Mark Galeotti: “Putin empezó a perder el día que invadió Ucrania”

Este experto en Rusia cree que el único presidente que le ha cogido la medida al jefe del Kremlin ha sido Biden

Mark Galeotti, autor de "Tenemos que hablar de Putin"
Mark Galeotti, autor de "Tenemos que hablar de Putin" FOTO: La Razón La Razón

Mark Galeotti compara a Rusia con un palimpsesto, un manuscrito al que se ha borrado el contenido una y otra vez para escribir un texto nuevo. Un país a medio camino entre Asia y Europa, siempre considerado el “otro” y compuesto por una amalgama de etnias, sin fronteras naturales ni identidad única. Para desentrañar el misterio de una de las naciones más complejas del planeta, este especialista de Rusia en la facultad de Estudios Eslavos y de Europa del Este de la University College of London ha escrito dos pequeños pero reveladores libros, “Una breve historia de Rusia” y “Tenemos que hablar de Putin” (Capitán Swing).

-¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

-Creo que Occidente nunca ha sabido persuadir a Putin de que no tenía un plan demoniaco contra la soberanía rusa. Y él tampoco ha ayudado con esa insistencia por convencerse a sí mismo de la amenaza que suponía Ucrania. Otro factor que ha influido lo encontramos en el pasado, en la forma en que se desintegró la Unión Soviética y que dio lugar a una nación con fronteras artificiales de la era colonial; esa amalgama étnica siempre va a dar problemas. Por último, Putin está decidido a hacer historia y devolver Ucrania y Bielorrusia a la madre Rusia es su manera de lograrlo.

-¿Usted se esperaba esto? ¿Ha cambiado su percepción de Rusia?

-Le diré la verdad. Antes de la reunión del consejo de seguridad ruso que fue televisada, solo veía un 30% de posibilidades de que invadiera. Sobre todo porque ya estaba ganando, con las tropas en la frontera pero sin entrar. La economía ucraniana se estaba desplomando. Nadie quería invertir. Los líderes de todo el mundo iban a Moscú a hablar con él, incluso había presiones a Kyiv para que hiciera concesiones. Si de verdad fuera el estratega que el planeta creía, se habría detenido ahí. Como le ocurrió antes a muchos dictadores, se está convirtiendo en una caricatura de sí mismo.

-¿Cree que está consiguiendo lo que se proponía? ¿Estamos idealizando los medios occidentales la resistencia ucraniana?

-Sí, lo estamos haciendo en cierta medida porque nos han impresionado su valentía y determinación. Corremos el riesgo de exagerar sus victorias y pintar a los rusos como unos incompetentes, algo que no son. La estrategia de Putin se ha basado, fundamentalmente, en su propia visión de que, en realidad, Ucrania no es un país de verdad y que presionando un poco el régimen caería en dos minutos. Obviamente, no ha sido así. Lo que más ha sorprendido a Putin ha sido que ni siquiera los rusoparlantes han dado la bienvenida a sus soldados.

-¿Se puede decir quién va ganando en este punto?

-Los ucranianos van ganando solo por el hecho de que no estén perdiendo. Por otro lado, hay que reconocer que la guerra se está estancando. Ningún bando es lo suficientemente fuerte para derribar al otro ni tan débil que pueda ser derrotado. A largo plazo, creo que Ucrania se va a imponer porque está más unida. Su identidad nacional se está construyendo con esta guerra, que va a ser larga y muy sangrienta.

-En uno de sus libros explica cómo todos los gobernantes rusos han confiado en la mano dura como la única forma de controlar un país tan heterogéneo.

-Putin es un producto de lo que ha vivido. Ha visto el colapso de dos regímenes autoritarios, el de Alemania oriental y la URSS. Tiene un miedo atroz a lo que una masa enfurecida podría lograr. Lo curioso es que todos los gobernantes que han impuesto su autoridad han acabado depuestos de todas formas, ya sea a causa de una guerra civil o de una revolución. Puede que una de las lecciones que emerjan cuando Putin caiga, que lo hará, es que deben encontrar maneras de unir al país más allá de la represión. El jefe del Kremlin empezó a perder el día que invadió Ucrania.

-También cita a Tolstoi: “Rusia caerá o será transformada”. ¿Esto encaja en la situación actual?

-Totalmente. Un artículo en “The Atlantic” bastante malo instaba recientemente a EE UU a “desimperializar” Rusia para que cada parte que se quiera independizar lo pueda hacer. En cambio, en mis viajes por distintos rincones del país no he percibido esa voluntad de ruptura con Moscú sino, más bien, un deseo de que Rusia opere de verdad como una federación. Quizá esto sea lo que nos espera en la era post Putin.

-Parece que la historia no deja de repetirse.

-No puedo evitar pensar que Putin va a seguir los pasos del zar Nicolás II más que los de Pedro el Grande, con el que se compara en cuanto puede. Al comienzo de la Primera Guerra Mundial, una vez que el último zar vio que su régimen peligraba, se nombró a sí mismo comandante en jefe. Creía que iba a ser un paseo, una guerra corta y victoriosa de la que podría beneficiarse. En cambio, el conflicto fue de mal en peor al tiempo que su popularidad se desplomaba. No quiero decir que vaya a ocurrir lo mismo, aunque es cierto que Putin creyó que la invasión sería un paseo y ahora está atrapado en su propia guerra.

Cada vez morirá más gente y los efectos en la economía van a ser aún más catastróficos. El precio de los alimentos se disparará, igual que las cifras del paro. Solo este año está previsto un decrecimiento del PIB del 20%. Por todos estos motivos, los ciudadanos se van a enfadar cada día más. No estoy diciendo que Putin vaya a ser desalojado del poder con violencia. El zar cayó porque sus generales le convencieron de que debía irse. Veremos si se repite la historia.

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-Da la impresión que, de momento, hay una negación general de la guerra, como ocurrió durante la invasión de Afganistán.

-Bueno, no hay que olvidar que Putin ha eliminado cualquier vestigio de libertad de expresión en los medios de comunicación. El Estado trata de ocultar las cifras todo lo que puede, pero el 9 de mayo, el Día de la Victoria, el discurso comenzó a cambiar. Llevamos menos de 100 días de guerra y ya tenemos a 15.000 familias como mínimo que están de luto. Como se trata de un país de 144 millones, aún no se ha alcanzado ese punto crítico en el que, de pronto, no es un caso aislado. De un día para otro ya son varios los jóvenes del mismo pueblo que no vuelven a casa vivos. Ocurrió lo mismo en la guerra de Afganistán. Cuando la realidad se impone con toda su crudeza no hay vuelta atrás en el sentir de la gente. La burbuja de la propaganda estalla. Todavía no hemos llegado a ese momento, pero llegará.

-¿Cuándo calcula?

-Para mí el otoño será un momento decisivo. Será el turno de los nuevos reclutas y me parece que habrá muchos jóvenes que tratarán de librarse de hacer el servicio militar porque saben lo que les puede pasar.

-¿Está tan mal aconsejado el presidente ruso como parece?

-Nadie lo sabe. Lo que sí es público es que el círculo de personas de las que se rodea es cada vez más pequeño y más parecido a él. Antes de la guerra pudimos ver un consejo de seguridad que fue televisado y muy revelador. Quedó claro que la reunión no tuvo nada que ver con informar al presidente sino con que cada uno se retratara. Cuando el primer ministro, Mikhail Mishustin, se puso a hablar del impacto económico, la cámara mostró a Putin con cara de aburrido y jugando con el boli. Luego, cortó en seco al principal negociador para Ucrania y humilló ostensiblemente al responsable de Inteligencia exterior, Sergey Naryshkin.

-Nadie parece atreverse.

-Y cuando lo hacen, no les deja. No quiere oírlo. Pasó también con la presidenta del Banco Central, Elvira Nabiullina, una autócrata muy competente que trató de contarle lo que iba a ocurrir en una vídeo llamada. Putin la colgó. Directamente. Ha creado un sistema propio y aislado del resto lleno de medias verdades y fantasía. La mayoría de la gente que le rodea tiene su perfil: ex agentes del KGB o personas que conoció en San Petersburgo. Es el caso de Nikolái Pátrushev, que me da pánico. A su lado, Putin parece un pacifista.

-Se acaba de publicar que ha tenido cáncer. ¿Usted se lo cree?

-Llevo 25 años observándole y puedo decir que algo le pasa. Es un amante del control, de su cuerpo, su imagen, sus emociones... Y ahora vemos a un Putin muy diferente, tan hinchado, con esos tics y esos movimientos involuntarios, los ataques de ira... Lo que sí diría es que quizá se haya dado cuenta de que no tiene tanto tiempo para pasar a la Historia. De todas formas, en ningún caso el desenlace será inmediato.

-¿Qué líderes europeos le tienen cogida la medida?

-Sinceramente, el presidente Biden. Ha entendido que Putin es alguien extremadamente sensible a los halagos, muy vulnerable en términos de autoimagen. Cuando se vieron en persona, se dedicó a alabarle, a él y a Rusia, en público. Y luego en privado le lanzó serias advertencias. Es de los pocos que no vieron la situación en blanco o negro; hay que hablar con Putin y, a la vez, apoyar a los ucranianos. Es que la mayoría de líderes europeos se relacionan con él fijándose en sus votantes en casa. O, como Macron, están tan desesperados por ser los que solucionan la situación que se pasan de frenada.

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