África

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Oleada de protestas en Túnez, Senegal, Kenia y Sudáfrica

El deterioro democrático de las naciones implicadas ha motivado un aumento de las manifestaciones ciudadanas, que no siempre se desarrollan de manera pacífica

A police officer gestures as supporters of Senegalese opposition leader Ousmane Sonko demonstrate for the third consecutive day in Dakar, Senegal Thursday March 16, 2023. Authorities forcibly removed Sonko from his vehicle and escorted him to a court appearance, blocking his supporters from following and sparking unrest in several parts of the capital. (AP Photo/Stefan Kleinowitz)
Un policía patrulla las calles de Dakar durante los disturbios.ASSOCIATED PRESSAgencia AP

Una oleada de protestas sacude los cuatro puntos cardinales del continente africano. Desde Túnez, al norte, hasta Sudáfrica, pasando por Senegal al este y Kenia al oeste, miles de ciudadanos de los países señalados han salido a la calle en los últimos días para protestar contra sus gobiernos. Las causas del malestar son variadas: los recortes democráticos en Senegal, la corrupción descarada del Gobierno sudafricano, el malestar creciente por la debacle económica y social que sufren estas naciones desde hace meses, si no años...

Pero todas las protestas mencionadas se deben en una mayor o menor medida al deterioro democrático que se acusa en estos países. En Túnez, los manifestantes corean desde hace semanas el grito “libertad, libertad, abajo el estado policial”, mientras que el líder de la oposición keniana, Raila Odinga, ha convocado a sus seguidores para protestar, entre otros motivos, por la negativa del Gobierno a permitir una auditoría a la Comisión Electoral de Kenia, que se encuentra en el punto de mira político a raíz de las supuestas irregularidades cometidas durante las elecciones presidenciales de 2022. En Senegal, hogar de una de las democracias africanas más estables hasta la fecha, el núcleo vibrante de las protestas se aglutina en torno a una única figura: el líder de la oposición, Ousmane Sonko: héroe para algunos, populista para otros, azote de los intereses franceses en el país y un fuerte referente para la población joven. Hace meses que Sonko vive inmerso en una concatenación de procesos judiciales instigados por el gobierno senegalés, procesos cuyos seguidores opinan que han sido bosquejados con el fin de evitar que Sonko se presente a las elecciones presidenciales de 2024.

Miedo, furia y gas lacrimógeno

En Túnez, las protestas fueron convocadas hace dos semanas por la Unión General de Trabajadores de Túnez (UGTT), el sindicato con más fuerza en el país al contar con un millón de afiliados. La UGTT se catapultó a la Historia en 2015 tras ganar el Nobel de la Paz junto con los otros tres componentes del llamado Cuarteto para el Diálogo Nacional Tunecino, destacando sus esfuerzos para combatir de forma pacífica las medidas represivas impuestas a diario por el gobierno. En esta última oleada de protestas solicitaron a Kaïs Sied, presidente del país, que moderase su discurso, culpándole de utilizar un lenguaje “violento” que no hace otra cosa que dividir al país. Asimismo, la marcha por la capital tunecina exigía la liberación de las 20 figuras políticas arrestadas en el último mes, en lo que viene a ser un nuevo ejemplo del autoritarismo representado por la figura de Sied.

El caso tunecino sería una situación que los senegaleses pretenden evitar con movilizaciones como las que tuvieron lugar la semana pasada y que dejaron el jueves dos víctimas mortales a manos de la policía. El presidente senegalés, Macky Sall, sufre ahora una campaña de desprestigio donde se le culpa de establecer una política autoritarita e incluso directamente antidemocrática, sujeta gracias a la fuerza policial y su buena relación con los jueces. Cada vez que Ousmane Sonko es llamado a declarar en cualquiera de los juicios que tiene en marcha, Dakar arde y miles de simpatizantes toman las calles. Marta es una expatriada española que la semana pasada tuvo que refugiarse en un restaurante, cuando el barrio en el que vive se vio inundado de manifestantes que prendieron varias fogatas en la calle. Confirma el destrozo de propiedades públicas y privadas y transmite la sensación de hartazgo que sufren algunos de sus vecinos tras una semana de disturbios: “Hay gente que no apoya a Macky Sall pero que está cansada de la violencia que sigue a las manifestaciones, tienen miedo de que sus negocios sufran ataques”.

Entre los momentos más tensos en Senegal entra el instante en que Sonko fue agredido por una turba furiosa, algo que su equipo calificó de “intento de asesinato” tras ser necesaria la hospitalización inmediata del líder de la oposición. Sonko se encuentra envuelto en una variedad de procesos judiciales que van desde una acusación por difamación interpuesta por el gobierno hasta la denuncia de una masajista que aseguró ser víctima de abusos sexuales por parte del político. Hace meses que a Ousmane Sonko se le retiró el pasaporte para evitar su salida del país, pero todavía mantiene su puesto como alcalde de la ciudad sureña de Ziguinchor.

Kenia tampoco descansa desde las elecciones de agosto de 2022, mientras el líder de la oposición, Raila Odinga, parece dispuesto a dificultar en la medida de lo posible la presidencia de William Ruto. Tal es la fricción entre ambos, que Ruto increpó recientemente a su contrincante con un evidente enfado, diciéndole que “no puedes seguir chantajeando a un país”. Pero Odinga sacude la cabeza, no se da por aludido y convoca más protestas en el mes de marzo, ya sea por la negativa a la auditoría de la Comisión Electoral, por el encarecimiento del costo de vida o por la elevada tasa de paro juvenil que afecta a los kenianos. Las protestas se desarrollaron en Nairobi con la quema de barricadas a pie de calle, cargas policiales, disparos de gas lacrimógeno y detenciones entre los manifestantes.

En Sudáfrica hay quienes piensan que la permanencia de Cyril Ramaphosa en el poder es sencillamente inaceptable. El presidente del país fue el centro de los escándalos al descubrirse 580.000 dólares escondidos en el sofá de su rancho, pero además se le culpa de la elevada tasa de paro, la corrupción reinante en su partido (el ANC, el mismo que dirigió Nelson Mandela en la década de los 90) y la retahíla de apagones eléctricos que sufre el país desde hace meses. Así, la tercera fuerza política sudafricana, los Marxist Economic Freedom Fighters, ha organizado para este lunes una jornada de protestas en todo el territorio nacional, un “apagón nacional” para exigir la dimisión de Ramaphosa y que ya contaba con 87 detenidos en las 24 horas previas a su inicio. Las tiendas de las principales localidades han cerrado por temor a los pillajes, mientras 3.000 militares han sido desplegados en Johannesburgo con el fin de garantizar el desarrollo pacífico de las manifestaciones. Nadie ha olvidado por aquí las tensiones vividas tras el arresto del ex presidente Jacob Zuma en 2021, cuando los niveles de violencia se dispararon tras una semana de protestas y 354 personas fallecieron.

Igual que la lucha por la democracia era un motivo común en las manifestaciones, ocurre algo similar cuando la brutalidad policial se enzarza en ellas con el furioso hartazgo de quienes protestan (las pedradas a la policía son casi una firma de los manifestantes en Senegal), mientras las intenciones pacíficas de una mayoría de la población se ven supeditadas por los arrebatos de violencia que acaparan el foco mediático. Lejos de empapar el mensaje que se pretende transmitir, la violencia, y no otra cosa, se convierte en la protagonista de la jornada, relegándose las causas a un segundo plano debido a las formas utilizadas. No dejan de ser dinámicas orquestadas, en el caso de Senegal y de Kenia, por líderes de la oposición irresponsables, tintados de populismo y que anteponen sus intereses políticos a la estabilidad social. Ya sean Raila Odinga en Kenia, cuando culpa al que lleva apenas cinco meses en la presidencia de los problemas que arrastra el país desde hace décadas, o el senegalés Sonko cuando sus abogados posponen las comparecencias ante el tribunal para prolongar el enfado de sus seguidores.

En un batiburrillo de gobiernos con tendencias autoritarias y opositores que toman el papel de agitadores, en estos acontecimientos brilla la responsabilidad política por su ausencia, y las manifestaciones derivan en un goteo de muertes anuales (o avalanchas de fallecidos, como los 1.200 muertos contabilizados en las protestas tras la elecciones de Kenia en 2008) que desvalorizan las vidas africanas en lugar de darles el precio que merecen. Y todo sigue igual, o peor que antes.