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La coronación intemporal del Rocío

  • La Virgen del Rocío procesionó por las calles de la aldea almonteña de El Rocío con motivo del Centenario de su Coronación Canónica / Foto: EFE
    La Virgen del Rocío procesionó por las calles de la aldea almonteña de El Rocío con motivo del Centenario de su Coronación Canónica / Foto: EFE

Tiempo de lectura 4 min.

14 de septiembre de 2018. 21:01h

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Lucas Haurie 15/9/2018

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Hay mucho de verdadero en eso del carácter sagrado de la aldea de El Rocío. «Más que mucho de verdadero, habría que decir mucho de palpable, de evidente», corrige reiteradamente Tomás, un sevillano de 56 años que suele ser «romero por libre» y a quien nunca dejarán de asombrar «estas coordenadas de fervor ancestral» en una comarca tan mariana como mitológica. Eufórica y piadosa, afrodisíaca y devota, la grey rociera hace tiempo en los momentos antes de la salida de la Virgen. Es casi otoño. Ha empezado a ponerse el sol, se levanta la brisa de la marisma y no hace ni frío ni calor. «La noche va a ser larga», avisa Tomás.

La Blanca Paloma sale en procesión extraordinaria para celebrar su coronación. En realidad, ahora da comienzo un año de festejos para conmemorar el próximo 8 de junio de 2019 los cien años transcurridos desde que el cardenal de Sevilla, Enrique Almaraz y Santos, coronó a la Virgen en la misma aldea, cumpliéndose una suerte de ritual sagrado de una tierra donde, según defienden algunos, hubo altares anteriores a Venus y Astarté.

Menos tiempo, sin embargo, hace de su última salida extraordinaria, cinco años, en la celebración del bicentenario del Rocío Chico. Fue un 19 de agosto. Del ferragosto al día de la Virgen hay no pocas uvas. «Entonces hizo bastante más calor», recuerda José Manuel, que es uno de los cerca del medio de millón de devotos que se ha acercado a la aldea para estar esta noche con su «reina».

A José Manuel apenas le molesta el dedo gordo, la gota, en comparación con el que le provoca el camino a pie de cada Pentecostés desde Villamanrique de la Condesa. Como cientos de peregrinos, José Manuel va dirigiéndose al Real conforme se acerca la medianoche. Ya hay almonteños en la reja. «A estos no los va a hacer esperar ni el Rosario». Desde el eucalipto se percibe la competición de ser el primero de llevar en los hombros a la Patrona. La pelea es silenciosa, telúrica, antigua. Pero empieza la ceremonia y se para el tiempo.

La distorsión del paso del tiempo es algo que recurrentemente se asocia a la agitación espiritual. En esta noche de verano tardío se percibe éxtasis y recogimiento en la aldea, aunque no siempre en un orden temporal lógico o establecido. La ceremonia, en este caso, sabe interrumpir los fuegos del prolegómeno y de las ocho horas posteriores de procesión. Distinto es que pueda cumplirse el horario acordado. «A esos almonteños no va a haber quien los pare», avisa sonriendo María Dolores, que adelanta que «el cura no va a llegar ni a las Letanías» viendo el estado de tensión de los chavales por tomar el paso de la Virgen del Rocío.

María Dolores ha llegado de Gines y viene admirada tras haber visto de cerca el traje de la Virgen, el mismo que la vistió hace cien años, cuando la coronación, el que fue donado por la condesa de París, Isabel Francisca de Orleans y Borbón. El niño, observa María Dolores, va a juego con la Virgen. Hay un carraspeo. Son las once y Juan Ignacio Reales, presidente de la Hermandad Matriz de Almonte, inaugura el año del centenario de la coronación canónica de la Señora de la Baja Andalucía.

Queda media hora para la medianoche, Día D, pero para los almonteños que guardan el sitio en la reja el tiempo está ya sometido a dictámenes de otros cielos. Se procede a la lectura de la bula de la coronación. Enseguida comienza el rosario. No hay tiempo que perder. El párroco, Francisco Jesús Martín tampoco confía en mantener el orden entre los devotos.

Se acerca la medianoche. Con ella, el inicio del año de un centenario que tendrá fastos en toda esta tierra energética del Condado, el Aljarafe, la costa gaditana y de su campiña, muchos representados en esta orgía de fulgor en lo que se ha convertido la aldea a punto de la madrugada. Algo está a punto de estallar, se respira en el ambiente. El Santuario va llenándose. Hay electricidad. El Rosario va por el tercer misterio.

Un almonteño salta la verja pero es devuelto a su sitio con un zarandeo. Va llegando el momento. El murmullo da paso al tumulto en tanto las Letanías se abren paso como pueden. No son aún las doce, pero alguien o algo decide la deflagración final. La Virgen ya anda. Tiene vida. Miles y miles de fieles esperan en la puerta. El clamor será un continuo hasta el alba.

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