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La excepción nórdica

El norte de Europa se mantiene como el último bastión de una socialdemocracia en crisis en el resto de la UE

  • Un cartel de la líder socialdemócrata, Mette Frederksen en el centro de Copenhague. Foto: Dreamstime
    Un cartel de la líder socialdemócrata, Mette Frederksen en el centro de Copenhague. Foto: Dreamstime

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15 de abril de 2019. 03:42h

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Pedro G. Poyatos 15/4/2019

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Tras los apuros de los socialdemócratas suecos para forma Gobierno tras unas elecciones en las que cosecharon su peor resultado en cien años, los vecino nórdicos miraban con especial interés las elecciones de este domingo en Finlandia. Y es que la izquierda confiaba en que un buen resultado en Helsinki impulsara también la vuelta al poder de los socialdemócratas en Dinamarca, que acude a las urnas en junio con los sondeos a favor de Mette Frederiksen, la joven líder que se hizo cargo del partido tras la derrota de la ex primera ministra Helle Thorning-Schmidt en 2015.

Lo cierto es que, a excepción de Noruega, donde desde 2013 gobierna una coalición entre conservadores y populistas, Escandinavia se ha convertido en la excepción en una Europa donde la socialdemocracia se bate en retira frente al auge de la derecha populista. En esta excepcionalidad política solo le acompaña la península ibeérica con sendos Gobierno socialistas en Portugal y España. El histórico SPD alemán lucha por su supervivencia frente a la competencia de la ultraderecha (AfD) y Los Verdes, mientras que el PS francés es una fuerza marginal en el Hexágono tras la llegada al poder de Emmanuel Macron en 2017

A diferencia de Finlandia, los socialdemócratas han sido una fuerza hegemónica en Noruega y Suecia durante gran parte del siglo XX, lo que les permitió poner en marcha un generoso Estado del Bienestar universal e igualitaria. Un logro que forma ya parte del ADN de la región y que han asumido tanto los partidos conservadores como las extrema derecha, que reclama más gasto social (eso sí solo para los nacionales).

El debate sobre la inmigración ha marcado la campaña electoral en Finlandia, que apenas cuenta con un 6,5% de población extranjera, y lo hará aún más si cabe en Dinamarca, donde el auge del extremista Partido Popular Danés (PPD) ha obligado a los demás partidos a endurecer su discurso. Y ése es el caso de los socialdemócratas de Frederiksen, que hablan abiertamente de establecer cuotas anuales para los refugiados.

El estrecho de Oresund no solo separa Dinamarca de Suecia, sino que divide a la clase política de ambos países sobre la actitud frente a la derecha populista. Mientras que en Estocolmo el resto de partidos ha establecido un “cordón sanitario” para aislar a los xenófobos Demócratas Suecos (DS), en Copenhague todos los Gobiernos liberales desde 2001 se han valido de su apoyo parlamentario para mantenerse en el poder.

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