El día más negro para los marines en una década

La muerte de 13 soldados de Estados Unidos en un atentado del Estado Islámico marca de forma trágica sus últimas horas en Afganistán

Los expertos y la Inteligencia estadounidense avisan de que la capital afgana será escenario de nuevos atentados terroristas en próximas fechas.
Los expertos y la Inteligencia estadounidense avisan de que la capital afgana será escenario de nuevos atentados terroristas en próximas fechas.US MARINESvia REUTERS

Si la Inteligencia erró estrepitosamente en sus predicciones sobre la caída de Afganistán en manos talibanes, acertó de pleno este jueves con el zarpazo terrorista del aeropuerto de Kabul, que ha causado la muerte a al menos 110 personas y heridas a decenas más –entre ellas 13 soldados estadounidenses. Una masacre firmada por la rama local de Daesh que evidencia el caos en que queda sumido Afganistán cuando se consuma la salida definitiva de las tropas occidentales y que marca indeleblemente el aún joven mandato del veterano Joe Biden.

Las 13 vidas segadas en el atentado de Kabul –a pesar de que en un principio se habló de dos detonaciones simultáneas la autoría se debe a un único terrorista suicida, según el Pentágono- representa el peor balance de pérdidas humanas en un día para las tropas de Estados Unidos, concretamente desde el ataque de agosto de 2011 a un helicóptero Chinook en el que fallecieron 30 soldados. Además, desde febrero de 2020 no se lamentaban víctimas mortales estadounidenses en Afganistán.

Los expertos y la Inteligencia estadounidense avisan de que la capital afgana será escenario de nuevos atentados terroristas en próximas fechas. El general Frank McKenzie, jefe del Comando Central de Estados Unidos, confirmaba este viernes que los soldados de su país permanecen en alerta por temor a nuevos ataques que podrían ser perpetrados con coche bomba o proyectiles.

Las embajadas occidentales aún presentes en Kabul habían pedido a la población local que evitara concentrarse en los aledaños del aeropuerto internacional Hamid Karzai ante la inminencia de un ataque, pero fue en vano. Este viernes la zona seguía registrando concentraciones de personas desesperadas por abandonar Afganistán en alguno de los últimos vuelos de evacuación. Con todo, en las calles del centro de la capital afgana había este viernes más tranquilidad que en la víspera.

El doble crimen terrorista del aeródromo de Kabul, ocurrido en plenas tareas de evacuación estadounidenses, constata el fracaso de la estrategia global de salida de Afganistán diseñada por Biden. El mandatario, abatido, “asumía la responsabilidad fundamental de lo ocurrido” en rueda de prensa este jueves desde la Casa Blanca. “No os perdonaremos, no olvidaremos, os cazaremos y os lo haremos pagar”, advirtió Biden directamente a los responsables del Estado Islámico.

Con todo, el presidente estadounidense insistía en que no reconsiderará su decisión de abandonar definitivamente Afganistán tras veinte años de presencia ininterrumpida en el país, aunque se lo pidan cada vez más insistentemente tanto desde la bancada demócrata como desde la republicana. Según datos de The New York Times, 25.000 personas que colaboraron con Estados Unidos quedarán abandonados a su suerte en Afganistán.

El atentado es también un recordatorio para los talibanes de lo compleja que será la tarea de gobernar –casi dos semanas después de su entrada en Kabul los integristas no cuentan aún con un ejecutivo interino- el país de Asia Central, donde actúan otros grupos de ideología fundamentalista como ISIS-K, autor del atentado del jueves, o Al Qaeda que, a la vez, compiten entre sí en territorio afgano. Por otra parte, en las últimas horas los talibanes han vuelto a solicitar a Turquía ayuda técnica para gestionar el aeropuerto de Kabul tras la salida de las fuerzas occidentales, aunque insisten en que no quieren tropas de Ankara más allá del 31 de agosto.

Asimismo, la moderación en las formas de gobierno anunciada por los nuevos mandos talibanes desde su victoria en Afganistán corre el riesgo de provocar el descontento del ala más extremista del grupo, que podría acabar integrando las filas del propio Daesh.

Guerra entre fundamentalistas

Con apenas 75.000 miembros los talibanes supieron vencer combinando estrategia militar, moral y negociadora a un Ejército afgano que contaba con al menos 300.000 efectivos. Los expertos cifran la militancia del ISIS-K –nacido de combatientes talibanes pakistaníes descontentos- en apenas 2.000 individuos, pero el grupo ha sido capaz de burlar la seguridad talibán, en manos de la facción denominada Red Haqqani (con fuertes vínculos, a su vez, con Al Qaeda).

Muertos en Kabul FOTO: Teresa Gallardo

Desde junio del año pasado ISIS-K cuenta con un nuevo comandante, Shahab al-Muhajir, que trata de reclutar talibanes desafectos y otros yihadistas. Según la ONU, la rama local de Daesh “permanece activa y peligrosa”, y cuenta con mayor predicamento entre los jóvenes que otras organizaciones como Al Qaeda. El Estado Islámico Gran Jorasán es, en consecuencia, enemigo para los talibanes como para Estados Unidos y resto de potencias occidentales.

Recordemos que en su avance triunfal hacia la reconquista del poder, los militantes talibanes liberaron a miles de presos tanto de ISIS como de Al Qaeda, además de otros presos afganos. También lo hicieron en la propia Kabul. Menos de dos semanas después de que los talibanes se hicieran con el control del país, Daesh no tuvo miramientos en sembrar la muerte y el caos en plenas evacuaciones. Los expertos auguran enfrentamientos violentos en Afganistán entre ambas organizaciones yihadistas, enemigas acérrimas, en los próximos meses.

Marines americanos controlan las inmediaciones del aeropuerto de Kabul. FOTO: Staff Sgt. Victor Mancilla AP

“El objetivo principal del ISIS-K es ser políticamente relevante, alterar los esfuerzos de estabilización del país y minar la credibilidad de los talibanes afganos”, aseguraba la profesora de la Academia Militar de Estados Unidos Amira Jadoon en The Washington Post. Los responsables del grupo aseguraron que su objetivo el jueves fueron “traductores y colaboradores del Ejército estadounidense”.

Una de las grandes preocupaciones de los gobiernos occidentales durante las dos últimas décadas era que Afganistán se convirtiera en un santuario para distintos grupos fundamentalistas desde donde atacar en distintas partes del mundo. Fue una de las promesas de los talibanes en las negociaciones con Estados Unidos de febrero de 2020. El riesgo parece hoy más cercano que nunca.

A la espera de nuevos atentados de Daesh y en plena carrera contrarreloj para efectuar las últimas evacuaciones, Estados Unidos seguirá confiando en los talibanes hasta la salida definitiva de sus soldados. El zarpazo terrorista del jueves ha puesto, en fin, en evidencia el penúltimo error de Washington en la catástrofe afgana.