Ciudad busca caudillo

El alcalde de Cádiz, “Kichi” / Foto: Efe
El alcalde de Cádiz, “Kichi” / Foto: Efe

Mi gaditano de cabecera es un sevillano con raíces de Valladolid, bastante malaje, con una mente cartesiana que se diría egresado de la Universidad de Heidelberg y una lengua aguda que pronuncia sin filtro lo que le emana del cerebro. El cariño a la Tacita le viene por vía de su familia materna y observa a sus (medio) paisanos con ojo más de antropólogo cabrón que de apologeta romántico, que también lo es cuando se deja llevar por el sentimentalismo. Se dolía lo mismo con las mayorías absolutas a repetición del PP que con la fascinante reedición del triunfo del comunismo más atrabiliario y, aficionado como es al Carnaval, ha concluido que la rebeldía de los de allí empieza y termina con las coplas. «Si Napoleón no entró en Cádiz fue por el hostigamiento de la escuadra inglesa a sus tropas. Lo de las bombas y los fanfarrones es un tanguillo compuesto mucho después, una mascarada inventada por alguien no estuvo allí. Como esos pasodobles salvajes contra el Ayuntamiento que el público del Falla aplaude hasta que le arden las manos, las mismas que luego agarran la papeleta del alcalde criticado. Aquí la gente quiere un caudillo que acepte las bromas, o que finja hacerlo, y que mande a su antojo para así ahorrarse el esfuerzo de pensar: da igual Fermín Salvochea que Ramón de Carranza y es lo mismo Teófila que Kichi. ¿Cuna de la libertad? Es una expresión atinada porque el constitucionalismo español nació en Cádiz, cierto, pero todos los parteros vinieron de fuera». Con esa crudeza espeta C. su diagnóstico demoledor y, en verdad, es complicado rebatirlo a la luz de unos resultados electorales que desmienten minuciosamente la percepción que tienen de sí mismos los vecinos de una ciudad tan maravillosa como decadente. Tan acogedora como ensimismada. Tan paradójica como la vida misma.