Internacional

«Es la hora de las viudas rusas de 20 años»

Los rusos se preparan para la movilización militar total entre el miedo, el rechazo y la inevitabilidad de una situación inédita para las generaciones más jóvenes

Un sacerdote ortodoxo da la bendición a un gurpo de reclutas rusos en Volgogrado antes de partir al frente en Ucrania
Stu Cook, Tom Fogerty, John Fogerty y Doug Clifford
Un sacerdote ortodoxo da la bendición a un gurpo de reclutas rusos en Volgogrado antes de partir al frente en Ucrania Stu Cook, Tom Fogerty, John Fogerty y Doug Clifford FOTO: ap AP

«Estamos todos abrumados. El sentimiento general en el país es el de no entender lo que pasa y no saber qué hacer», confiesa a LA RAZÓN Serguei Quirillo, profesor en la facultad de Finanzas en una de las universidades moscovitas. Como decenas de millones de varones rusos, Serguei asume que la llamada de Vladimir Putin a la movilización parcial para la guerra en Ucrania es solo el primer paso antes de que se decrete oficialmente la total, y calibra en estas horas angustiosas cuáles serán sus próximos pasos.

«No tengo ya posibilidad de comprar un billete de avión, por lo que estoy calibrando por qué frontera terrestre poder salir de Rusia. Tomaré una decisión en las próximas horas. Aunque tengo a mi familia repartida en provincias, soy soltero y sin hijos y será más sencillo para mí marcharme. El jefe de mi departamento en la facultad nos ha dicho que ‘si la patria nos llama qué hacemos’, dándonos a entender que no habrá reservas para los profesores», admite a LA RAZÓN.

Más complicada es la situación de María Rozhkova y su marido, padres de dos niños pequeños de cuatro y dos años y residentes en el suburbio moscovita de Friázino. Las noticias de la llamada a la movilización parcial les llegan en unas breves vacaciones familiares en Turquía –el país no exige visados a los rusos y es, por tanto, uno de los destinos preferidos de las clases medias del país– antes del inicio del otoño. «Tenemos miedo y un sentimiento de odio hacia el Gobierno», admite a este diario la joven. El temor a que su marido, Igor, ingeniero industrial en Moscú, sea llamado a filas les obliga a pensar en las distintas posibilidades a su alcance para evitar ser llamado a filas. «Él no tiene ninguna experiencia en la guerra, pero a nadie le importa. Llaman igualmente a quienes tienen problemas de salud», relata.

«No sabemos si nos volvemos a Moscú. Si nos quedamos en Turquía, yo tendré que regresar a casa para hacer las maletas y traerme todo el dinero que pueda. No sabemos qué hacer. Ninguno de los dos puede teletrabajar. ¿Dónde vamos a poder ganar dinero? ¿Cómo vamos a vivir?», se pregunta, angustiada, la joven filóloga. Como tantos rusos jóvenes, todo su deseo es el de llevar una ordenada vida familiar y disfrutar –las veces que la economía doméstica lo permita– de escapadas a Europa, hacia la que, al contrario de lo que aconsejaría la propaganda gubernamental, no sienten hostilidad alguna. Se sienten víctimas de un guion sobre el que nadie les consultó y no están dispuestos a perder la vida en una guerra que no es la suya.

Con un estoicismo que es herencia de una trágica historia reciente, los rusos se preparan en estas horas para lo peor. Están convencidos de que la anexión a territorio de la Federación Rusa de las cuatro regiones prorrusas del oriente ucraniano, una vez que concluya el proceso iniciado con los referendos ilegales que se están celebrando en los últimos días, será el último paso antes de que el Kremlin decrete el estado de guerra. Y ello conllevará el cierre total de fronteras. «La movilización es total, pero las autoridades no han querido hacerlo público para dar la noticia poco a poco y evitar el rechazo y el pánico de la población», relata Serguei Quirillo. «La propaganda nos intenta persuadir de que luchamos contra la OTAN. Las élites se han degradado, no hay oposición, el sistema tiene niveles de eficiencia muy bajos. Al poder solo le queda el recurso a la movilización y al arma nuclear, que ahora sí creemos que puede ser empleada pronto», abunda con pesimismo el profesor universitario moscovita.

No todo el mundo, con todo, tiene la misma opinión ni está reaccionando de la misma manera. Una parte considerable de los rusos asume con resignación la llamada de la patria y cree que su país se ha visto arrastrado a una guerra total contra la OTAN. El moscovita Constantin Stepanov siente estar viviendo «un evento histórico y global sobre el que tengo poca influencia» y asegura que no se marchará de Rusia si es llamado a filas. «Lo incierto me da miedo, pero es un temor noble, no se puede escapar de él y te hace sentirte vivo. En todo caso, espero que la humanidad supere la próxima crisis y que la historia continúe», confiesa a LA RAZÓN.

Calma antes de la tormenta

«El ambiente en Moscú es extraño en estas últimas horas. Es como si viviéramos en un estado de calma antes de la tormenta», describe Stepanov. «Llevamos desde febrero en un estado de alucinación permanente», admite en condición de anonimato desde la capital rusa un ciudadano español empleado de un importante grupo de comunicación ruso. «Hay una situación de estrés acumulado en Moscú: la gente está cansada y quiere aferrarse a la esperanza en el futuro», explica Varvara Golubeva, joven moscovita empleada de una firma de productos cosméticos a este diario.

Las protestas contra el reclutamiento se han sucedido en las últimas horas en numerosas ciudades rusas con al menos 744 manifestantes detenidos, pero en ningún caso han sido multitudinarias. Decenas de miles de personas tratan de huir de territorio ruso en las últimas horas por algún punto de sus extensas fronteras terrestres, aunque la mayoría, que no podrá hacerlo, aguarda noticias con la intención de seguir haciendo, hasta donde se pueda, vida normal. «Todo está destruyéndose muy rápidamente. El proceso empieza hace años. Este es el cierre de una empresa que se llamaba Federación Rusa, que conlleva la anulación de sus potencias militares y existenciales», concluye Serguei Quirillo. “Ha llegado el tiempo de las viudas de veinte años».