que del bloque, donde Marine Le Pen avanza en Francia, Angela Merkel acaba de sufrir su peor resultado en las elecciones de Hamburgo y Leo Varadkar acaba de renunciar como primer ministro Irlandés tras el triunfo histórico del Sinn Fein, el brazo político del ya de-saparecido IRA.

En este sentido, es comprensible que ahora Londres venga pisando fuerte. En cualquier caso, los expertos advierten que realmente Reino Unido no cuenta con infraestructuras para controlar sus fronteras. En realidad, no cuentan con infraestructuras para convertirse en tan solo diez meses en un país tercero fuera de la UE. Insisten en que el gran problema de Londres siempre fue que se activó el artículo 50 –para oficializar la desconexión– demasiado pronto, sin tener un plan elaborado, por lo que vaticinan que la fase II del Brexit terminará como la fase I, es decir, con acuerdo a última hora.