Literatura

El cura que bautizó a los genios

De Carlos Muñiz Romero, sacerdote nacido junto a la Raya portuguesa, rondaba por casa una edición casi desencuadernada de «Abderramán aupado a un dromedario», un desternillante cuento que se completaba con los «Otros relatos cordobeses» mencionados en el subtítulo. Este servidor de ustedes, amante de la lectura pero medio bruto, desconocía que el simpático jesuita al que tuvo la ocasión de escuchar en el colegio Porta Coeli, ya bien avanzada la adolescencia, era el acuñador del feliz término «narraluces», con el que englobó a los mejores escritores que dio esta tierra en la segunda mitad del siglo veinte: a Berenguer, Grosso, Quiñones, Ferrand, Caballero Bonald... resulta que los bautizó el más desenfadado del grupo, un siervo de la Compañía que anteanoche se murió en Málaga. ¡Lo tarde que se entera uno de ciertas cosas por vivir apartado de los círculos culturetas! Es curioso que la Junta, tantos golpes de pecho como se da en su reivindicación del «talento andaluz» (como si al talento pudieran ponérsele límites geográficos), jamás haya hecho bandera con esta irrepetible generación de novelistas que, perdonarán la osadía, llevó la literatura en español a un nivel de excelencia que sólo tiene pie de comparación en los hispanoamericanos del «boom»: y hasta puede que le arranquen el empate. Que baje Borges a negar, si se atreve, que Juan Lobón u Hortensia Romero no son personajes complejos, la Humanidad misma, a la altura del Rodríguez de Francia retratado por Roa Bastos o del Juan Preciado de Rulfo. En esta tierra no falta gente excepcional, sino que sobran instituciones mediocres incapaces de abandonar su ciénaga de sectarismo y pequeñez. Esperen sentados a que alguno de los candidatos en campaña diga una palabra sobre Muñiz Romero. ¡Y venga esos asesores a mirar la Wikipedia!