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Trump fulmina también a su asesor de Seguridad Nacional, John Bolton

Era considerado un “halcón”, inspirador de la línea dura en política exterior del presidente

  •  Donald Trump escucha a su ya excolaborador en el Despacho Oval, en una imagen de archivo/Reuters
    Donald Trump escucha a su ya excolaborador en el Despacho Oval, en una imagen de archivo/Reuters
Nueva York.

Tiempo de lectura 4 min.

10 de septiembre de 2019. 19:16h

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Julio Valdeón.  Nueva York. 10/9/2019

Donald Trump ha despedido a su secretario de Seguridad Nacional, John Bolton. Como es habitual en Casa Trump, la noticia la dio él mismo, vía redes sociales. «Anoche», escribió el presidente en Twitter, «informé a John Bolton de que sus servicios ya no son necesarios en la Casa Blanca. No estaba de acuerdo con muchas de sus sugerencias, al igual que otros en la Administración, y por lo tanto le pedí a John su renuncia, que me fue dada esta mañana. Agradezco mucho su trabajo. La próxima semana nombraré un nuevo Asesor de Seguridad Nacional»,

Tampoco puede afirmarse que la noticia haya sorprendido excesivamente. Bolton, partidario de la mano dura, apostaba por convencer al presidente de la necesidad de marcar territorio. Como en sus mejores días al frente de la delegación estadounidense en Naciones Unidas, conjuraba la bondad de moverse en el filo del precipicio. Si no había entrado en política para esparcir salmuera sobre unas relaciones internacionales que consideraba podridas, mucho menos iba a transigir ahora, en el otoño de su carrera, con la retórica pactista de las palomas.

Entre sus objetivos dilectos, entre las causas que siempre apoyó, figuraba Irán y la necesidad de un ataque relámpago como represalia al dron derribado. También era partidario de estudiar una intervención militar en la ahogada Venezuela del tirano Maduro. Incluso figuraba entre los pocos analistas convencidos de que, tarde o temprano habría que bombardear las instalaciones nucleares norcoreanos. Pero por quirúrgico que fuese el ataque, nadie en el Pentágono parecía compartir su entusiasmo.

Termina así la carrera política del hijo del bombero, natural de Baltimore, Maryland, que estudió en Yale y se enroló en la Guardia Nacional para evitar morir en una húmeda jungla de la vieja Indochina. Abogado de cierto éxito, Bolton cultivó desde la adolescencia la pasión por la política. Fue monaguillo con Goldwater, cuando apenas tenía 16 años, mientras en Estados Unidos prendía la beatlemania y se gestaba la gran revolución cultural de los sesenta. A partir de los años 80 no dejó de ocupar puestos decisivos en las administraciones republicanas. Primero con Ronald Reagan y posteriormente con George W. Bush.

Trabajó en el Departamento de Estado y el de Justicia. Fue asistente del fiscal general bajo el gobierno del actor reciclado en artífice del fin de la Guerra Fría. Aislacionista convencido, estaba seguro de que Naciones Unidas, donde dejó una huella imborrable, era un organismo caduco, inservible, corrupto, y que cualquier intento de establecer una suerte de justicia internacional debía atacarse con saña. Desde el 9 de abril de 2018 ha servido al servicio de la Casa Blanca, con la conciencia sostenida, casi indestructible, de que le correspondía atar en corto a los apóstoles del diálogo.

Bolton es ya el tercer secretario de Seguridad Nacional a las órdenes de un Donald Trump cuya facilidad para prescindir de los suyos recuerda por momentos a los de aquellos constructores reciclados en presidentes de equipos de fútbol. A fin de cuentas, durante sus años como estrella de los programas de telerrealidad, su grito de guerra, su lema, mote y divisa fue un enérgico «You´re fire!» («¡Estás despedido!») que hacía las delicias del respetable.

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