Internacional

Trump se prepara para dos años de combate político hasta 2020

Desde el Congreso los demócratas aspiran a ser alternativa pero corren el riesgo de reforzar el victimismo del magnate.

Desde el Congreso los demócratas aspiran a ser alternativa pero corren el riesgo de reforzar el victimismo del magnate.

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«No vamos a levantar un muro. ¿Alguien tiene alguna duda de que no vamos a hacerlo? Eso es todo». Con estas palabras, dirigidas a la yugular de Trump, inauguraba Nancy Pelosi los dos próximos años en Washington. Dos años que se esperan frenéticos. A mitad de camino de la urgencia por lograr acuerdos y la exigencia por transformar al oponente ideológico en enemigo íntimo, salía Pelosi de la Situation Room, convocada junto al resto de líderes de las cámaras legislativas para intentar desatascar el bloqueo de la Administración federal, cerrada por falta de acuerdo presupuestario desde hace casi dos semanas.

Pero Trump advierte de que no habrá firma mientras la oposición demócrata no libere los fondos imprescindibles para el muro. El presidente incluso asegura que está dispuesto a declarar el estado de «emergencia nacional» para construir la valla fronteriza con México sin la aprobación del Congreso. Esa colosal obra de ingeniería, que ya existe en partes de la fronteran sur, transformada en tópico esencial de cualquier discusión y emblema máximo de sus políticas.

Basta con leer los últimos tuits presidenciales. En el primero afirma que los demócratas «podrían resolver el problema del cierre en muy poco tiempo». Solo necesitan dar el visto bueno a «la Seguridad Fronteriza REAL (incluido un Muro), algo que todos, con excepción de los traficantes de drogas, traficantes de personas y delincuentes, quieren. ¡Sería tan fácil de hacer!». Poco después añadía que su idea del muro concita el apoyo de todo el espectro político y añadía que no le «importaba» que «la mayoría de los trabajadores que no reciben su pago sean demócratas».

Sería el precio inevitable de una frontera impermeable. Mantendrá el bloqueo «durante días, semanas, meses, incluso hasta las elecciones de 2020 si fuera necesario».

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Tropiezo demócrata

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Pero resulta insostenible creer que este gobierno y este Congreso sobrevivan con 9 agencias federales cerradas desde el pasado 22 de diciembre. Como explicaba un informe reciente publicado por la cadena NBC, 450.000 trabajadores públicos estarían trabajando sin paga y otros 380.000 habrían sido enviados a sus casas. Entre los servicios que permanecen cerrados la NBC contabilizaba los museos de la red Smithsonian, la Galería Nacional de Arte y el Zoo de Washington, muchos parques nacionales, la práctica totalidad del IRS (equivalente a nuestro ministerio de Hacienda)... El cierre de una parte de la administración, que Trump pretende rebautizar como «la huelga», así como la gran batalla por el muro, que por cierto ya no parece requerir de la financiación de México, responden a una situación inédita: la de un presidente que por vez primera en su mandato enfrentará una cámara legislativa de signo contrario y un Congreso que espera ávido las conclusiones del fiscal especial sobre la trama rusa, Robert S. Mueller, para decidir si da el pistoletazo de salida al temido y temible «impeachment».

El catálogo de armas a disposición de los demócratas no acaba con el informe que presente el ex director del FBI: desde que revertió la mayoría republicana en el Congreso la bancada bajo el mando de Pelosi podrá indagar en las hipotéticas relaciones de la campaña presidencial con el espionaje ruso, las posibles obstrucciones a la justicia y hasta las cuentas del presidente a través de los distintos comités de los que dispone la Cámara.

Se trataría de una guerra que empieza, antes que nada, en el seno del propio Partido Demócrata. Lo demuestran las explosivas palabras de la congresista por Michigan, Rashida Tlaib, que en plena celebración por su escaño, rodeada de amigos y colaboradores en un bar de Washington, juró que «aplicarán el impeachment al hijo de puta». Palabras gruesas que llegaron hasta la Casa Blanca y que provocaron que Trump preguntase al respecto a Pelosi. Ufano y desafiante, el presidente, recién salido de la reunión con los congresistas, explicó ante la prensa que «Le dije [a Nancy Pelosi]: ‘‘¿Por qué no usas esto para impeachment?” Y Nancy respondió: ‘‘No estamos tratando de impugnarte”». En Twitter ya se había preguntado «¿Cómo se impugna a un presidente que ha ganado quizás las elecciones más importantes de todos los tiempos, que no ha hecho nada malo?».

Posiblemente los demócratas no se atrevan a dar un paso que amenaza con reforzar el discurso victimista del presidente. Por si acaso y en previsión de unos meses que se presumen indómitos ya apuntan los primeros nombres de posibles candidatos a la carrera presidencial. Empezando por los clásicos, como el ex vicepresidente Joe Biden, al que Obama, en un ejercicio de miopía política, frustró en su día la posibilidad de ser rival de Trump. Preguntada por «Los Angeles Times», la veterana senadora por California, Dianne Feinstein, proclamó que apoyaría sin dudarlo a quien desde los círculos más izquierdistas del Partido Demócrata se mira con recelo por blanco, varón, heterosexual, viejo y etc. «Tiene la experiencia y la fuerza. Trabajé con él de cerca en varios asuntos distintos. Tengo un gran respeto por su integridad personal y su capacidad». Otro que previsiblemente regrese sea el impetuoso y populista Bernie Sanders. Pero hay más. Por ejemplo la polémica Elizabeth Warren, que ya anunció su intención de competir y a la que Trump ha descrito una mil veces como Pocahontas: resulta que Warren siempre presumió de tener sangre india y cuando finalmente se hizo un test a tal efecto sus genes de ascendencia indígena representaban entre menos del 1,6% del total. Una ridiculez, claro. Warren respondió a las redobladas burlas del presidente acusándolo de misógino. Nadie entre sus partidarios parece haberle reprochado el postureo identitario. Pero quién sabe si no acabará por costarle caro en las urnas en 2020.

Y que nadie descarte, por sorprendente que pueda parecer, a la mismísima Hillary. Ni por supuesto a príncipes emergentes como Beto O’Rourke, que a punto estuvo de dar la gran sorpresa en su carrera contra Ted Cruz.