Keith Richards: Dead man walking

En julio de 1998, en las vísperas de aquella primera noche que los Rolling Stones iban a actuar en Andalucía, Keith Richards ya traía puesta la caída del cocotero de las Islas Fiyi. Esta ridícula causa le dio para suspender parte de una gira y sembrar las dudas en la fiabilidad comercial del grupo, hasta entonces incontestable. Apartadas las drogas, ahora atacaban las goteras, los achaques y hasta la artritis. La banda es una multinacional con un consejero delegado que, con un diamante incrustado en una paleta, va en mallas, berreando rock ante miles de personas. Las suspensiones, por salud o por celos, son caídas en la cotización. Este guitarrista debería ser noticia por estar vivo, una exclusiva de 24 horas al día: «Dead Man Walking».

Lo del cocotero, visto con cierta perspectiva, nos trae un aire ridículo. Los Rolling Stones son una multinacional que también comercia con debilidades y vicios humanos. Al llegar al soleado aeropuerto de Málaga, Keith se bamboleaba, andaba al compás del bourbon, con un sombrero de músico callejero en la chorla. En la mano traía algo parecido a una makhila, el bastón tradicional vasco, emblema del poder. El estrafalario viajero era, ¡cuántas magníficas trolas!, quien todavía cuenta que «I can't get no (Satisfaction)» la alumbró en un sueño. Al despertar agarró la Fender y allí estaba, un himno generacional recién salido de las sábanas.

Mucho antes de esta visita para el show, Richards ya había conocido la primera Costa del Sol de los sesenta. Marbella o Torremolinos fueron pista de lanzamiento (o aterrizaje) a sus incursiones en la promiscuidad de Tánger, donde grabaron, entre cachimbas, la morería de «Paint It Black».

Por su multitudinario concierto del Puerto de Málaga, el grupo pasó tres días en el hotel Byblos de Mijas, rodeado del periodismo local que rutinariamente contaba el número de toallas, las mesas de ping pong y los precios de las habitaciones. Datos apasionantes.

Preguntado por la nacionalidad, el guitarrista de los Rolling Stones contesta como Humphrey Bogart en Casablanca. «¿Nacionalidad? Borracho». La suya es una vida centrifugada de «soirées», orgías desganadas, camellos devotos, músicos enloquecidos por el éxito y aviones sin destino fijo. Conoció a Jagger camino del colegio, en su pueblo de los alredores de Londres. Era un niño con un sombrero vaquero de Roy Rogers, del que sobresalían las orejas. De adolescente, ya bastante desarrapado, escupía en su propia cerveza para probar a aquellos que tuvieran la tentación de beber. La prensa lo dio por acabado en 1977, cuando fue arrestado en Canadá por tráfico de heroína. La noche de autos estaba tan ido que la Policía acudió más a despertarlo que a detenerlo. En las últimos años, Keith se empeña en repetirse, monocorde, añadiendo frases guerrilleras. Una: «Elton John dedicó 'Candle in the Wind' a Marilyn Monroe. La misma melodía la usa para 'Good Bye, English Rose' y se la dedica a Diana de Gales. ¿La misma canción sirve para cualquier rubia muerta?». Otra: «Yo nunca he tenido problemas con las drogas. Mis problemas siempre han sido con la Policía». Cumplirá 70 años en diciembre.