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¡Se han dicho tantas cosas sobre mí!

La Duquesa de Alba, Cayetana Fitz-James Stuart y Silva en el Palacio de Las Dueñas en Sevilla, en una imagen de archivo.
La Duquesa de Alba, Cayetana Fitz-James Stuart y Silva en el Palacio de Las Dueñas en Sevilla, en una imagen de archivo.larazon

En sus memorias «Yo, Cayetana», se describe como una mujer libre y sin ataduras, con momentos de soledad y misterio. Con artículos de Francisco Marhuenda, Ana Botella, Javier Arenas, Micaela Navarro y Carlos Amigo Vallejo. ►Legado: El reparto de la herencia ► Genealogía: La historia de la Casa de Alba ► Autobiografía: «Soy Cayetana, Cayetana de Alba ► Matrimonio: Las tres bodas de Cayetana ► La última entrevista con LA RAZÓN ► Prensa internacional: medios de todo el mundo se hacen eco de la noticia

Soy Cayetana, Cayetana de Alba. Tengo otra media docena de nombres y unos cuantos títulos. A menudo se ha escrito que poseo más que ningún otro noble en el mundo. Tal vez, puede ser. En todo caso, que escriban lo que quieran. ¡Se han dicho tantas cosas sobre mí! Unas pocas, verdaderas; otras muchas, falsas; y bastantes, simplemente bobadas. De todos los nombres que mis padres eligieron para mí –ocho o nueve–, el de Cayetana es el que más me gusta y el que siempre he usado. También me encanta Eugenia. Este nombre se lo debo a la emperatriz Eugenia de Montijo, mi tía bisabuela. El nombre de Alfonsa, que también llevo, me gusta menos. Sin embargo, le tengo aprecio porque me lo pusieron por mi padrino, el rey Alfonso XIII, al que tuve muchísimo cariño y del que conservo tan buenos recuerdos. Respecto a mis títulos, me quedo con el de XVIII duquesa de Alba. Sólo dos mujeres lo hemos llevado en seiscientos años; las otras fueron, en realidad, duquesas consortes. Mi predecesora fue la XIII duquesa de Alba, una mujer muy admirada por mí.

Mi padre, Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, fue el XVII duque de Alba y un gran hombre. Nací en el Palacio de Liria, a las 1:45 de la madrugada del 28 de marzo de 1926. Sé la hora exacta porque está escrita en varios documentos de la Casa de Alba. Y en alguno de los archivos está guardada también la prensa de la época cuando dio cuenta de mi nacimiento. Esa noche de marzo, mi padre había invitado a cenar en casa a tres de sus mejores amigos: el doctor Gregorio Marañón, que también era un magnífico escritor; el filósofo José Ortega y Gasset; y otro escritor, Ramón Pérez de Ayala. Hoy en día puede parecer muy raro que mi padre tuviera invitados precisamente la noche en que mi madre, María del Rosario Silva y Gurtubay, estaba a punto de dar a luz.

Creo que buscaba una forma de distraerse, de no pensar en lo que estaba sucediendo en la habitación de su mujer. Eran otros tiempos. Seguramente influyó su compostura en su decisión de invitar a sus amigos ese día: él jamás se habría consentido a sí mismo pasear de un lado a otro de la habitación esperando el acontecimiento o mostrar sus nervios... aunque yo fuera su primera hija y él ya un señor maduro, cercano a los cincuenta años. Mi madre, en cambio, tenía tan sólo veinticinco. Seguramente, papá prefería estar con sus tres amigos hablando de temas sesudos que pendiente de lo que sucedía en la habitación de al lado, porque, pese a su temple, no podía olvidar que mi madre había sufrido ya dos abortos en los seis años que llevaban casados.

Mi padre me contó que estaban justo con los licores cuando yo nací. Antes, habían estado cenando en el primer piso. La distribución de Liria, aunque parecida a la actual, era distinta en aquel momento. Como mucha gente sabe, el palacio fue bombardeado por los nacionales durante la Guerra Civil y destruido por dentro completamente, tiempo después, por los milicianos. La noche de mi llegada a este mundo, los invitados de mi padre iban vestidos de chaqué, como era la norma entonces. No recuerdo que me contara de qué hablaron exactamente, pero tal vez fuera de política, pues lo cierto es que tanto Pérez de Ayala como Ortega y Gasset y el doctor Marañón eran entonces más protestones y críticos con la monarquía de mi padrino Alfonso XIII que mi padre, un hombre totalmente entregado al rey, del cual, además, era amigo. Desde hace seis siglos, así ha sido siempre: los Alba junto a la monarquía.

Sí recuerdo que mi padre me contó que, durante la cena, el mayordomo les informó de que mi madre se había puesto con dolores de parto. Llevaba todo el día molesta, así que no le sorprendió. Como es natural, él no iba a despedir a sus invitados y, además, entre aquellos caballeros estaba el eminente doctor Marañón. (...) El doctor Marañón pasó luego a visitar a mi madre. Estaba débil, pero se encontraba muy bien, y la felicitó. También me examinó a mí, dormidita en la cuna, entre las sábanas de hijo y encajes que mi madre y mi abuela habían ordenado preparar con mucha antelación. Estaba claro que el bebé del duque de Alba y de su mujer era un hijo deseado.

En aquellos tiempos no estaba bien visto que los hombres acudieran a los dormitorios de sus mujeres durante los partos, así que mi padre y sus amigos continuaron cenando. Cuando estaban con los licores, el mayordomo entró en la sala y le anunció que yo había nacido: «Es una niña». En ese momento, mi padre exclamó: «¿Es una niña? Pues mejor. ¡Me alegro de que sea una niña!». Así me lo contó mi padre y así lo he recordado siempre. Nunca tuve ni el más mínimo motivo para no creerle, para pensar que hubiera preferido un niño, dado, además, lo importante que fue él en mi vida y yo en la suya. ¡Y cómo me educó! Con la misma o mayor severidad que si hubiera sido un chico. Aunque lo cierto es que mi madre y el resto de miembros de la familia esperaban un niño.

(...) No recuerdo en qué momento asumí que era la XVIII duquesa de Alba, la segunda mujer –después de mi querida Teresa Cayetana, la del retrato de Goya– en llevar ese título. Realmente, nunca he tenido esa conciencia... ¡y la de veces que me lo han preguntado a lo largo de mi vida! Se nace con ello, no se registra, no figura entre mis recuerdos, ni en los primeros, ni en los segundos... ni en los últimos.

Me bautizaron el 17 de abril en el Palacio Real. Me llevaron hasta allí en carroza, una costumbre muy usual en esa época. Las mulas que tiraban de nuestra calesa iban bellamente enjaezadas. Unas mantas preciosas, con la A de la Casa de Alba bordada, me arropaban.

Mis padrinos fueron el rey Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia –la reina Ena–, que tuvieron esa deferencia para con mi familia. Cuentan que para la ocasión se trajo la pila bautismal de Santo Domingo de Guzmán –una pila que sólo se utiliza para bautizar a los reyes y que se encuentra en el convento de las madres dominicas de la calle Claudio Coello, en Madrid–. Esto se ha recordado después, cuando se ha escrito sobre mí, pero yo jamás lo he oído en casa. Debo decir que los reyes actuaron como padrinos míos en ocasiones duras de mi vida, demostrándome siempre un enorme cariño.

Alfonso XIII era tierno y amable. En casa siempre se contaba una anécdota del último verano que pasó en Santander. Estábamos en un barco con el rey, supongo que camino de La Magdalena, el palacio en el que veraneaban y donde nosotros los visitábamos. Mi padre se alojaba allí cada verano en el mismo dormitorio... Íbamos a desembarcar y mi padrino me llevaba de la mano. Debió de sorprenderme ver a mucha gente en el muelle y exclamé: «They are waiting for us!». Lo dije en inglés: «¡Nos están esperando!». Yo debía de sentirme como una princesa, allí, cogida de su mano... Todo el mundo se echó a reír, incluido el rey. Hablábamos a menudo en inglés, creo que como deferencia hacia la reina Ena, escocesa de nacimiento y nieta de la reina Victoria del Reino Unido.

Siempre me contaron que mi madre –a la que todo el mundo llamaba Totó– era muy guapa, y ésa fue una de las razones por las que mi padre se enamoró de ella. Era una belleza morena, de pelo rizado, de carácter muy alegre. Yo heredé sus rizos –aunque no el color–, una característica que me causó no pocas tensiones con mi padre, empeñado en que lo llevara liso y a lo paje. Mis padres se llevaban veintidós años y siempre he pensado que la alegría y la simpatía que todos dicen que tenía mi madre eran para él una inyección de vitalidad. De ella también he heredado una gran parte de esa vitalidad.

(...)Si entorno los ojos, lo primero que acude a mi mente no son situaciones muy felices. Mi madre está tumbada en su habitación, en la cama. También la puedo vislumbrar en el jardín o en el campo, pero siempre acostada. Recuerdo que en una ocasión entré en su habitación, deseando estar con ella, y, de pronto, cogió lo que creí que era un bolso que tenía sobre la cama, seguramente lo que encontró más a mano, lo arrojó contra mí y me ordenó que saliera de su habitación inmediatamente. Revivo aún mi infantil perplejidad. Luego, con los años, me explicaron que estaba muy enferma, que no podía acercarme a ella porque no quería contagiarme. Me costó comprenderlo, era demasiado pequeña, pero no me quedó otro remedio.

Transcurrió mucho tiempo hasta que entendí que padecía tuberculosis, y, para entonces, ella ya no estaba. Fue mala suerte: a mi madre no la salvó la penicilina por muy pocos años. Murió en enero de 1934, cuando yo contaba siete años. Ocurrió inesperadamente. Acababa de regresar del sanatorio de Suiza en el que pasaba largas temporadas para tratarse su enfermedad y estaba bastante bien. Sin embargo, un catarro lo empeoró todo. Mi padre organizaba viajes para alejarme de ese ambiente de enfermedad, pero también porque él, como el gran político y amante de la cultura que era, siempre tuvo muy claro la importancia de ver mundo, viajar y conocer otras culturas, en muchos casos incluso más decisivo para la formación de una persona que los estudios. Algunos de mis hijos –Jacobo, por ejemplo– han heredado ese espíritu viajero de su abuelo y de mí.

Aunque los recuerdos de mi infancia tienen un matiz doloroso, no tengo conciencia clara de haber sido una niña alicaída, arrastrada por esa tristeza. No recuerdo nada del entierro de mi madre, ni lágrimas en casa... supongo que los niños se defienden ante esas situaciones.