Boric, el espejo en el que se mira la izquierda de América Latina

El presidente electo de Chile, que condena el autoritarismo de Maduro y Ortega, debe demostrar si apuesta por un Gobierno pragmático en el que puedan confiar los mercados

Gobiernos en América Latina
Gobiernos en América Latina FOTO: T. Nieto

El triunfo del izquierdista Gabriel Boric en las elecciones presidenciales de Chile terminó de configurar el mapa de ideologías políticas en América Latina al cierre de 2021. Las lecturas más maniqueas hablan de que once países de la región están gobernados por la izquierda y otros ocho por la derecha.

Entre los primeros se incluyen Cuba con Miguel Díaz-Canel, Nicaragua con Daniel Ortega y Venezuela con Nicolás Maduro, que se mantienen en el poder por negar elecciones democráticas a sus pueblos, por lo que no son democracias homologables.

En cualquier caso, se sacan cuentas para evaluar si los países están entrando de nuevo en una «marea rosa» como la que se produjo a principios de siglo, cuando buena parte de los países estaban gobernados por opciones progresistas, con notables y estables excepciones como Colombia. Aquellos fueron años de integración entre Gobiernos, con los nacimientos de Unasur y Petrocaribe por ejemplo, con figuras de gran peso internacional como Hugo Chávez, Lula da Silva, Néstor Kirchner y Rafael Correa.

Luego vino el péndulo, con el triunfo de Mauricio Macri en Argentina, la destitución de Dilma Rousseff en Brasil, el viraje de Guillermo Lasso en Ecuador y la jura de Luis Lacalle Pou en Uruguay, por mencionar solo algunos.

Pero 2021 son otros tiempos, otros liderazgos y otras realidades, incluyendo la de una izquierda no tan cohesionada, que va desde Boric hasta autócratas acusados de violar derechos humanos como Maduro u Ortega.

Los triunfos electorales de la izquierda se han producido en países distintos a los que protagonizaron aquella ola, como Chile, México o Perú; o en otros contextos sociales y políticos, como en Bolivia o Argentina. Además con líderes y opciones menos grandilocuentes, que deben atender discusiones internas que van desde el respeto irrestricto a los derechos humanos, el feminismo, las discusiones LGBTI –Boric apoya el matrimonio gay y la legalización del aborto, mientras que Pedro Castillo (Perú) los rechaza de plano– y los diseños económicos alejados de modelos puramente estatistas; hasta la pureza de las relaciones internacionales.

Dos o más izquierdas

El intelectual venezolano Teodoro Petkoff escribía hace décadas sobre «dos izquierdas», como tituló uno de sus célebres libros. Allí marcaba diferencias entre los sistemas autoritarios y monolíticos más cerrados del comunismo hasta las experiencias de apertura socialdemócrata. Hoy las izquierdas tienen incluso más de dos caras distintas.

Gabriel Boric ha dado relieve a la defensa de los derechos humanos y ha acusado a Nicolás Maduro de haberlos violado; ha dicho claramente que ni Cuba ni Nicaragua son sus modelos, y en julio aseguró que su solidaridad estaba con el «pueblo cubano que se está manifestando» y no con el Gobierno; y en noviembre, tras el cuarto triunfo consecutivo de Ortega, aseguró en Twitter que su gobierno no respaldará ningún tipo de «dictaduras y autocracias, moleste a quien moleste». «Nicaragua necesita democracia, no elecciones fraudulentas ni persecución a opositores», afirmó entonces.

«Si bien los países pueden compartir un ciclo y un contexto en términos económicos, son marcadas las diferencias y cada caso tiene su insoslayable particularidad», sostiene Mercedes García Montero, directora del Instituto de Iberoamérica de la Universidad de Salamanca.

La investigadora ha escrito que el fin del «boom» de las materias primas ha tenido un impacto incuestionable en términos económicos y sociales, mientras que «en el terreno de los valores políticos, América Latina no ha escapado a la tendencia global de desarraigo con la política y de cuestionamiento de las élites políticas acuciadas por numerosos casos de corrupción».

Y a todo ello se suma el manejo de la pandemia de coronavirus, y la profundización de las desigualdades en todo el continente. «Las formas en las que las izquierdas han abordado esos ejes no solo es disímil. Es, en ocasiones, antagónica», opina Pablo Stefanoni, periodista y autor del libro «¿La rebeldía se volvió de derecha?».

El año que comienza promete la profundización del debate sobre el péndulo político latinoamericano, no solo por la evaluación de las gestiones de los actuales Gobiernos, como el de Boric que comenzará en marzo, sino por las elecciones presidenciales que se celebrarán en Brasil y Colombia.

En Brasil, uno de los países más poderosos de la región y el de mayor tamaño, el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva lidera las intenciones de voto muy delante del actual mandatario, Jair Bolsonaro. En Colombia, el favorito para las elecciones de mayo de 2022 es el izquierdista Gustavo Petro, aunque aún no se ha definido un candidato que se le enfrente.

Tanto Lula como Petro tienen larga carrera política, son referentes más que conocidos en sus países, por lo que no dan cuenta de una renovación política más allá de un eventual cambio de signo ideológico en el poder. En Argentina, Alberto Fernández se hizo presidente sostenido sobre el kirchnerismo y en Ecuador el candidato de la izquierda que intentó ganar lo hizo sobre los hombros de Rafael Correa. La izquierda marcada por el retrovisor.

En pleno proceso constituyente

Por eso, todas las miradas están sobre Boric en Chile, como representante de una nueva izquierda cuya frescura puede terminar por impulsar liderazgos alternativos en otros territorios o consolidar el contraste con Gobiernos de derecha, como los de Paraguay o Uruguay, que gozan de popularidad y buenos indicadores de gestión.

El reto no es poca cosa, pues Boric gobernará en medio de un proceso constituyente y sin mayoría en el Congreso. Lo segundo es una realidad que afrontan otros presidentes, como Pedro Castillo en Perú y ahora Alberto Fernández en Argentina.

Si el mandatario chileno lo logra, podrá dar la respuesta indirecta a lo que el escritor Diego Fonseca aseguró en un ensayo publicado en el diario «The New York Times» en septiembre, donde afirmó que la izquierda latinoamericana «mientras gobernaba buena parte de la región, probó que gusta de los Gobiernos fuertes, descree de los acuerdos y no tiene imaginación cuando se queda sin dinero».

El autor del libro sobre populismos regionales «Amado líder» agregó entonces que, salvo excepciones, «la izquierda latinoamericana no ha sido democrática sino autoritaria (...) No ha generado propuestas de crecimiento, solo de redistribución de la pobreza. No piensa el futuro desde el presente, vive pertrechada en un pasado rancio, encerrada en dogmas desde los que pontifica con superioridad moral» y jamás previó cómo administrar las expectativas sociales cuando el ciclo alzista de las materias primas se acabará dando como «países más pobres y con culturas políticas menos democráticas».